El fin de los imperios
Literatura | 25/10/2025

EL FIN DE LOS IMPERIOS

Vicente Adelantado Soriano

Pues en mis entrañas y corazón bien sabido tengo yo esto:

llegará un día en que perecerá la sagrada Ilio

y Príamo y el pueblo de Príamo experto lancero1.

Homero, Ilíada.

-Si todo es perecedero, o efímero, como dice usted, quiere decir eso que nada va a perdurar, ni imperios ni emperadores. Ni dioses ni infiernos. ¿Cuándo sucederá esto? ¿Será con el fin de los tiempos?

-Efectivamente, así es. Caerán todos los imperios y todas las democracias; se derrumbarán el alfa y la omega. Pero no sé cuándo se extinguirán. Unos dicen que dentro de millones y millones de años; y otros apuntan que, con los presidentes tan burdos y peligrosos en los mandos, y con tanto poder, con millones de bombas en su haber, en cualquier momento. Sea como fuere esto ya se ha vaticinado en múltiples ocasiones; pero la forma de medir el tiempo, al menos en algunos casos, es un poco ridícula. Imagino que también usted habrá oído a gente mayor diciendo aquello de “toda la vida ha sido así”. “Toda la vida se ha dicho lo mismo”. Y por toda la vida entienden, y no puede ser de otra forma, los pocos años vividos por ellos. Por lo tanto, tal vez los millones años quiera decir mañana mismo.

-Sí, es cierto. A mí madre se lo oí decir en más de una ocasión, hablando en contra del divorcio o de la homosexualidad, “Jamás en toda la vida -decía- ha habido tantos homosexuales ni tantos divorcios”.

-No tuvo en cuenta ni a Grecia ni a Roma.

-¿Cómo los iba a tener en cuenta si le venía justo para leer y escribir? Pero lo malo no es que ella, y la gente de su generación, pensara así, sino que personas, digamos ilustradas, bien por ignorancia, o por intereses varios, traten de hacernos comulgar con estas ruedas de molino de los siglos inmutables. No todos los tiempos son uno. El peligro de una destrucción masiva es ahora mayor que en la Edad Media. Entonces se pensaba en improbables castigos divinos; y ahora el peligro viene dado por cuatro locos con ansias de poder y por quienes los secundan. Por lo tanto, no siempre ha sido así. Estos fatuos presidentes no son Dios: no tienen sus escrúpulos, por decirlo de alguna forma.

-O los de Zeus… He defendido en más de una ocasión -dije tras apurar mi primera copa de buen vino- que la vacuna contra los demagogos y los ignorantes, viscerales o no, es el estudio. La lectura. El cambio de sentido de las palabras explica algunas cosas.

-Apoyo la moción -apuntó en tanto volvía a llenar las copas-. Pero no olvidemos -añadió sonriendo- que hay mucho antivacuna.

-Pues peor para ellos, ¿no le parece? Siempre he pensado, y me guardo mis pensamientos para mí mismo, que hay una serie de libros que todo el mundo debería conocer. Por limitar un poco las necedades que se oyen por ahí. Como vacuna.

-¿Y qué libros serían esos?

-Me parecen imprescindibles, y es mi opinión, por supuesto El banquete, de Platón, Ilíada…

-Añádame Novelas ejemplares, de Cervantes, y, por supuesto, El ingenioso hidalgo, y alguno más de poesía. Garcilaso sin ir más lejos. Podemos añadir más libros a la lista.

-Mejor celebrar un simposium, en alegre camaradería, entre nosotros, que hacer listas de libros. Esta, para cerrar el tema, no debe sobrepasar nunca los cinco o seis volúmenes. No le enseñemos la jeringuilla al paciente cuando lo vamos a vacunar, pues igual se nos asusta. Como hacía la Santa Inquisición enseñando los instrumentos de tortura antes de entrar en materia. Así, sin manchar dichos instrumentos, conseguía la confesión de pecadores, brujas y herejes… Bueno, a veces no funcionaba.

