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Vicente Adelantado Soriano
La amistad es una virtud o algo acompañado de virtud, y, además, es lo más necesario para la vida1.
Aristóteles, Ética nicomáquea.
Esta vez tomé yo la iniciativa: cansado, recogidos los libros, y ordenada la mesa, lo llamé al móvil. Contestó inmediatamente. Y sí, por supuesto, me invitó a bajar y a dar buena cuenta de otra botella de vino todavía puesta a refrescar.
-Me estaba distrayendo -me dijo nada más sentarnos- leyendo las necedades que envía, no sé quién o quiénes, a través del móvil. Ahora se están recreando en las normas para ser feliz en esta vida.
-Sí -le respondí sonriendo- me lo ha comentado algún compañero. Aderezan las recomendaciones con alguna pseudo cita de Marco Aurelio o de quien tienen más a mano.
-¿Las ha leído usted?
-No, no las he leído. Lo siento.
-No tiene mayor importancia. Supongo que servirán, como algunos libros no hace mucho, con frases sacadas de aquí y de allá, para dar un aire de enterados a quien no ha leído un libro en su vida. Cultura en cápsulas. Y en pequeñas dosis.
-Hablando de eso, me gustaría saber cuántas librerías hay en la ciudad, y cuántas van a poder sobrevivir. Dicen que se lee poco.
-¡Ay, querido amigo! -exclamó volviendo a llenar las copas-. Para mucha gente de este país comprar libros es tirar el dinero a la basura. O, peor, cometer un pecado mortal… Siempre me acuerdo de la anécdota de doña Emilia Pardo Bazán: contaba que cada vez que publicaba un libro, las vecinas iban a pedírselo prestado. Y de las palabras de Mesonero Romanos: “Hacer libros donde nadie lee, es ponerse a fabricar rosarios en Pekín”2 ¿Qué le parece?
-Pues que es una cosa muy significativa. A nadie se le ocurre, en sus cabales, ir al mercado y pedir prestado un kilo de patatas…
-Tal vez -me interrumpió sonriendo- porque un kilo de patatas o de carne, no se puede devolver. Mientras que un pobre y sufrido libro puede ir de mano en mano sin mucho deterioro. Y sin gastos por parte de los lectores.
-Entonces -repliqué- razón de más para hacer como Sócrates: nada de escribir libros. El que quiera aprender que me oiga. Pero, claro, todos necesitamos comer. Por lo tanto, que nos oigan en clase, y que paguen por ello. Tal y como hacían los sofistas. O que vayan al Corte Inglés y pidan libros, camisas y pantalones prestados. A lo mejor, con un poco de suerte también nos podemos vestir sin soltar un euro.
-Hay gente que lo hace. Se “compra” el vestido, va a la boda del pariente, y terminada la boda devuelve el traje con alguna maldita excusa.
-¡No me diga! -exclamé asombrado.
-¿No lo había oído?
-Pues no, la verdad. Pero, claro, este es el país de la picaresca.
-¿A usted no le piden libros prestados?
-No. He tenido buen cuidado de decir, a quien me los ha pedido, que no presto libros. Sé por experiencia que dejar un libro, o regalarlo, es la señal inequívoca de que, mañana a más tardar, me hará falta. Y los libros no están tan caros, oiga. Nadie se va a arruinar por comprarse un libro a la semana. Ni va a pasar hambre. Pero, claro si es pecado…
-Se habrá creado usted fama de antipático con sus negativas.
-No. No me he creado fama: soy antipático.
-¡Hombre! -exclamó sonriendo- no diga eso. A mí no me lo parece.
-Porque usted y yo somos amigos a la vieja usanza, y a los amigos se les perdona casi todo. Hasta la antipatía.
-Bueno, al menos nosotros nos hemos prestado libros. Quizás porque ambos somos personas honestas.
-Más bien virtuosas, como quería Aristóteles. Para él la amistad es una especie de virtud. Algo, eso es la virtud, por lo que se tiene que luchar, y que no siempre se consigue. Cuesta ríos de sudor.
-Nosotros -apuntó volviendo a llenar las vacías copas- nos hemos montado una buena amistad sin sudar ni pestañear. Tal vez por cuestiones de la edad y de vecindario. Y además, insisto, nos prestamos libros.
-Pero no abuse -le dije sonriendo- de los préstamos.
-¡Ah! -exclamó como un sediento marinero que grita “¡tierra a la vista!”- ¿y sabe otra de las muchas excelentes cualidades que tienen los libros sean buenos o malos, propios o prestados? ¡Que no llevan publicidad entre sus páginas!
