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05/07/2013

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Hacía mucho tiempo que no salía a pasear. El calor siempre ha podido conmigo. Y hacía calor apenas comenzaba a levantarse el día. No me apetecía dar un paso, ni moverme de mi habitación. Llegué a parecer un verdadero recluso. Sólo me faltaba el traje de rayas. Pero, como el preso, y pese a todo, tenía ganas de salir. Como si los dioses me hubieran oído, aquella mañana amaneció fresca, con unas amenazantes nubes en el horizonte, y envuelta en un agradable y vivificante vientecillo. No quise desaprovechar la ocasión. Salí de la habitación como alma que lleva el diablo. En el pasillo, sin embargo, me detuvo doña Paquita. Al enterarse de cuáles eran mis intenciones, me rogó que la esperase. Así lo hice. A los pocos minutos íbamos los dos camino de un parque cercano. Había suficiente espacio como para estar paseando hasta la hora de comer y un poco más.

-Esta mañana -me dijo doña Paquita sin encomendarse ni a dios ni al diablo y cogiéndose de mi brazo- he estado pensando en la importancia que los tópicos tienen, o han tenido, en nuestras vidas.

-A mí los tópicos -contesté raudo, sintiendo la reconfortante tierra del camino bajo mis pies- siempre me han parecido las muletillas de un tullido. Entiéndase que hablo de un tullido mental.

-Me lo imagino. A estas alturas no hace falta que me haga ciertas matizaciones.

-Por si acaso.

-Bien -sonrió presionándome el brazo con fuerza-. La gente -añadió- demasiado a menudo se coge a los tópicos como una lapa a una roca, ¿no cree?

-Porque tal vez sin ellos no pueden vivir. Ya le he dicho antes que se parecen a quienes echan mano de las muletillas porque así se evitan el duro esfuerzo de caminar, o de pensar por sí mismos.

-Estamos de acuerdo. Ahora bien -añadió sonriendo y dándome a entender que no me iba a librar ni de su compañía ni de una conversación en la que, la verdad, no tenía muchas ganas de participar-. Ahora bien -repitió- ¿qué diferencia hay entre un tópico y una verdad que se viene repitiendo desde tiempos inmemoriales?

-Muy sencillo -le contesté inspirado por aquellos negros nubarrones contra los que destacaban las afiladas verdes hojas de los pinos- el tópico lo repiten todos, desde el niño de teta hasta el abuelo desdentado, sin discutirlo, sin cuestionarlo siquiera; y la verdad, no sé, ¿eterna?, la conocen cuatro; y los cuatro que la conocen viven desasosegados por ella misma. No les sirve de comodín.

-Es posible que tenga usted razón. Es cierto: el tópico no produce ninguna inquietud. Uno se hace con un tópico, y a través de él se lo explica todo: gracias a la muletilla no se necesita pensar. Y, además, quien la utiliza cree entender lo que sin esa muletilla sería un gran misterio para él.

-Más o menos lo que le he dicho yo antes.

-De acuerdo, de acuerdo. ¿Y a usted -me preguntó sonriendo- le parece que es un tópico eso de que los mayores estamos en contra de las novedades, o es una triste realidad que se repite generación tras generación?

-De la forma que me hace usted la pregunta, señora mía, tenemos que generalizar; y eso, querida señora, siempre es injusto. Se convierte en un tópico. Uno más.

-Es decir que usted considera que en el tópico no hay nada de verdad, ni sombra de la misma.

-En la inmensa mayoría de las veces, no.

-Pero es innegable que cuando uno se hace mayor va perdiendo interés por el mundo que le rodea...

-¿Usted cree? -la interrumpí.

-Bueno -reconoció sonriendo, pues temió haberme herido- es posible que el problema esté mal planteado. Está claro que la vida es bastante repetitiva; y, a veces, muy previsible. Evidentemente, una persona que haya vivido unos cuantos años ve las cosas de una forma diferente a como lo hace una persona sin apenas vivencias.

-Tú lo has dicho, como dijo aquel. Pero eso no quiere decir que se haya perdido interés por la vida ni por nada. Cuesta mucho, cada vez más, dar con una película, o con un político, que no sea, como se dice ahora, un remake. Y claro, vista la primera proyección, vistas todas. Es normal que un buen aficionado al cine se aburra. O se desespere. Y deje de ir con la frecuencia con la que iba antes.

-Y oído el primer político, oídos todos, ¿no es eso?

-Dígamelo usted.

-Pero usted ha dicho antes que no se puede generalizar. Y tiene razón: no es lo mismo, por ejemplo, la juventud de ahora que la de nuestro tiempo; pero es que, y en esto es donde nadie hace insistencia, tampoco lo es la propia vejez.

-Efectivamente.

-¿Acepta que no es lo mismo lo de hoy que lo de ayer?

-Yo sí. Quien me está sorprendiendo es usted. Yo creía que usted era de aquellas personas que sostienen que no hay nada nuevo bajo el sol.

-Y tal vez no lo haya.

-¿Entonces?

-Pues no lo sé.

-Pues nada. Hoy igual que ayer, y que hace miles de años, hay gente que se conforma con lo primero que le dicen, y otras personas que indagan, estudian y tratan de tener su propio criterio. Personas que se entregan, y personas que luchan... No, no hay nada nuevo bajo el sol. O tal vez lo único nuevo, y puede que hasta irrepetible, sea nuestra propia y pequeña vida.

-Sí; pero ¿no le da a usted un poco de pena ver a algunos de nuestros compañeros de residencia plantados en sus butacas como flores marchitas en un tiesto?

