¿ARDE EL PAÍS?
Vicente Adelantado Soriano
La prudencia es la gobernadora de las acciones. Sin discreción no hay acción acertada. Sin prudencia, las virtudes se vuelven vicios.
Juan de Zabaleta, Errores celebrados.
-Esto de los incendios me ha recordado -dijo sirviendo las primeras copas de la tarde- el título de una película que vi hace muchos años, ¿Arde París?, y de la cual no recuerdo absolutamente nada. ¿La ha visto usted?
-No. Ni había oído hablar de ella. Pero ya sabe que el cine y yo no nos llevamos muy bien.
-A mí, por el contrario, me interesa mucho. Como la narrativa actual. Además, me sirve de descanso. Usted, cuando se cansa de leer o estudiar, ¿qué hace?
-Me dejo caer en la cama y paso horas y horas soñando, redactando textos mentales que nunca voy a escribir, o, y lo prefiero con mucho, durmiendo y soñando.
-¿Y nunca le ha dado por ver una película o una serie de televisión?
-Alguna vez he conectado la tele… a los dos minutos, tras recorrer toda la oferta televisiva, ya estaba apagada y yo en la cama dedicado a mis ensoñaciones.
-¿Y tampoco ve los telediarios ni las noticias?
-Pues no. Pero aun así -dije llenando las copas de nuevo- me he enterado de todo esto de los incendios, sin acordarme de ninguna película. Sintiendo un enorme dolor por esas personas que lo han perdido todo. Algunas hasta la vida.
-Sí, ha sido terrible.
-Y antes -le dije sonriendo- que empiece usted a echarle la culpa a los políticos, también tengo que decirle que en este país hay mucho descerebrado y mucho desconsiderado y algún criminal: personas arrojando colillas por la ventanilla del coche, tirando botellas en medio del campo, haciendo barbacoas en el monte, o no utilizando las papeleras y los contenedores. Cuando no incendiando el monte por bastardos intereses.
-Tiene razón. Pero ese es el mínimo de los problemas. Por intereses económicos, por estupideces y por lo que usted quiera, se ha descuidado, y mucho, la limpieza de los montes… A algunos politicastros eso les parecía un gasto absurdo e inútil. Preferían invertir en otros asuntos de más calado, las corridas de toros, verbigracia... Siempre me ha llamado la atención que nunca se han quemado, hasta donde recuerdo, los pinares de Soria y de Albarracín. ¿Por qué será?
-¿Tal vez porque gestiona la gente del pueblo los recursos madereros de esos pinos, y no dependen de gobiernos ni autonómicos ni central? -pregunté sin saber muy bien si estaba acertando o no-. ¿Y limpian ellos mismos los montes? -añadí como colofón.
-Es muy posible que tenga razón. Con lo cual nos volvemos a plantear la pregunta de siempre, y perdone si le molesta: ¿Para qué queremos tanto gobierno, autonómico y central, si ni unos ni otros sirven para nada?
-¡Hombre, no diga eso! No deja de ser divertido oír como algunos políticos justifican su inanición. A veces me da la impresión de que han asistido todos ellos al “pensadero” aula que, según Aristófanes, montó Sócrates1. En dicho “pensadero” se enseñaba, entre otras cosas, o razonar para no pagar las deudas y desdecirse de los juramentos, y a hacer lo que a uno le viniera en gana... El razonamiento malo, opuesto al bueno, que justifica hasta pegarle a un padre y a una madre. En el caso que nos ocupa sirve para eludir responsabilidades políticas y de todo tipo. Viene a ser lo mismo.
-Lo malo de este caso es que ha costado vidas humanas. Lo cual no tiene ninguna gracia.
-No me he reído de nada, señor mío. No, no tiene ninguna gracia. Y la obra de Aristófanes, tampoco: le costó la vida a Sócrates. Una advertencia de que las acusaciones pueden ser muy peligrosas.
-No creo que a los políticos les importe lo más mínimo con tal de salvar el cuello: con seguir en su butacón todo está justificado, ¿no es así? Para muchos de ellos, boca y culo todo es uno. Y la falta de vergüenza y el descaro es tan grande como el Himalaya, y aun más.
-Sí. Supongo que es así. Alejadas todas sus actuaciones, por supuesto, de lo que les pedía Aristóteles, entre otros: formar buenos ciudadanos, virtuosos y responsables… “Establecimos que el fin de la política es el mejor bien, y la política pone el mayor cuidado en hacer a los ciudadanos de una cierta calidad, esto es, buenos y capaces de acciones nobles”2.
-Parecen consejos de ciencia-ficción -dijo llenando las vacías copas.
-Y sin duda, lo son. ¿De qué nobleza de acciones se van a ocupar estos si no saben ni lo que es la nobleza? El día que salga alguno de ellos diciendo eso de “Lo siento, me he equivocado…”
-Amigo mío -dijo riendo de buena gana- eso lo dijo el Rey de los Elefantes tras vaciar las arcas y llenarse los bolsillos bien llenados. Y matar a algún que otro elefante, de paso. Para disimular, sin duda.