-Lo que faltaba -dije aterrorizado-. No dé ideas, no dé ideas…
-¿Se imagina usted que esté hablando Cervantes u Homero: “Apenas la aurora de rosáceos dedos… “ y se interrumpa la oración para cantarle las excelencias de los calcetines marca Aurora Matinal, duraderos desde la creación de los dinosaurios hasta el final de los tiempos, o las grandes virtudes del detergente Agor, que le limpia los platos sin esfuerzo ni dolor..?
-¡Por Dios! -exclamé ¡Qué cosas se le ocurren!
-Es lo que sucede con las películas, querido amigo. Las cortan cuando se les ocurre para meter una sarta de anuncios a cual de todos peor que el anterior. Además, hay anuncios de tal grado de estupidez que, al final, se convierten en películas cómicas, aunque con muy mala pata.
-Van dirigidos a un público determinado. E imagino que si no fueran efectivos, los retirarían. No hago a los publicistas tan necios.
-En eso tiene razón. Pero aun así hay un anuncio que dura tanto como aquella película de Los diez mandamientos o Lo que el viento se llevó. De hecho, cuando interrumpen la película para pasarlo, me voy a la cocina: me da tiempo a hacerme la cena y a fregar.
No pude evitar la risa. Aproveché para llenar las copas.
-No exagero. No crea. Aparecen siempre una pareja a ambos lados de un colchón. Y se pasan horas y horas hablando de las excelencias del tal colchón. Lo prueban por turnos, ella un lado, él el contrario, y honesta y convenientemente vestidos y sin tocarse ni rozarse... Un día me cogieron desprevenido y vi, con asombro, que el colchón tenía unos hoyos. En ellos, el desgarbado muchachote que lo anuncia colocaba unos huevos frescos. Sin dejar de hablar se tumbaba sobre ellos, se levantaba; y los huevos seguían tan enteros como cuando la gallina, cacareando, los puso en el gallinero. De hecho, cascaba uno delante de la cámara para que vieran que no había falsedad ni truco.
-¿Y qué sentido tiene eso?
-Imaginé -contó riendo- que si en lugar de estar sobre los huevos dos o tres minutos, como lo estaba el desgarbado presentador, está toda la noche, igual empolla los huevos y se levanta de la cama rodeado de pollitos. O tiene huevos duros para hacerse una rica ensalada… La cuestión es que el anuncio era tan sumamente ridículo que han suprimido la parte de los huevos; ahora anuncian el colchón sin esas ricuras. ¿Qué le parece?
-A mí los anuncios siempre me han parecido nefastos. Tiendo a comprar aquello que no se anuncia, y, por lo tanto, es más barato. Y espero que a ningún genio se le ocurra meter anuncios entre los Diálogos de Platón, o cualquier fragmento de Heródoto o de Tucídides. Así que no vaya dando ideas, por favor.
-No doy ideas. Imagino que ya se le habrá ocurrido a alguien aunque no se hayan atrevido a llevarlo a la práctica. Lo han hecho, y lo hacen, con la música clásica… De pena… Y no olvide que lo hacen con las películas, sea cual fuere, y haya tenido la importancia que haya tenido… Se han atrevido a colorear las rodadas en blanco y negro. Todo es posible, señor mío, todo es posible. La estupidez es un enorme país sin fronteras ni demarcaciones. Ilimitado.
-Pues ya que es usted tan aficionado al cine, vaya a allí a ver las películas de su interés. En los cines no cortan la acción para hablarle de su enorme felicidad comprando esto o aquello. Y con respecto a los libros, y dada nuestra amistad, le puedo pasar cuantos quiera, si los tengo. Ninguno de ellos lleva publicidad impresa ni grabada; se lo garantizo.
-Creo que fue Henry Miller… Habló de la pesadilla del aire acondicionado. La pesadilla actual son los anuncios. Y el móvil.
-Se puede combatir ambas cosas con los libros y la amistad. Y con los simposios y el buen vino. Tenemos suficientes armas y suficiente inteligencia.
-Sí, pero hoy la botella ha estado un tanto ociosa. Demos buena cuenta de ella brindando por la amistad.
-Sea -dije levantando mi copa una vez la hubo llenado-. Por la amistad y por quienes devuelven los libros que les han prestado.
-Sin hacer publicidad de ello -añadió riendo de buena gana.
1Aristóteles, Ética nicomáquea, VIII, 1155a. Editorial Gredos, 2011. Traducción de Julio Pallí Bonet.
2Mesonero Romanos, Costumbres literarias, IV, El autor.