-Hoy es usted la que me está sorprendiendo a mí, querida señora. Algunas personas de las que hay aquí, físicamente ya no están para muchos trotes... ¿No era peor ver a gente joven en las aulas tocándose las narices todo el santo día y sin hacer nada? Eso sí que era sangrante. Cuando a uno le fallan las fuerzas, ¿qué puede hacer? Seguramente lo que hacen: desear que llegue el fin de una vez.

Durante unos minutos guardamos silencio. Intuí el pequeño enfado de doña Paquita, pues estaba seguro de que la conversación se estaba desarrollando de una forma que no era, desde luego, la deseada por ella. No me extrañó nada que la volviera a replantear.

-¿Qué es para usted un tópico? -me preguntó sonriendo.

-Una explicación que tiene visos de ser cierta, pero que no lo es a poco que se indague. Por ejemplo que todos los ancianos dejan de tener interés por el mundo que les rodea. Piense que ni Séneca ni Sócrates eran unos adolescentes cuando dijeron lo que dijeron. Y esos pensamientos no se le ocurren a un imberbe, desde luego.

-Buen ejemplo. Pero tal vez ellos sean las excepciones.

-Está usted tirando mano del tópico. ¿O acaso ha conocido a todos los ancianos de Roma y de Grecia? ¿O siquiera al veinte por cien de los mismos?

-No, por supuesto que no.

-¿Por qué entonces tienen que ser la excepción? Ni todo el mundo escribe ni todo el mundo tiene un Platón a sus espaldas.

-Entonces si todos piensan, ¿por qué el mundo funciona tan mal?

-Porque en el fondo nadie, salvo dos o tres, tienen interés por cambiarlo. Y ya sabe cómo terminaron esos dos o tres... No todo el mundo tiene el valor de Sócrates ni de Séneca. Pero también yo estoy recurriendo ahora al tópico.

-Sí, es difícil escapar de él. Y todo esto ha venido a cuento -me confesó por fin poniéndose seria- porque ha venido a verme una antigua compañera del instituto. Todavía está en activo. Se le ha hecho la boca agua hablándome de las últimas novedades introducidas en las aulas.

-Y a usted no le gustan.

-Es todo muy relativo.

-No le ha gustado el entusiasmo de su compañera porque la sabía una mediocre, y se va a coger a los avances tecnológicos para ocultar su mediocridad. Esto también es un tópico.

-Me duele lo que dice, pero tengo que reconocer que es cierto.

-Lo siento por usted. Mire, doña Paquita, yo soy mayor, un anciano. Y no estoy en contra de la tecnología. En mi habitación tengo un ordenador portátil, un móvil última generación, que no me sirve para nada, y un lector electrónico que tampoco me hace mucha falta. Y sin embargo, y pese a todo, reconozco, y tómelo como quiera, que el mejor invento que se ha hecho hasta ahora ha sido, y es, el libro de bolsillo: se lo puede llevar usted a donde le dé la gana, no hace falta nada para leerlo, ni corriente eléctrica, ni pilas, ni batería recargable con su enchufe; basta y sobra con la luz natural, mejor que la artificial, y que, por ahora, es gratis. Y encima esos sufridos libros son muy baratos.

-No, a mí no me tiene que convencer de nada. Yo pienso lo mismo que usted.

-¡Ah, ya! Comprendo.

-¿Qué es lo que comprende? -me dijo sonriendo de nuevo.

-Un tópico -le dije quedándome quieto frente a ella-. Le ha molestado que su ex compañera de instituto, la que ha venido a visitarla, le llamara vieja y desfasada.

-¿Por qué nos cuesta tanto adaptarnos a las cosas? -preguntó tal vez deseando olvidar a tan amable compañera.

-Tal vez porque las imaginamos siempre peor de lo que son. El libro electrónico está muy bien; pero yo prefiero el de papel, el autónomo que no necesita de enchufes ni baterías que se pueden agotar en el momento más inoportuno.

-¿Quiere decir eso que prefiere la juventud a la vejez?

-No. Y por nada del mundo quisiera volver a ser joven. Así que si aparece algún día por aquí alguna Medea de tres al cuarto, y le dice que matándome me va a volver a la adolescencia, máteme si quiere, pero sin la excusa de volverme a mis años mozos. Ni lo intente.

-Pero hombre de Dios, ¿usted me cree capaz de matarlo?

-Bueno, hay que estar abierto a todas las posibilidades.

-¿Para no caer en el tópico?

-Tal vez. Sí, es una buena explicación.

-Menos mal que no existen las Medeas.

-Ahí se equivoca. Existen y están bien vivas. Tenemos Medeas y Agamenones por doquier.

-Ha resuelto usted la pregunta de si existe o no el Mal.

-No, no la he resuelto yo. Ya hace tiempo que ese problema lo resolvieron los griegos. Pero lo bueno de ellos es que hablaban de la maldad en estado puro, sin ocultarla tras baratas explicaciones psicológicas ni de otra índole.

-Sí, en eso tiene razón. Lo hemos querido racionalizar todo en demasía... A veces la vida la hemos dibujado sobre una hoja cuadriculada... Y nos ha salido un tópico. Y está comenzando a llover.

-Pues vayamos hacia la residencia caminando lentamente. Vale más un pequeño resfriado que la rotura de un hueso.

-Sí, porque a estas edades, y no es un tópico, tenemos mal arreglo.

-No se pescan truchas a bragas enjutas.

-Efectivamente.



Etiquetas:   Juventud   ·   Vejez

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