EL MÁS ALLÁ
(carpe diem)
Vicente Adelantado Soriano
Es menester tocar las apariencias con la mano para dar lugar al desengaño.
Miguel de Cervantes, El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha.
Me relaciono muy poco. Es cierto. Con aquel compañero, no era ninguna excepción, no había hablado más allá de cuatro o cinco veces, y de cosas insustanciales. De un tiempo a esta parte, según los típicos rumores, tenía fama de excéntrico, o de no estar muy en sus cabales. Por eso mismo me sorprendió su invitación a pasear en aquella breve hora de ocio. Coincidimos los dos en un bar cercano. En horas de asueto, entre clase y clase, solíamos ir allí. El café de la sala de profesores era una terrible pócima difícil de tragar. El del cercano bar, por el contrario, era excelente.
Allí, de pie en la barra, me encontré a mi compañero saboreando su primera taza. El bar, a aquellas horas, estaba lleno de gente. Me preguntó, tras tomarnos un par de cafés, si sería tan amable de acompañarlo a dar una vuelta por el cercano jardín. Me chocó tan extraña petición. Prácticamente éramos unos desconocidos. Sin embargo, accedí a ir con él. Teníamos tiempo. Y yo quería saber hasta dónde llegaba su excentricidad. Debido, así lo creían los compañeros, a la muerte de su esposa.
Hacía un año, más o menos, que se había quedado viudo. Su mujer falleció tras una larga enfermedad. Él se quedó en los huesos. Ahora parecía un tanto recuperado.
-¿Tu crees en el más allá? -me preguntó a bocajarro en cuanto llegamos a un solitario jardín-. Ya sé que te sorprende la pregunta -añadió rápidamente- pero a mí hace un tiempo que me obsesiona.
-¿Quieres decir -le pregunté un tanto atónito- si creo en Dios?
-¿Es imprescindible -preguntó a su vez- que si hay un más allá tenga que haber un dios?
-Pues no lo sé, la verdad. No obstante, según todo lo leído y estudiado hasta ahora es así: si hay vida tras la muerte, hay un dios. O más de uno. Eso dicen, al menos, las religiones y los mitos conocidos.
-¿Y qué sucede -preguntó ahondando en mi asombro- si uno llega allí y se encuentra con que su mujer, fallecida unos años antes, se ha liado con otro?
-No tengo ni idea -dije atónito-. Esa situación -añadí pensativo- no la tiene en cuenta la mitología griega, al menos hasta donde yo recuerdo. Cuando Orfeo llega al Hades...
-Entonces -me interrumpió- no puede haber crímenes pasionales en el más allá…
-No creo -dije sonriendo-. Si haces caso a la mitología griega, las almas, tras la muerte, pasan por el río Leteo, el río del Olvido. Por lo tanto no recuerdan nada de lo sucedido en la tierra. Eso es la muerte: el olvido.
-Entonces -repuso con toda lógica- los vivos nos acordamos de los muertos, pero no al revés.
-Según religiones y mitos -le dije animándome-. En algunas religiones los muertos se aparecen a los vivos para darles consejos o decirles cuatro tonterías. Lo cual demuestra que dichas apariciones no son sino una creación humana, como Drácula. Al hombre no le llega la inteligencia para ir al más allá.
-Pero ha habido viajes con retorno.
-Sí. Una pócima para quitarte el miedo a la muerte.
-Yo no le tengo miedo -afirmó con firmeza-. Ni siquiera a la enfermedad, pues llega un momento en el cual estás tan mal que deseas morir, acabar con el sufrimiento… Me da miedo, y no me lo quito de la cabeza, llegar allí y que ella esté con otro, que no se acuerde de mí ni de los años pasados en mi compañía…
-Eso depende -dije verificando que sí, que mi compañero estaba algo transtornado- de en qué más allá la ubiques tú. En el Hades griego, como te digo, está el Leteo, el rio del Olvido. Por el cual también pasaremos todos. Por lo tanto si ella ha encontrado allí un alma gemela, igualmente la puedes encontrar tú. Sin acordaros el uno del otro. Nuevo espacios, nuevos amores. El pasado desaparece.
-Claro -repuso pensativo- es como juzgar la muerte desde la enfermedad o desde la salud: no es lo mismo. Tal vez allí, despojados del cuerpo, las almas, o nuestras sombras, no necesiten estar emparejadas...
-Pues debe de ser una pesadez -apunté un tanto socarrón- una eternidad sin libros, sin obras de teatro, películas y seducciones. Con la cantidad de mujeres que debe haber por allí. Hablando cada uno un idioma distinto: latín, griego, ruso, danés, chino… Pero, claro, si se olvida todo también se olvidará el idioma y los dialectos.
