PREMIOS
Vicente Adelantado Soriano
Auferre trucidare rapere falsis nominibus imperiun atque ubi solitudinem faciunt, pacem appellant.
Cornelio Tácito, Vida de Agrícola1.
Era inevitable, como me temía, que no sacara a colación la reciente entrega de los distintos premios Nobel. Se centró, lógicamente, en el Nobel de literatura, y en el de la paz.
-Como casi siempre -me dijo llenando las copas de un precioso vino- le han dado el Nobel a un autor al que ni conozco ni conocía.
-Pues ya tiene faena -le contesté-. Ahora las librerías se llenarán de libros de este señor, y no tendrá ningún problema para comprarlos.
-No me apetece mucho, la verdad. Estoy un poco cansado de leer, o de intentarlo, libros que han sido premiados, o son recomendados por entendidos y sapientes que no saben nada. La mayoría de las veces no llego ni a la página veinte. Son un fiasco. Y eso, dejando a parte el Nobel, por no hablar de otros premios entregados en este absurdo planeta.
-Es mejor -le dije sonriendo- leer a aquellos autores que nunca fueron premiados, pero que nunca defraudan: Platón, Séneca, Heródoto, Cornelio Tácito…
-O Cervantes y Pérez Galdós. ¡Anda que darle el Nobel de literatura a Echegaray y negárselo a Galdós! Ahí se puso de manifiesto lo que es ese premio. De otros, mejor no hablar.
-Los premios, como los anuncios, suponiendo que no sean lo mismo, son algo nefasto. Lo mejor es ignorarlos.
-Eso siempre lo dice quien jamás fue premiado -aseveró sonriendo y llenando de nuevo las copas-. ¿A usted le han dado algún premio alguna vez? ¿O, mejor, se lo ha ganado?
-Siendo un niño de pocos años, gané un pito y una flauta. Por recitar el Padre Nuestro sin pausas ni dudas y de corrido.
-¿Lo recitó en latín o en griego? -me preguntó al borde de la carcajada.
-No, en aquella época yo era un bárbaro y solo hablaba la lengua de mis padres, y la del alcalde del pueblo -le contesté aguantándome la risa igualmente.
-¿Y le sirvió de algo el premio?
-Sí. Fue toda una experiencia. La flauta no la sabía tocar, y se perdió por algún corral del pueblo. Y con pito traté de arbitrar un partido de fútbol entre mis compañeros de escuela, y por poco me matan. Nunca más. Lo tiré en una acequia para pasto de las ranas.
-Eso me recuerda lo que contaba la actriz Rita Moreno. Dijo que tras el éxito de West side story esperaba buenos contratos para buenas películas… Y la encasillaron en papeles de criada mejicana revoloteando la falda por tugurios y tabernas.
-Entonces, ¿sirven para algo los premios?
-No lo sé. Si llevan aparejado alguna cantidad de dinero, tal vez alivien alguna necesidad del premiado. O de alguna desalmada editorial. O le sirva para continuar sus investigaciones. No lo sé. Leí hace tiempo la autobiografía de Ramón y Cajal, Nobel de medicina, pero no recuerdo, si dice algo al respecto, si el premio le sirvió, económicamente.
-¿Y qué opina del actual Nobel de la paz?- le pregunté amagando una sonrisa y llenando las copas.
-Pues como decía una revista humorística de mi juventud, por una parte qué le voy a decir, y por otra qué quiere que le diga.
-Bonita forma de decirlo todo sin decir nada.
-También le podía haber dicho aquello de “sin palabras”. Pero, a fin de decir algo, habría que analizar quién da el premio o quiénes deciden entregarlo a este en vez de hacerlo a aquel. ¿Usted cree que aquella buena gente se leyó los Episodios nacionales, de Galdós? Yo lo dudo. ¿O Zorba el griego? Y eso sin meternos en las presiones de todo tipo que deben recibir los jurados.
-Un compañero de departamento al enterarse de que el Nobel de la paz había recaído en la señora Corina dijo, todo serio, que se lo tenían que haber dado a él: el otro día evitó que dos alumnos llegaran a las manos por un “quítame allá esas pajas”, como explicó. En tanto que esta señora alentaba al exterminio de Gaza, entre otras cosas. Hay que tener narices. Con las ciudades derrumbadas, y sus habitantes machacados, celebramos la paz y damos premios.
