El silencio más atronador. Así responde la protagonista de esta crónica del escapismo emocional, de la incesante búsqueda de la madurez a través del descreimiento de cualquier estamento políticamente correcto, cuando nada más empezar la misma su novio le pregunta de qué tiene miedo. ¿Cómo condensar en una respuesta, sin que el resultado no parezca extraído de una tesina doctoral, las frustradas expectativas familiares o el temor a la soledad?; ¿cómo explicar con palabras que se vive consumida por el desamparo, por la extinción del deseo y la ilusión? Con dichos ingredientes se va dibujando un rol principal que, por lo comedida que se muestra la guionista en ir dibujándolo, resulta tan atrayente como enigmático. El debut en la dirección de la hasta entonces cortometrajista Ana Rodríguez Rosell, Buscando a Eimish (2012), es una atípica road movie en la que una veinteañera (Manuela Vellés) huye de los brazos de su pareja para embarcarse en un proceso de descubrimiento interior por Europa. Busca, así, configurar su propia identidad, forjar su propio destino. Estamos ante un llamamiento al ser humano a cargar las maletas, despojarse de todos aquellos aparatos electrónicos que diariamente le atan -móviles incluidos- y embarcarse en un viaje hacia lo desconocido sin más esperanza esperanza que encontrar eso que, de alguna u otra forma, siempre hemos estado buscando. Y, de no encontrarlo, ser por lo menos conscientes de la madurez adquirida en el intento.




