La hamaca y la piscina
Literatura | 13/09/2025

LA HAMACA Y LA PISCINA

Vicente Adelantado Soriano

A mí no me parece libre quien en alguna ocasión no es capaz de no hacer nada1.

Cicerón, Sobre el orador.

Me llamó cuando se cansó de leer. Como alternativa a la lectura estaba siguiendo una serie en la televisión; pero antes de seguirla de nuevo prefirió tener una charla conmigo, y abrir una nueva botella de vino. Bajé a verlo en cuanto pude. No tardé mucho.

-Hoy he ido al ambulatorio -me dijo nada más saludarnos.

-Espero que todo siga bien. No me de malas noticias. Como dicen en algunas novelas, no estoy preparado para ellas -respondí sonriendo.

-No. No hay malas noticias. No se preocupe. Todo va bien. Avanzamos hacia la muerte sin novedad en el frente.

Sacó la botella de vino de la cubitera, la descorchó y sirvió las primeras copas.

-Tengo una enfermera que es todo buena voluntad. Pero me cansa. Cada cuatro o cinco meses, me llama, voy; y me pregunta lo mismo, una y otra vez: el día en el que estamos, el nombre de los reyes, cuántas son once menos tres…

-Imagino -dije- que la mujer seguirá un protocolo. Y mediante él querrá asegurarse del buen funcionamiento de su cabeza.

-Sí. Eso mismo he pensado yo. Pero a veces, en vez de contestarle, me dan ganas de contarle alguno de mis sueños, remozados, claro; no quiero ser demasiado explícito.

-No abuse de su paciencia. A saber lo que tendrá que aguantar la buena mujer en su consulta.

-Sí. Tiene razón. Es una buena profesional, y cumple con su obligación. Sería un desgraciado desagradecido si no lo reconociera, o me metiera con ella.

-Pues déjela en paz y cuénteme a mí sus sueños, si le apetece o quiere. O si lo necesita.

-Me preocupa más bien. Este verano, debido a los fuertes calores sin duda, no he hecho más que dormir y soñar. Cada dos horas de lectura, suponían otras dos en la cama. Y apenas apoyaba la cabeza en la almohada ya estaba soñando. Con una hamaca de lona colocada al lado de una piscina. La piscina estaba en el monte, en medio de un campo lleno de hierbas de mediana altura. Yo estaba tumbado en la hamaca, sin hacer nada. Había alguien a mi lado. He creído descubrir que era una mujer. Yo tenía los ojos cerrados. Me estaba regodeando en la maravilla de estar sin hacer nada. De vez en cuando me levantaba, me metía en la piscina, nadaba un poco y volvía a la hamaca. Y me adormecía. A veces creía notar una mano acariciando la mía. Y unos labios se posaban sobre los míos. Luego oía el leve rumor de unas brazadas en el agua. La pereza me impedía abrir los ojos y mirar en aquella dirección. ¡Se estaba tan bien medio dormido o dormido total sin hacer nada!

-¡Qué envidia! -exclamé-. Ciertamente es una maravilla poder estar tumbado y entregado a un ocio total. Lo malo es que algunos, como dicen en esas películas de animales salvajes que me recomienda usted, estamos diseñados para no parar. A veces cuando me despierto en días de asueto, me propongo no levantarme, quedarme en la cama. Pero a los cinco minutos, en contra de mí mismo, ya me veo incorporándome del lecho y yendo a mi mesa de estudio. Un castigo, oiga.

-Yo en aquella hamaca estaba en la gloria. Máxime cuando apenas dos gotas de sudor resbalaban por mi frente ya estaba, otra vez, metido en el agua. Lo único inquietante fue que comencé a oír el motor de algo, no sé de qué. Un motor monótono, no excesivamente ruidoso.

-¿No sería el motor del fuera borda de Caronte? -pregunté intentando hacer una gracia. Fue una estupidez.

-El ruido del motor no despertó en mí ninguna idea de la muerte -dijo sonriendo y llenando las copas de nuevo-. Pero sí que pensé que la mujer que estaba a mi lado era ella, la Parca, disfrazada con todos los aditamentos de una persona muy elegante y educada.

-¿No estaba en traje de baño? – inquirí deseando alejar la idea de la muerte tan absurdamente introducida por una tontería mía.