-No nos pondríamos de acuerdo sobre los libros imprescindibles en esa lista... Acuérdese, además, ya que ha sacado a la santa Inquisición a colación, de que quien se mete a redentor acaba crucificado.

-Tiene razón -asentí tras beber un sorbo del buen vino-. Por lo tanto, lo mejor es que sigamos hablando entre nosotros, y nos dejemos de dar consejos o meternos a redentores. Ninguno de los dos tenemos edad para eso.

-Ni edad ni temperamento ni ganas. Ahora bien, me gustaría mucho saber por qué escoge usted esos libros y no otros. Cuanto diga -añadió sonriendo- no saldrá de aquí.

-La forma más sencilla de explicárselo, y nada falsa, es porque me ha cogido en este momento, y no en otro. En otro le hubiera escogido distintos libros. Aunque me parece -añadí sonriendo- que mi elección es una elección impecable. Y viene a colación de algo apuntado por usted.

-Bien, querido amigo. Pero no me ha explicado el porqué de esa elección.

-Una razón -comencé a explicarme- podría ser por lo dicho anteriormente. Eso de “toda la vida ha sido así”. Para demostrar lo contrario, y la bondad de Zeus, leeríamos a Platón. De El banquete, de Platón, le destacaría ahora, la historia, o el mito, que narra Aristófanes durante ese simposio. El tema de éste es el amor, eros. Según Aristófanes el hombre era una esfera, es decir, vivían dos hombres, o dos mujeres, u hombre y mujer, uno frente a otro, unidos. Caminaban, pues, con cuatro piernas, y tenían cuatro brazos… Debido a mi pésimo conocimiento del griego esto no me ha quedado claro… Y en las traducciones que he consultado tampoco queda muy bien explicado. La cuestión es que Zeus teme el poder y el orgullo de los hombres. Pero no los quiere destruir, es bueno y bondadoso, no como los actuales presidentes, mortales. De matarlos, Zeus, inmortal, se quedaría sin sacrificios y sin el humo de los sacrificios. Por lo tanto, los corta por la mitad. De forma que el hombre demediado es feliz cuando halla su otra mitad, sea hombre o mujer, o ambas cosas y se une a ella o a él. Antiguamente existían tres sexos: masculino, femenino y andrógino.

-Es un mito, desde luego. No se lo creerían, y la lectura quedaría invalidada en ese mismo momento, ¿no le parece? Al fin y al cabo, ¿quién va a creer en Zeus y en los mitos?

-Bien. Pero seguro que están de acuerdo -repuse sonriendo- en que son felices cuando forman una esfera, yo diría mejor unas paralelas, aunque esto depende del capítulo del Kamasutra a donde hayan llegado con la otra mitad. Pero sí, tiene razón: habría que explicar que todo en esta vida es relativo, y que esta es una forma de hacer ver porqué los unos nos buscamos a las otras, o a los otros. Y viceversa.

-¿Justificar así la homosexualidad?

-Más que justificarla hacerles ver que todo tipo de amor tiene el mismo origen; y, en consecuencia, cada cual se las apaña como puede. Toda la vida ha sido así -sentencié sonriendo.

-Le ha dado usted la vuelta a la tortilla. Pero sí, es cierto. Si en algún tiempo, como defiende Aristófanes, la homosexualidad tuvo un origen divino, bien sabe usted que ha sido perseguida, y lo sigue siendo, en muchas países y culturas.

-Lo sé. Por supuesto. Pero también sé que todo es efímero…

-Todo lo mudará el tiempo por no hacer mudanza de sí mismo… Algo así dice Garcilaso.

-Por lo tanto caerán los imperios. Y las soberbias de muchos serán arrastradas por los suelos.

-Sí, pero que me quiten lo bailado. Estamos atados de pies y manos, querido amigo. Lo otro es como decía aquel “para largo me lo fiais”. ¿Que llegará el fin del mundo? Sí, tal vez; pero como dicen algunos faltos de escrúpulos: “aquí llueve poco, edifiquemos, pues, en este barranco, que no hay peligro de riadas. Además, el terreno es más barato”.