-Comprendo que te burles de mí -dijo con voz lastimera-. Yo también pienso, a menudo, que me estoy volviendo loco.
-No quería ofenderte, perdona -me disculpé- pero esta es una conversación más bien extraña. Me has cogido totalmente desprevenido.
-De haber estado prevenido, ni me hubieras hecho caso. Me hubieras evitado. Como todos.
-Es muy posible. No te lo niego.
-Todo el mundo quiere -dijo hablando consigo mismo- que todos seamos racionales. Hasta en los peores momentos de nuestras vidas. Y cuando te sales de la razón, o de lo que ellos entienden por tal, te dejan de lado, no te hacen ni caso. Te tildan de loco, y se quedan tan tranquilos.
-No te estoy tildando de nada -repuse un tanto serio-; pero convendrás conmigo en que esta es una conversación nada usual.
-Sí. Tienes razón. ¿Sabes que falleció mi mujer, no?
-Claro que lo sé. Fui al entierro, con el resto de los compañeros.
-¿Te he molestado?
-No. No me has molestado.
-Hace tiempo -me confesó- que quería hablar contigo. Algunos alumnos me han dicho que, en las clases, hablas mucho de mitología… Yo quería que me informaras sobre el Hades.
-¿Y qué quieres que te diga? Hablar del Hades, o del Más Allá, es como hablar de la feria o de un largo viaje: según el dinero que lleves, y tu actitud, la cuentas así o de la otra forma. Y en el fondo, y perdona si te desengaño, no es sino un consuelo para los vivos, un cuento para perderle el miedo a la muerte, algo inevitable, como sabes.
-Sí. Tal vez tengas razón. Y yo no digo más que imbecilidades.
-Yo no he dicho eso. Pero mira, cuando Sócrates fue condenado a muerte, las palabras que dirigió a sus jueces fueron muy ilustrativas. Dice que tal vez la muerte no sea un castigo, pues al fin y al cabo va a estar con Homero, Hesíodo, Odiseo… y miles y miles de personas que le van a informar de cuanto él desconoce.
-Eso está muy bien.
-¿Durante toda la eternidad? Tal vez. Pero Sócrates no ha tenido en cuenta al río Leteo, propio de su mitología o sus creencias. Por el que han pasado todos los personajes citados por él, y los miles y miles de personas con las que cuenta. Tal vez allí Homero ni sepa que escribió la Ilíada. Y ni se acuerde de escribir ni de cantar. Como Hesíodo, Garcilaso de la Vega, y quien tú quieras. El Leteo borra la memoria, el recuerdo, todo. Eso es la muerte.
Nada quise decirle de las palabras de Creonte cuando, tras condenar a muerte a Antígona, le dice a su hijo Hemón, prometido de la condenada, que la deje celebrar sus bodas en el Hades con algún muerto como ella. ¿Para qué?
-¿Y si hablamos de otros paraísos? -preguntó buscando una tabla de salvación.
-De otros paraísos no te sé decir nada. Para mí, y tal vez esté equivocado, son la prueba palpable de que en esta vida quien no se consuela es porque no quiere. Y hay consuelos para todos los gustos y edades
-Es fácil decirlo.
-Sí, es cierto: hablar siempre ha sido más fácil que actuar. Y yo te recomendaría -añadí mirando el reloj y dando a entender que debíamos regresar- que fueras a Galicia. Allí está el rio del Olvido. Los legionarios romanos le tenían pánico: se negaron a cruzarlo. Crúzalo tú. O, al menos, lávate la cara con sus aguas. Olvida y vive lo mejor que puedas. No hay mejor paraíso.
-¿Desautorizas entonces a Sócrates? -me preguntó un tanto asombrado.
-No. Reivindico sus palabras finales: encomendar los hijos a los jueces para que les den una buena educación. En ésta la virtud, la famosa areté, tiene que estar por encima de cualquier otra consideración. Quiere que los jueces sean tan incisivos con ellos como él lo ha sido con los atenienses. Y se despide de ellos no sabiendo si es mejor vivir o morir. Eso solo lo sabe la divinidad, suponiendo, añado yo, que exista.
-Es todo tan absurdo.
-Tal vez. Pero mientras estés aquí, disfruta de los amigos, de las aficiones, no le hagas daño a nadie, y olvida el Más Allá. Tan vez ni exista. Lo cual sería un consuelo.
-Vámonos -dijo cambiando el paso- se nos está haciendo tarde. Y sí, tienes razón: tal vez sea mejor que no exista nada después de la muerte. Y que morir sea, como dijo el poeta, cerrar los ojos y dejar de llorar.