-Bueno, por lo menos, esa guerra, independientemente del Nobel, parece ser que se ha terminado. Una bestialidad más a cuenta del hombre.
-Es decir que el Nobel de la pobre paz no le va a servir para seguir alentando la ocupación de Gaza.
-Ella sabrá. Desde el momento que le dedicó el premio al loco de Trump, que envía al ejército a las ciudades que le molestan y no acatan sus locuras, o hundiendo lanchas de supuestos traficantes, no es nada de fiar. Como si le hubieran dado el premio a Franco, a Rommel o a Putin.
-Todo llegará. Paciencia.
-Entonces, querido amigo, -dijo sacando otra botella de vino- convendrá conmigo en que sí que valen y tienen sentido los premios: con ellos se legitima a ciertos personajes que siguen o impulsan determinadas ideologías.
-Tiene razón. No lo dudo. Pero ahora habría que ver el impacto que eso, el premio Nobel, tiene sobre el ciudadano medio.
-Es una cosa que siempre me ha intrigado -confesó en tanto descorchaba la nueva botella-. Lo mismo que los premios cinematográficos, el Óscar sin ir más lejos. ¿Acude la gente al cine a ver una película porque ha sido galardonada con diez o doce estatuillas? Si hoy en día no va casi nadie al cine. ¿Cuánto tiempo hace que no va usted? -me preguntó en tanto me llenaba la copa.
-Creo -le respondí sonriendo- que desde que tomé la primera comunión. Entonces, si no recuerdo mal, me llevaron a ver Alejandro Magno. No soy consciente de haber entrado en ningún otro cine desde aquel día.
-Pues ahí lo tiene.
-Pero no me tome a mí como modelo: tampoco leo a ningún autor moderno porque le hayan dado el Nobel o el Planeta o el Cervantes, o lo que sea. Y menos mal, y roguemos a los dioses porque siga siendo así, que no hay Nobel de lingüística o de traducciones. No quiero ni pensar a manos de quién irían a parar.
-Esas materias -dijo un tanto tontamente- no tienen mucho impacto social, y por lo tanto…
-¿Y lo tiene el premio de medicina o de química?
-Tiene razón. Ha sido una necedad por mi parte hacer tamaña observación. Y llegados a este punto, ¿no le parece que sería una buena idea hacer desaparecer los premios Nobel de la paz y de literatura?
-Hombre, yo creo que podrían haber premiado a mucha gente que se ha estado jugando la vida en Gaza, como en cualquier otra guerra, cuidando a niños, heridos y enfermos. O intentando hacerles llegar víveres y medicinas…
-A lo mejor eso hiere a ciertos países e instituciones… Políticamente no es recomendable.
-Tampoco lo sería darle el Nobel de literatura a esos esforzados maestros que enseñan a los niños a leer…
-No, no lo sería. O por mejor decir, está muy bien que sepan leer, pero que luego o no lean o lean las basuras que ellos premian.
-Pues como le he dicho antes, hay que comprar aquello que no se anuncia, y leer a los autores que jamás han levantado un trofeo: Tucídides, Herodoto, César, Safo, Tácito, Platón, Homero, Aristófanes…
-No obstante, querido amigo, debemos tener en cuenta que, en esta vida, todos cometemos errores. Y si bien García Márquez dijo no reconocer a casi ningún autor de los retratados allí, cuando le dieron el Nobel de literatura, es posible que también los jueces se equivocaran con él, con Thomas Mann, Juan Ramón Jiménez, con Faulkner, y algunos más.
-Mire -le dije tras apurar mi copa- como dijo aquel filósofo, al que tampoco dieron el Nobel de filosofía, no instituido, de lo que no se sabe es mejor no hablar. Y yo de esos autores no sé nada de nada. Nada le puedo decir por lo tanto. Así que me callo.
-Eso lo honra, querido amigo. Como dijo don Antonio Machado, cito remozando la frase, si cada español hablase de lo que entiende, se haría un silencio tan grande que podríamos estudiar en las plazas de los pueblos.
-Pues honrémoslo con el silencio en tanto damos cuenta de las últimas gotas de este excelente vino.
-Vamos a ello y no se hable más.
1Al saqueo, al asesinato y al robo con el falso nombre de ley y orden lo designan; y donde crean un desierto, lo llaman paz. Cornelio Tácito, De uita Iulii Agricolae liber. 30, 5. Vida de Agrícola.