-Y luego pasa lo que pasa.

-Si, pero ellos ya han fallecido y nadie es responsable. Y es ahí donde se demuestra, joven amigo, que no todo es efímero. Por ejemplo, la ambición y la necedad de muchas personas. Es como el Guadiana: se oculta por aquí pero vuelve a surgir por allá. De ahí que las guerras nunca se terminen.

-En eso tiene razón -dije mientras llenaba las copas-. Muchas guerras se han hecho por el afán de botín, y no solo por parte de reyes, emperadores o presidentes, sino de los propios soldados. Los griegos, durante la Guerra del Peloponeso, estuvieron entusiasmados con ir a Sicilia a luchar en busca de botín. Y allí se acabaron ellos y Atenas... La ambición también fue la causa de la destrucción, entre otras, de Cartago y Numancia. La guerra es un negocio. Uno más. Y una forma de saquear y hacerse con las propiedades del otro. Ejemplo lo que ha sucedido en Gaza: con la excusa de acabar con el terrorismo, los israelitas, que han olvidado el Holocausto, se la han apropiado. El pueblo elegido. Hasta Dios se equivoca.

-La guerra es un negocio siempre floreciente. Es otra de las creaciones humanas que no es efímera ni mucho menos.

-Tiene razón. Tal vez deberíamos decir que algunas cosas son efímeras y otras no lo son. Pero al final, querido amigo, todo verdor, y lo que no es verdor, perecerá. Los imperios, por lo tanto, tienen fecha de caducidad. Se cuenta que cuando Escipión Emiliano mandó destruir Cartago, comenzaron a caerle lágrimas de cocodrilo. Recordó los versos de Homero sobre la destrucción de Troya, e imaginó que también Roma estaba abocada a la desaparición. Y así fue.

-Pero mientras tanto se adueñaron de inmensas tierras y amasaron, los cónsules al menos, enormes riquezas. Y esclavizaron y castraron a millones de personas. Dígale a ellos que todo es relativo.

-La vida del hombre es demasiado breve para percatarse de la relatividad de algunas cosas. Y de su caducidad. Pero no hagamos como la gente mayor diciendo “toda la vida ha sido así”. Sí, es cierto: la ambición y la necedad no son efímeras por ahora… Y solo a través del estudio se percata uno de las cosas que lo son… La inmortalidad se busca yendo a la caza de la otra mitad.

-Incluido al andrógino.

-Por supuesto -repuse llenando la copa y agotando la botella-. Un conocido mío escribió una narración en la cual una pareja, chico y chica, son perseguidos a muerte por la policía porque en aquella sociedad se proclamaba el amor homosexual.

-¿Y cómo se reproducían?

-No recuerdo cómo lo solucionó. Imagino que por fecundación in vitro o por métodos artificiales. O imitarían a las amazonas.

-No hay ningún sistema perfecto. De ahí su caducidad, ¿no cree? -dijo filosóficamente.

-No. No hay nada perfecto. Y por lo tanto todo desaparecerá. Como Troya, Roma, y otros muchos imperios que en el mundo han sido. Seamos pues benévolos y condescendientes los unos con los otros, y dejemos las ambiciones y las necedades de lado.

-Lo somos entre nosotros, y eso ya es suficiente. Mañana, por cierto, tengo que ir a una bodega que me han recomendado. Traeré otro tipo de vino. Así mantendremos vivos estos simposios. Mudaremos de vino, en busca de la perfección, y tal vez Dioniso, agradecido, nos inspire nuevos argumentos o temas. Aunque estemos muy lejos de cualquier perfección.

-Muy bien. Ya me avisará. Seguiremos andando y bebiendo. Y dando las gracias a Dioniso y a los efímeros dioses.

1Homero, Ilíada, VI, v 447-450. Madrid, Abada editores, 2016. Traducción de F. Javier Pérez.


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