Un pequeño error
Literatura | 08/06/2022

UN PEQUEÑO ERROR

(Vía Verde)

Vicente Adelantado Soriano

Todos hemos nacido con más disposición para equivocarnos que para acertar1.

Isócrates, Discursos.

Salimos temprano de casa, como siempre. Puntual me recogió José Luis con su coche. Antes del amanecer ya estábamos camino de nuestro destino. El inicio de nuestra caminata por la Vía Verde iba a ser a partir del punto final de la etapa anterior. La semana pasada terminamos la marcha, de Sarrión a la Puebla de Valverde, poco después de habernos tropezado con dos trabajadores. En un puente de hierro. Con sus chalecos y cascos amarillos los dos estaban tomando mediciones del terreno. Pasando y traspasando el puente bajo el cual discurrían las vías del tren. Allí, a pocos metros de ellos, tenían su coche aparcado. Estaba al inicio de un polvoriento camino. Discurría este paralelo a la Vía Verde. Les preguntamos a dónde conducía.

-A la vía de servicio de Sarrión -nos dijo el más próximo a nosotros.

-Pues aquí es donde deberemos de comenzar la semana próxima -me explicó José Luis- Aquí dejaremos el coche.

Yo apenas cojo el coche, y me sentido de la orientación es nulo. Cada vez, pues, que nos explican por dónde ir o por dónde salir, me desentiendo. Es José Luis el encargado de esos menesteres.

Tras dejar atrás a los hombres, y al puente, seguimos caminando un poco más más. Muy poco. Pues el trayecto era una recta interminable sin ningún atractivo. Decidimos regresar. Al llegar de nuevo al puente, propuse, abandonando la Vía, tomar el camino donde estaba aparcado el coche de los dos trabajadores.

-Así -le expliqué a José Luis- sabremos por dónde venir la semana próxima

-Si hacemos eso -me replicó- igual nos quedamos ahora muy lejos del coche, o no sabemos llegar a donde está.

Seguimos, pues, por la Vía Verde en busca del vehículo.

A la semana siguiente no hubo forma humana de dar con el inicio de aquel camino. Buscándolo por Sarrión dimos más vueltas que una peonza. Preguntamos en una gasolinera, en un restaurante, en un bar, en una estación de la ITV., y a varios particulares. Y nada: nadie supo indicarnos cómo llegar al puente donde habíamos finalizado la marcha de la semana anterior. Es más: nadie sabía nada de la Vía Verde. José Luis echó mano entonces de su intuición de conductor con idéntico resultado. Al final, cansados, y con la mañana ya un tanto avanzada, hartos de tanta vuelta y revuelta, de tanto ir y venir, decidimos tirar por lo fácil: ir a la Puebla de Valverde, e iniciar la marcha desde allí. Así lo hicimos. No obstante, también nos costó mucho dar allí con la dichosa Vía. Ni está señalizada ni nadie sabe nada de nada. Yendo todavía en el coche, por calles más o menos alejadas, divisamos un grupo de ciclistas pedaleando por un cercano camino. Allá nos dirigimos. Y allí está la famosa Vía. Aparcado el coche a la sombra de la vieja estación, comenzamos a caminar en busca del punto donde la finalizamos la marcha de la semana anterior. Teníamos por delante una bonita caminata. Ida y vuelta.

-Lo más positivo de esta sociedad de dos -me dijo José Luis nada más comenzar a caminar con las mochilas en las espaldas- es que nadie se enfada por este tipo de pérdidas. De tiempo y de lugar.

-Tienes razón. Ahora bien, es bastante absurdo enfadarse por estas cosas. Ni todos los tiempos son unos, ni todos los días van a ser perfectos.

-Está claro. Hemos tenido mucha suerte en casi todos los trayectos. Pocos días nos ha costado dar con la Vía, y pocas veces nos hemos perdido. Pero esto de hoy, la pérdida y el retraso, yendo más de dos, seguro hubiera generado discusiones para dar y vender.

-No te quepa duda. Muchas personas ni saben viajar ni disfrutan de los viajes. Como si fueran obligados a salir de casa, todo, fuera de ella, lo convierten en motivo de enfado y discusión: la comida, el gasto, el ir por esta carretera o por aquella, si este ha puesto más dinero y el otro menos, el ir o no ir a los museos… y las inevitables pérdidas.

-Más de uno me hubiera insultado por no haber tomado este o aquel camino, o por no haber planificado las cosas con antelación. Personas hay que cuando salen de casa lo llevan todo anotado, y todo debe salir tal como ellos lo han pensado. Por imperativo legal y registrado.

-A mí me hacía mucha gracia, cuando viajábamos de jóvenes, el que siempre hubiera alguien que ya no solo conocía los caminos o las carreteras, sino las más cortas, las mejores o las más adecuadas para cada momento. Y en cuanto no íbamos por ellas, ya teníamos la discusión montada. Aquello era un verdadero tormento.

-Por eso lo mejor es no ampliar el negocio -dijo sonriendo.

-También esto depende de las personas. Las hay educadas y comprensibles, como es nuestro caso. Y otras, por el contrario, son bastante impresentables. Aunque los años tal vez les hayan enseñado a tener en cuenta las opiniones de los otros. O sus defectos.

