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Niños, VIH y sociedad.


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01/06/2011

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Niños, VIH y sociedad.


En el otoño de 2004 se me invito a participar de un curso taller que tenía como objetivo dar atención a niños y adolecentes con VIH en condición de albergue el cual es  su refugio, su casa; la problemática en que se encontraban estos niños y jóvenes, parecía ser simple, ellos permanecían la mayor parte de su tiempo dentro del albergue y viendo televisión, así que su acercamiento a otras actividades era casi nula; es importante mencionar que muchos de estos niños no cuentan con oportunidades de acudir a las escuelas públicas o privadas, debido a la discriminación, además de que con la nueva generación de retrovirales su expectativa de vida se prolonga, por lo  que era o es necesario crear proyectos que además de enriquecerlos culturalmente les permitan subsistir o tener un medio por el cual puedan  desarrollar sus capacidades creativas y productivas. Era o sigue siendo una generación de niños, ahora adolecentes con un futuro incierto ya que no se desarrollan estas capacidades, que siguen enfrentando discriminación, además de problemas propios de su edad como es el ejercicio de su sexualidad convirtiéndolos en potenciales diseminadores del virus. Aquí en este proyecto-taller conocí y conviví con los niños y se me pidió que escribiera una pequeña biografía de Margarita, José su hijo.

Margarita.

Medio día en el museo con su pequeña plaza de comerciantes bordeados de jardineras y al fondo una canoa de aspecto robusto que ahora navega por los ojos de los visitantes transportando plantas y flores amarillas, atrás un grupo de arboles bamboleándose rítmicamente al viento y sol de invierno.

Los niños van de un lado a otro, regresan comentan, suben y bajan, se recuestan, sus ojos en todas direcciones buscan y observan, a veces cuestionan; no se alejan mas allá de lo necesario, algunos de ellos comienzan por inundar el pincel en pintura, jugando con los trazos dejando que su mano encuentre el ritmo, el contraste como la vida misma, toman su tiempo y se dan el tiempo de hacerlo cuidadosamente, delicadamente como un pensamiento reflejado en la matraca acabada de pintar.

Aquí conocí a Margarita y a su pequeño hijo José de tres años que la acompaña, vienen desde Oaxaca, donde comenzó su viaje. Ella tiene el rostro de rasgos milenarios, apacible, dulce, rostro que aparenta más edad de la que tiene, Margarita es joven, la piel de sus manos antes frescas se le sienten resecas, piel endurecida, morena, mujer indígena, ojos pequeños como los capulines, ella me recuerda los chilitos de biznaga o las flores que dan las nopaleras por su estatura menuda, sus cabellos largos están enmarañados, pardos y rojizos, así es hoy Margarita.

En el pueblo Juan su esposo ha dedicado parte de su vida a trabajar la tierra, y es ahí donde decide ir a trabajar a Estados Unidos, por una supuesta mejora económica, así deja a Margarita y a Pedro su primer hijo, paso algún tiempo pero como siempre no paso en vano, él regresa y con él un virus, desde entonces su cuerpo reciente a este acompañante que cada día lo deteriora, está molesto, irritable, impaciente.

Margarita ha quedado nuevamente embarazada, mientras Juan carga con su desanimo, camina fatigado, cansancio que siente acumulado en la espalda,  momento para encontrar la muerte en una borrachera y bajo el machete  en un pleito con su compadre.

Margarita da a luz a José y con el pesar de la pérdida de su esposo, trabaja y sale adelante con sus dos hijos, pasaran dos años, Margarita se siente enferma y observa a José muy delgado, va al médico quien le ordena hacerse el análisis de la prueba de ELISA.

Ahora se enfrenta a la realidad de que su esposo la infecto del virus de inmunodeficiencia humana y por ende se lo transmitió a José, esos son los resultados de los análisis, el médico impertinente le declara abruptamente esa verdad, parece que la condena irrevocable a muerte, la única opción que le  da es ir a la ciudad en busca de una institución que le de apoyo.

Margarita hereda ser seropositiva, la pobreza y sus dos hijos, tiene que migrar no en busca de aventura o de un sueño sino para buscar apoyo y ayuda para ella y sus hijos, atrás quedan unas pocas pertenencias y recuerdos de su infancia.

En la ciudad ella busca trabajo, el cual tiene que dejar debido a las recurrentes enfermedades oportunistas por su débil sistema inmunológico, así encuentra una institución de asistencia privada (I.A.P) que los recibe; la infección ha avanzado por lo que tiene que guardar cama frecuentemente, en estas circunstancia Pedro decide tomar las calles y su vida, no vuelve a saber más de él.

Nada le devolverá a Margarita su mundo en el que había vivido, amado, donde había pasado momentos de felicidad, ahora las crisis de salud ocasionadas por el virus y saber que moriría, le hacen un nudo en la garganta que parece impide que proteste por este destino, ahora solo le queda José su bien amado , solo ellos dos, silenciosos yacen, la muerte la arrebata de sus brazos a su hijo, su mirada se nubla por las lagrimas que brotan al pensar que tendrá que dejarlo solo, tiene que separarse de él, dolor poco poético, poco noble. Su amor de madre que necesita inventarse juegos y travesuras a su hijo, su amor es tanto que decide y confía en las manos de la IAP donde quedara José cuando ella muera.




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