Una cosa es aprender a leer, escribir y hablar mandarin de corrido y sin acento, y otra mucho más difícil, es entender la insólita defensa que la Michelle le hizo a las AFP.
Sabiendo que ella tuvo la singular experiencia de ser hija de un general constitucionalista. Que sufrió la angustia de perderlo. Que sufrio además de su propio espantoso y humillante arresto y el de su madre. Que debió sobrevivir en el destierro y continuar su vida en un pais ajeno y un futuro incierto. Tengo la obligación de pensar, lo mismo que cualquier otro chileno. Que merece consideración, incondicional afecto y espontáneo respeto. Pero aún así, no la dirección ejecutiva del conglomerado patriotico de 17 millones en el universo laboral y de consumo de la República. Pero eso además de ser una emoción, es personal y a estas alturas ya es realidad aunque parece ficción y cueste creerlo.
Ella, la presidenta. Puede y debe ser observada de muy cerca. Criticada o animada por aquello que tal vez sin serlo aparece cómo su decisión. Pero que salga en televisión apoyando un sistema que nueve y medio de cada 10 de sus electores sufre, y el medio restante detesta. Es una contradicción, un enigma y una traición.
Estoy seguro que si se inventara una píldora para que el que miente cambie el tono de su pigmentación, la doctora Bachelet se nos pondria entre morado y verde.