Impresiones desde Irán. Día 2: Ante la adversidad, humor

[Un amigo iraní afincado en España ha vuelto al país del que tuvo que exiliarse tras la revolución islámica. Asuntos familiares le devuelven a la tierra de los ayatolás y de Ahmadineyad, y desde allí me envía sus impresiones, que, con el disfrute de su permiso, reproduzco a título personal y con cierto retardo para evitarle al protagonista cualquier tipo de complicación:]

 

. Asuntos familiares le devuelven a la tierra de los ayatolás y de Ahmadineyad, y desde allí me envía sus impresiones, que, con el disfrute de su permiso, reproduzco a título personal y con cierto retardo para evitarle al protagonista cualquier tipo de complicación:]

Había quedado con mi primo para que me recogiera a las 09:30 horas con el fin de ir juntos al Registro de la Propiedad que se encuentra al sur de Teherán. Su casa está al norte de la ciudad, en un barrio de clase alta donde el antiguo Shah de Irán tenía su residencia. El hotel en el que me hospedo es ahora céntrico, ubicado en aquella zona que en mi juventud constituía el límite norte y que era la más próspera parte de la ciudad, muy cercano a donde teníamos nuestra casa cuando vivíamos en Irán.

Teherán no es una ciudad como cualquier otra. Con sus 15 millones de habitantes ha crecido como una telaraña en todas direcciones: norte, sur, este, oeste, arriba y supongo que hasta abajo. Para recogerme en mi hotel a las 09:30, mi primo tuvo que salir de su casa a las 08:00, coger un taxi, luego un autobús de línea y caminar. Según él, había llegado muy bien, ya que si se le hubiese ocurrido coger su coche, habría tardado más.

El transporte público está sorprendentemente bien y limpio. La líneas que atraviesan la ciudad de punta a punta disponen de carriles reservados, por lo que sortean el denso tráfico con cierta facilidad.

Partimos hacia el sur sobre las 09:40 horas y para llegar a nuestro destino recurrimos a un abanico de medios de transporte, varios autobuses, taxis y, evidentemente lo que no escasea en una ciudad así,mucho caminar. Como no podía ser de otra forma en un país como el actual Irán, los autobuses tienen espacios separados para mujeres y para hombres. En hora punta, esos vehículos parecen latas de sardinas por la cantidad de personas metidas dentro, pero lo que resulta sorprendente es la educación exquisita de este pueblo, que se lo toma con buen humor y colabora con su prójimo de forma ejemplar. A veces, para que baje un pasajero, primero tienen que salir cinco para dejarle paso antes de volver a entrar para continuar viaje, y casi siempre con una sonrisa y un comentario jocoso para animar a los se encuentran alrededor.

El sistema de pago también es digno de mencionar. Se trata de una tarifa fija por la que abonas 2.000 riales [0.14 euros al cambio de hoy] al salir del autobús. En momentos de más movimiento, el conductor dispone de un ayudante para echarle un cable a la hora de cobrar, aunque la inmensa mayoría de los viajeros respeta las normas y paga. A priori a mí me parecía imposible que la compañía pudiera controlar el arqueo de la caja, ya que no se emite ni resguardo ni ticket, por lo que el conductor podría declarar lo que estimara oportuno, embolsándose, si ese era su deseo, una cantidad ingente de dinero. Lo comenté con mi primo, que me explicó que el conductor paga una cantidad fija (un especie de alquiler) a la compañía por el autobús y la ruta, según baremos establecidos, y todo lo que cobra es para él. Eso me clarificó las ideas, tanto por lo del control de caja como para el ahínco por el que se vigila el tránsito de gente entrando y saliendo. Nunca en mi vida había visto un par de personas (conductor y ayudante) interesarse tanto por el buen funcionamiento de un autobús, y todo con el habitual buen humor al que me estaba acostumbrando, mucho más extraño y sorprendente teniendo en cuenta lo que uno se encuentra en el exterior del autobús.

Conducir en Teherán es un arte; acabar con el coche ileso y sin rasguños, tarea imposible. Todo lo que pasa a la hora de entrar en el autobús, el respeto y la educación, desaparece cuando la misma gente se sitúa al volante de un vehículo. La única norma parece ser la del "sálvase quien pueda". Creo que la mayoría de las compañías de seguros en España no cubrirían el riesgo de un peatón para cruzar la calle, o la prima sería tan elevado que nadie podría contratarla. Literalmente, te juegas las vida. Sin embargo, yo no he presenciado, de momento, ningún incidente, quizás porque los transeúntes tiene una divina habilidad para sortear los coches y llegar al otro lado de la calle ilesos. Se diría que tanto conductores como viandantes necesitan una visión a 360 grados para vigilar constantemente lo que pasa a su alrededor.

De este modo llegamos al Registro a las 11:00, o sea 3 horas después de que mi primo saliera de su casa, y casi una hora y medio después de que dejara yo mi hotel.

El Registro de la Propiedad de la Zona Sur-Suroeste de Teherán se encuentra en un edificio gris (en ambos sentidos de la palabra) de cinco plantas, destartalado, parece uno de aquellos que vemos en las películas del antiguo Telón de Acero, amueblado con muebles de la época de Pedro Picapiedra. Subir y bajar por el ascensor es algo parecido a los autobuses, con la única diferencia de que si se mete demasiada gente, lo cosa no va (y menos mal).

Uf, pensaba que esto iba a ser más rápido, pero es que hay tantas cosas que rondan mi cabeza y tanto lo que quiero contar, que no me da tiempo. He quedado con un amigo, que no he visto desde hace 30 años, para irnos al norte de Irán, al lado del Mar Caspio, para pasar allí un par de días y visitar la casa que se está construyendo. Puede que esté fuera de cobertura del hiperespacio unos días y no creo que me dé tiempo a escribir mucho, ya veremos.

En cualquier caso, la historia continuará, ya que tengo que contarte el encuentro con el responsable de la sección en el Registro de la Propiedad, "aghaye mohandes" (señor ingeniero), que creo que merece todo un capítulo por sí solo.

Día 1 

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UNETE



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