-Sí, lo recuerdo. Y querido amigo, se lo he dicho muchas veces: no hay nada que hacer. Lo de arriba es igual a lo de abajo. Y tan virtuoso es el rey como el alcalde. Y cambiemos de tema, por favor. El tiempo siempre es un tema recurrente. Hagamos uso de él. Parece que el verano ya ha llegado a su fin.
-Para mí no es nada recurrente. Yo estoy convencido de que me moriré en verano: cada año que pasa soporto menos el calor. Cuando veo a bomberos y vecinos en medio de las llamas ¡Dios!.. No descanso por las noches, y por el día voy hecho un zombi. Es un tormento. Como aquel de no dejar dormir al reo una semana antes de su ejecución.
-No se queje: ha llevado usted un envidiable ritmo de lectura: no he dejado de traerle libros. Y en la librería todavía quedan unos cuantos pedidos pendientes.
-Es cierto. Mal que bien he seguido leyendo. Y esa ha sido mi salvación.
-Por otra parte -dije tras apurar mi copa- no se preocupe usted: no sabemos si morirá en verano o en invierno. Lo hará cuando le toque, como todos. Y se morirá, como diría Séneca, no por estar molesto por el calor, sino por estar vivo.
-Es un consuelo oírlo a usted. De verdad. Yo pensaba -añadió sonriendo- que ya había pasado el peligro… Y con la cantidad de libros que me quedan por leer...
Sonreí abiertamente en tanto él volvía a llenar las copas.
-No se los terminará todos. No se preocupe. Se va a dejar muchos por leer. Como todo el mundo. Pero igual en el Más Allá tiene todas las bibliotecas del universo a su disposición, y toda la eternidad por delante. Entonces, tal vez, se los termine todos.
-Imagino que también podré descansar y ver alguna que otra película.
-Ignoro si el Hades se ha modernizado hasta ese punto. Pero estaría muy bien que fueran introduciendo novedades. A lo mejor la barca de Caronte es ya un fuera boda. ¿Quién sabe? Entonces igual cobra más de un óbolo por el pasaje -añadí pensativo.
-Volviendo a eso de las lecturas, el otro día un vecino, al verme cargado con un par de libros, me preguntó para qué tanto leer…
-Sí, sé quien es. A mí me salió con lo mismo. Aunque añadió que en mi caso lo entendía: debía preparar las clases y estudiar para darles una buena educación a mis alumnos… “pero su amigo -me dijo- ¿qué sentido tiene tanto libro y tanta lectura?”
-¿Y qué le contestó usted?
-Nada. Levanté los hombros y salí del ascensor. ¿Y usted?
-No supe qué decirle en un principio. Me quedé un poco descolocado. ¿Todo tiene que tener un fin? Determinado por ellos, naturalmente. Luego, antes de salir del ascensor, le respondí: “matar el aburrimiento y no hacer daño a nadie. ¿Te molesta que lea?” “Mientras no se produzca ningún incendio en la finca por culpa de tanto papel, en absoluto” -me dijo el muy inteligente. “¿Has probado -le contesté- a pegarle fuego a un libro cerrado? Más fácil es que te estalle a ti la televisión en los morros que se incendien mis libros”.
-Ese chico, señor mío, está muy concienciado con los incendios, como antes lo estuvo con las mascarillas, luego con la guerra de Ucrania, y ahora con el fuego. Y trata de evitarlo todo y de curarse de todo, hasta de la inteligencia.
-Sin tener libros en casa, pero fumando y tirando las colillas por donde se le ocurre.
-Así es -dije apurando la botella de vino y sonriendo-. No obstante, a mí también me llama la atención la cantidad de libros que se lee usted al cabo de un mes. Algún día lo voy a llevar a mi clase a que de usted una charla.
-¡Ni se le ocurra! -dijo aterrorizado-. Yo podré leer mucho, pero no sé nada. No puedo hablar de nada.
-Hombre, algo sabrá.
-Sí, lo que dijo su amigo Sócrates.
-¿Y de los incendios tampoco se avendría dar una charla? -le pregunté riendo de buena gana.
-De eso y de los políticos -respondió riendo igualmente- sí me atrevería a hablar. Pero igual nos encierran a los dos por incitar a los alumnos a tener dos dedos de frente, o un poco de sentido común.
-Pues entonces, lo dejamos estar. Tal vez la biblioteca de la cárcel sea muy limitada y salimos perdiendo.
-Sí, mejor lo dejamos estar. Aunque a mí me interesaría que me siguiera explicando eso del “pensadero”. Eso se presta a una buena charla.
-Para eso no hay nada mejor que oír las justificaciones de los politicastros que estaban de fiesta mientras los pueblos y el monte se anegaban o se quemaban. Y las de sus camaradas. Ahí lo tiene en toda su grandeza. El Gran Pensadero. Homenaje a Aristófanes. Más clásicos no pueden ser nuestros políticos. Y volviendo ahora al tema recurrente, tenemos que celebrar el fin del verano, el fin de los incendios, aunque con media España calcinada, y su supervivencia a los calores extremos de este funesto agosto.
-Muy bien. Cuando bajen más las temperaturas nos vamos a cenar por ahí.
-No hay más que hablar.
1Aristófanes, Las nubes.
2Aristóteles, Ética nicomaquea, I. 9, 30. Traducción de Julio Pallí Bonet.