NO AMARÁS: retrato de la incapacidad de amar

Antes de quedar consagrado con la denominada "trilogía de los colores", Krzysztof Kieslowski ya hizo uso del mismo registro operístico y de su singular universo creativo en No amarás (1988). La película es la versión extendida -y con sustanciales cambios en el guión, como su desenlace- del mediometraje Decálogo 6, de la serie de 10 episodios que el propio director realizó para la televisión polaca. Tras darse a conocer por toda Europa con su anterior trabajo -No matarás (1988), donde elaboró una feroz condena a la pena de muerte y al propio acto de matar- el cineasta se hizo cargo de una película que sirve como reflexión del amor, la locura, la obsesión, la falta de escrúpulos, la intimidad, el sexo y, en última instancia, la soledad. La acción se sitúa en un bloque de edificios marginales de una Varsovia consumida por el comunismo, lugar donde Tomek (Olaf Lubaszenko) un chaval que ronda los veinte años espía y acosa a su vecina Magda (Grazyna Szapolowska), una pintora liberal y desprejuiciada de la que vive obsesionado. El joven pone a girar su vida en torno a esta mujer, mucho mayor que él, a la que viola su intimidad día y noche sin ningún tipo de remordimiento; el marco de su ventana, de ecos a La ventana indiscreta (Alfred Hitchcock, 1954) es el escenario perfecto para observar cómo ésta mantiene relaciones sexuales diarias con personas diferentes.

 

. La película es la versión extendida -y con sustanciales cambios en el guión, como su desenlace- del mediometraje Decálogo 6, de la serie de 10 episodios que el propio director realizó para la televisión polaca. Tras darse a conocer por toda Europa con su anterior trabajo -No matarás (1988), donde elaboró una feroz condena a la pena de muerte y al propio acto de matar- el cineasta se hizo cargo de una película que sirve como reflexión del amor, la locura, la obsesión, la falta de escrúpulos, la intimidad, el sexo y, en última instancia, la soledad. La acción se sitúa en un bloque de edificios marginales de una Varsovia consumida por el comunismo, lugar donde Tomek (Olaf Lubaszenko) un chaval que ronda los veinte años espía y acosa a su vecina Magda (Grazyna Szapolowska), una pintora liberal y desprejuiciada de la que vive obsesionado. El joven pone a girar su vida en torno a esta mujer, mucho mayor que él, a la que viola su intimidad día y noche sin ningún tipo de remordimiento; el marco de su ventana, de ecos a La ventana indiscreta (Alfred Hitchcock, 1954) es el escenario perfecto para observar cómo ésta mantiene relaciones sexuales diarias con personas diferentes.
A partir de esta base argumental se desarrolla una historia cuyos ejes con el vouyerismo y la falta de afecto; Tomek y Magda viven separados, pero están predestinadas a encontrarse y necesitarse. Aunque no lo sepan, ambos viven conectados y, de alguna manera, incluso poseen la llave que les permitirá escabullirse de la soledad exacerbada que domina sus vidas. Porque No amarás es, ante todo, eso: un desgarrado canto a la soledad, esa que domina la vida de dos seres cuya absoluta incapacidad de amar les ha llevado a aislarse del mundo en el que, como pueden, intentan subsistir. El primero, un perturbado pegado a ese catalejo desde el que observa a su amor imposible; la segunda, en brazos de infinidad de hombres que cada noche pasan por sus sábanas. Consciente de la necesidad vital de encontrarse, el director y también co-guionista, hace coincidir a sus personajes bien entrada la acción para ir dibujando una malsana relación entre ellos;una relación que culmina con uno de esos finales por los que, por descorazonadores, la obra adquiere un nuevo significado y alcanza las mayores cotas de poesía. Kieslowski, en estos últimos minutos, se reafirma un genio a la hora de sacar partido a la escasez de medios y presupuesto, combinando de forma magistral música, simbolismo -esa leche, omnipresente- y cámara lenta.

No importa que el argumento de No amarás no sea el colmo de la originalidad, puesto que al final termina siendo igual importante al qué se cuenta el cómo se cuenta. La pasión callada, el amor secreto, el deseo silencioso... todo está narrado con una sobriedad narrativa que hipnotiza y conmueve, convirtiendo un argumento simple en algo mucho más profundo. Algunos la tacharán de lenta debido a su socorrido empleo del silencio, su gélida fotografía y su lóbrega atmósfera -en sintonía con ese país gris y desencantado donde se mueven los personajes-, pero en realidad No amarás es una montaña rusa de emociones de la que no puedes apartar la vista ni uno sólo de sus 87 minutos que, por otro lado, se consumen en un suspiro. Otro de sus aciertos es como, a pesar de que el erotismo y la lascivia recalcitrante que tiñen sus fotogramas, el director no se deja llevar nunca por los derroteros del morbo, más allá de una simple caricia en los muslos o alguna mirada lujuriosa: ni rastro de sexo ni desnudos explícitos en una película especialmente proclive para su inclusión, lo que demuestra el afán del director por dejar a la imaginación del espectador el retrato psicológico de esos dos seres malheridos, necesitados urgentemente de afecto. Los diálogos quedan relegados al margen y Kieslowski otorga toda la fuerza de la película a la imagen, poderosa y sometida a permanentes claroscuros, como si ésta ayudase a configurar la personalidad de los protagonistas.

No amarás no es una película fácil de definir, pero quizá resida ahí su encanto. Unos verán radiografiadas las consecuencias a las que puede conducir la represión, el vivir camuflando los sentimientos; otros recogerán el gran interrogante que desprende la obra acerca de cuál es la manera correcta de amar, mientras que, los últimos, simple y llanamente apreciarán el descubrimiento del amor a través de caminos tan insondables como la locura y la obsesión. En cualquier caso, un film pergeñado de extrema sensibilidad especialmente recomendado para todo aquel recién entrado en la mayoría de edad, sobre todo por todo el cúmulo de fantasías e inquietudes sexuales que Tomek experimenta hacia una hembra convertida en su musa, pero imprescindible para los que sientan curiosidad de hasta qué punto una cámara de cine puede hurgar, diseccionar y desnudar psíquicamente a unos personajes que, muchas veces, ni siquiera necesitan articular palabra para pedir ayuda a pleno pulmón. 

UNETE



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