-¿Cambian las personas con el paso del tiempo o con las experiencias? No lo creo. Soy más partidario, en contra tuya, de aquello de “el hombre es el único animal que tropieza dos y tres veces con la misma piedra”. Genio y figura hasta la sepultura.

-Sí, existe la obcecación, desde luego. Pero también hay personas flexibles e inteligentes. No permanecen iguales. Don Miguel de Cervantes ya dijo algo al respecto. Fue él, ¿no? Vino a decir que si de muchacho lees El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha, te partes de risa. Pero si lo lees de mayor, sientes pena, lástima, e incluso puedes llegar a derramar alguna lágrima. La risa ha desaparecido. Y en la vejez puede llegar al llanto.

-Yo, como siempre, soy partidario de la educación. La recibida en casa, fundamental. Si un niño ve que sus padres no se tiran los trastos a la cabeza por un error; los oye hablar educadamente y buscar soluciones sin alterarse, él hará lo mismo el día de mañana. Aprendemos imitando a nuestros mayores. Aunque también nos comportamos de acuerdo con la gente de nuestro alrededor. Dime con quién andas y te diré quién eres.

-Sí, tal vez sea así. Tal vez tengas razón. Pero influyen tantas cosas en una persona que, difícilmente, puede esta permanecer inmutable.

-Sólo los inteligentes cambian o aprovechan sus experiencias. El resto permanece igual a sí mismo. Desde la cuna hasta la sepultura.

-No lo sé. Mira hace muchos años, cuando estábamos estudiando el bachillerato, leí el Decamerón. Recordaba el libro como una de las lecturas más gozosas de mi vida. Leyéndolo me reí mucho. Incluso alguna noche, después de cenar, les leí algunos cuentos a mis padres. E igualmente se partieron de risa. Aquel ejemplar se perdió en uno de los tantos traslados. Por diversas causas, largas de explicar, lo he vuelto a leer ahora.

-Y has tenido que comprarte otro ejemplar.

-Sí. Pero eso es lo de menos. Me ha pasado ahora aquello pronosticado por Cervantes: la risa ha desaparecido. Los engaños, las burlas, las mentiras, los adulterios, las estafas, la corrupción del clero, y de unos y otros, ya no me ha hecho reír. Me ha dolido. Y mucho. Hay varias narraciones en las cuales la diversión consiste en burlarse, cruelmente, de un pobre hombre… Algo así como hacen los duques con don Quijote… Y que esas cosas provoquen las carcajadas describe a toda una sociedad.

-Como las necias discusiones por perderse o ir por una carretera en vez de ir por otra. Hay personas con una vida tan pobre que estas tonterías las convierten en algo esencial, importante.

-Y terminan por cansar a María Santísima y por quedarse solos. La soberbia siempre tiene el mismo final.

-Sí, porque, al fin y al cabo, no dejarán de equivocarse alguna vez dichas personas. Ahora bien, son muy indulgentes con ellas mismas, pero no con el prójimo. Y vuelvo a la misma: a la importancia de la educación. A conocer nuestras limitaciones y a vivir con ellas.

-Siempre he pensado en la educación como en el principio de la solidaridad. Ahora bien, la persona educada siempre lleva las de perder. Aquí lo importante es el grito, las estupideces para estar siempre en el candelero, y las digeribles necedades. Tan digeribles como un caldo cargado de agua y sin sustancia.

-Pero aquí -me repuso sonriendo- en esta sociedad de dos nadie ha salido perdiendo, ni nadie le ha faltado el respeto a nadie. Tú y yo siempre nos hemos comportado como personas. Vamos a seguir siéndolo.

-Sí. Es lo mejor. Leyendo el Decamerón, y recordando a don Quijote, envidio a los padres del páramo. O, al menos, cada día los entiendo mejor, y no por el amor a Dios. Una sociedad para la cual el respeto y la educación es un signo de debilidad no es muy de fiar. Es preferible alejarse de ella.

-Bueno. Cambiando de tema: como has podido observado este tramo de la Vía Verde no está pensado para los caminantes. Ni una sombra, ni un área de descanso. Y yo necesito comer algo.

-Yo también. Allí hay una mínima sombra. Allí podemos almorzar. De pie. No hay ni piedras para sentase.

Así lo hicimos. Luego continuamos caminando hasta dar con el punto donde habíamos llegado la semana anterior. Hecho lo cual, decidimos regresar a la estación donde teníamos aparcado el coche.

-Y ahora, por mi culpa -dijo José Luis apenado- el regreso va cuesta arriba.

-Tampoco es para morirse -dije adelantándome un tanto y comenzando a caminar.

Miré el reloj. Comeríamos tarde. No dije nada por temor a ser malinterpretado. Ni era un reproche ni era grave. No lo era. Así pues, alejados un buen trecho el uno del otro, no hablamos más hasta llegar a la meta. Antes de hacerlo, me terminé la botella de agua. Me supo a gloria bendita. Había sido una agradable excursión. Como siempre.

1Isócrates, Discursos II. Filipo (V). Editorial Gredos, Madrid, 1980. Traducción de Juan Manuel Guzmán Hermida.


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