-Sí. Pero luego, sin ninguna transición de ningún tipo nos vi entrando en un comedor iluminado con cirios metidos en fanales de cristal. Sonaba una música suave. Mozart, creo. Yo iba vestido con una traje de chaqueta negro, camisa blanca y corbata. Y ella con un vestido largo, también negro. No sé de que tipo de tela. No entiendo de eso. Llevaba una pulsera de brillantes. Era una mujer encantadora. Y tenía una voz preciosa, musical. Ocupamos una mesa apartada del nada concurrido comedor; y cuando se aproximó una señorita uniformada, con el menú entre las manos, se terminó el sueño. Me desperté.

-Sí, es una pena: los sueños siempre se suelen terminar en lo mejor. Como aquellos noveloncios, interrumpidos cuando el malvado Carabel irrumpía en la buhardilla con un fino estilete en alto, preparado para el golpe fatal. Y ella, en un rincón, dormitaba. Se aproxima a la chica con pasos sigilosos y “Continuará”.

-¿Y qué le parece a usted?

-No me parece nada. Un sueño. Es un sueño. No todo tiene porqué tener un significado en esta vida.

-O tal vez somos incapaces de descifrarlos.

-Para el caso es lo mismo. Además, la mayoría de los sueños, una vez despiertos, los olvidamos. No tienen más transcendencia.

-Tal vez tenga razón. No obstante, el sueño se me ha repetido varias veces. Pero ya no aparecía la mujer. Estaba solo. Y seguía sintiendo una alegría inmensa, mucho más grande cuando me levantaba y me metía en la piscina. Entonces esta se alargaba, se rompía por el otro extremo convirtiéndose en un impetuoso río que me arrastraba hacia el mar.

-¡Vaya! -exclamé- y le entró el pánico y se despertó.

-No, al contrario. Cada vez me encontraba mejor, más a gusto. En ningún momento me hundí. El río me llevaba como una madre cariñosa acuna a su bebé. Los paisajes por los que discurría eran bellísimos, de un encanto sublime. Se oía el piar de los pájaros. Otras veces el silencio era total, maravilloso. Y yo cerraba los ojos y me dejaba llevar.

-Ha disfrutado usted -le dije llenando las copas de nuevo- tanto leyendo como durmiendo.

-Yo incluso le diría -me confesó sonriendo- sin despreciar a nadie, que he disfrutado más soñando. Las acciones ajenas, leídas en los libros, no eran tan preciosas como mis sueños. Sobre todo, como en estas últimas ocasiones, no me planteaban ningún problema sobre su significado. Eran como una película bellísima y refrescante.

-Tal vez -me puse en plan psicólogo o psiquiatra, o todo a la vez- su mente, cansada de tanto leer, necesitaba un descanso. Y el subconsciente, entonces, le ofreció una travesía por el río de una selva encantada, siendo usted su propia canoa.

-Me gusta esa interpretación -dijo alegre-. Y, además, es muy de agradecer que me llevara por un río en el que no había ni cocodrilos ni caimanes ni bichos semejantes. No obstante, me gustaría averiguar quién era la mujer que estaba conmigo en la piscina… Y también me gustaría averiguar qué pasó con la quinina en el barco capitaneado por Jospeh Conrad en La línea de sombra. Desapareció de repente. Y no da ninguna explicación… Hay una un tanto sobrenatural… No sé. No me convence. Ahora bien, como decía Gustavo Adolfo Bécquer, mientras haya misterio, habrá poesía. ¿Usted que opina?

-Opinar, no opino nada. Sencillamente lo envidio. Me encantaría estar horas y horas en la cama sin hacer nada. Soñando. Pero no puedo. Tal vez eso sea otro de los privilegios de la gente mayor, y no se ofenda…

-No lo hago. Soy mayor. Y buen catador de vinos. Acabemos la botella, amigo mío.

-Dice Cicerón -añadí finalizando mi razonamiento y mi copa de vino- que la falta de ocupaciones es el más precioso apoyo para la vejez2.

-Pues brindemos por Cicerón y por su lucidez.

-Y mañana más.

1Marco Tulio Cicerón, Sobre el orador, II, 6-24

2 Marco Tulio Cicerón, Sobre el orador, I 60, 255


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