Un leve enfado
Literatura | 26/07/2025

UN LEVE ENFADO

Vicente Adelantado Soriano

¿Reñiste alguna vez con la higuera por no dar cerezas?1

Nikos Kazantzakis, Zorba el griego.

Aquella tarde me sorprendió mi querido vecino de la puerta 33 con su ligero enfado. No tardé en descubrir, no obstante, que el enfado era más bien una excusa para iniciar una pequeña charla. Al fin y al cabo, el hombre, mi vecino, es inteligente, y nada podía hacer contra las decisiones de los políticos. Tampoco lo abrumaban. De hecho, no tardó nada en sonreír y recuperar su buen humor.

-Tiene narices -comenzó a decir tras llenar las dos copas de vino- que estos señores, de alguna forma debemos llamarlos siendo educados, hayan hecho lo imposible para evitar las revalorizaciones de las pensiones.

-Bueno -le respondí- usted sabe que los partidos políticos han sido creados para hacerse con el poder. En consecuencia, aprovechan cualquier circunstancia para lograrlo. Aun yendo en contra de las personas, como es este caso, con tal de debilitar al opositor o al gobierno.

-No voy mal de dinero -me confesó sonriendo-. Desde que estoy jubilado no me he comprado ni un pantalón ni una camisa. Tengo una buena paga. Todo el dinero se me va en botellas de vino y en libros. Porque comer, como bien poco. Pero no deja de llamarme la atención la necedad de esos políticos negando la subida de las pensiones. Habrá afectado a otras muchas personas necesitadas, por supuesto.

-No les da para más. Ellos tienen unas buenas pagas. Las de los otros les tienen sin cuidado. Pese a los cual sus feligreses les seguirán votando aun cuando vayan en contra de sus intereses.

-Cierto es. No tenemos solución. Dejémoslo estar. Hablemos de cosas más interesantes. Dígame, ¿qué libro o libros está leyendo últimamente?

-Releyendo más bien. Y dicha relectura. de alguna forma, tiene mucha relación con lo apuntado por usted hace un momento.

-¿No lee usted nada nuevo? ¿Siempre está cuestionando o revisando sus antiguas lecturas?

-¡Hombre! -exclamé-. No es eso. Leo novedades, por supuesto. Pero, no sé porqué, de vez en cuando prefiero volver a viejas lecturas.

-Debe de ser un poco aburrido.

-No. No lo es. Según Heráclito, le hago una traducción libre, nadie lee dos veces el mismo libro. Ni se baña dos veces en el mismo río.

-¿No supone eso negar la memoria? ¿No recuerda nada del libro ya leído?

-La memoria, como usted sabe, es muy rara y selectiva. Y a veces se engaña a sí misma. No, señor mío, no se lee dos veces el mismo libro, con memoria o sin ella. Esta también cambia... Me sorprendo a mí mismo comprobando, pasando las páginas de cualquier libro ya leído, lo olvidado y lo recordado, o lo transformado.

-Bien. Si usted lo dice… No vamos a discutir. ¿Y qué relación tiene su relectura con la negativa de estos necios a subir las pensiones?

-Dicho así, poca o ninguna. Pero, como sabe, la finalidad de estos políticos de nuestros alrededores, tantos indígenas como foráneos, es hacerse con el poder. Por ambiciones personales, para favorecer a un grupo determinado de empresas, las cuales devuelven los favores, por supuesto, quid pro quo, o por otras causas inconfesables…

-En ningún caso, insisto -añadió- para favorecer a los ciudadanos y hacerles la vida más llevadera y agradable.

-Pues no. El ejemplo lo tiene aquí mismo: tenemos una maravilla de seguridad social. Funciona a la perfección, con unos profesionales, médicos, enfermeras y auxiliares, que ya los quisieran en otros países mucho más avanzados, según dicen. Le hablo por experiencia. ¿Y qué hacen muchos de nuestros indígenas políticos? Intentar acabar con ella, abandonarla para favorecer a las empresas privadas, hospitales y ambulatorios puestos en manos de personas en busca su propio interés y del de los políticos del ramo de la corrupción. Sin palabras.

-Y la gente, insisto, les vota. Claro, ese dinero dedicado a los hospitales los dedican a espectáculos, circuitos para carreras, toros, y demás necedades. Y los necios se los tragan. Pan y circo, ¿no?

-El día que tengan que ir a un hospital y pagarlo de su bolsillo ya se enterarán.

-Entonces será demasiado tarde. O tampoco. Mire el ejemplo de Estados Unidos.

-Sí. Tiene razón. Nada nuevo bajo el sol. Pero volvamos a lo nuestro: el libro del cual le hablaba, Guerra del Peloponeso, lo comencé de nuevo porque me interesaba estudiar la personalidad de un político del momento, Alcibíades. Era una persona ambiciosa, sin escrúpulos; lo mismo luchaba a favor de Atenas, su patria, que de Esparta, el enemigo. Su patria era su propia ambición.

-Eso, según dicen, es un pozo sin fondo. Como la necedad: nunca se tiene suficiente.

-Lo malo de una cosa y otra es que nunca les faltan seguidores. Alcibíades, durante la guerra del Peloponeso, empujó a Atenas a la invasión de Sicilia. Esa guerra fue el final de Atenas, de su imperio y de su importancia política. Se le opuso un estratego, Nicias; pero en esta vida se engaña a quien está dispuesto a que lo engañen, o a quien se cree más listo que su oponente. Y así, los atenienses, deslumbrados por la labia de Alcibíades, a quien admiraban pese a sus derroches y fanfarronadas, se embarcaron para ir a un desastre seguro. Se olvidaron de los consejos de Pericles, de no aumentar el imperio durante la guerra, y de los de Nicias: hacer la guerra muy lejos de la patria supone un enorme problema y un gran riesgo. Y el olvido y la necedad los llevaron al fracaso.

-Eso es cierto: el hombre siempre tiene tendencia a seguir los cantos de las sirenas, antes que los de la fría razón. Y luego viene en llanto y crujir de dientes.

-Y el olvido. Los griegos se arrepintieron de haber condenado a Sócrates; pero si Aristóteles no hubiera salido por piernas de Atenas, seguramente hubiera corrido la misma suerte… Se olvidaron de los consejos de Pericles llevados por la ambición del botín siciliano, y lloraron luego cuando les arrebataron hasta lo propio.

-¿Usted cree, en vista de lo dicho, que si estudiáramos la Historia, así, con mayúsculas, el hombre evitaría cometer los mismos errores una y otra vez? Embarcarse en guerras, por ejemplo.

-No. No lo creo.

-Es usted un hombre de poca fe.

-Llámelo como quiera. Pero, como dice Tucídides en Guerra del Peloponeso estas, y cosas similares, guerras, muertes, ambición, desplazamientos de personas, esclavitud, etc., sucederán en tanto el hombre siga siendo como es y como ha sido.

-¿Niega usted que la lectura y el estudio nos haga mejores?

-Sí, lo niego. O depende de en qué tierra caiga la semilla. Alcibíades fue discípulo de Sócrates. Y de nada le aprovecharon sus enseñanzas. Seguramente asistiría a las charlas o banquetes donde iba Sócrates porque estaba de moda, y él era el último grito en esas cuestiones. No entendió, además, que Sócrates no cediera ante su belleza, estoy hablando del amor homosexual, cuando todos los atenienses estaban locos por sus encantos. Sócrates buscaba su belleza interior. Algo a lo que Alacibíades hizo oídos sordos.

-¿Y qué podríamos hacer para que toda la tierra fuera fértil e hiciera crecer el grano de la inteligencia?

-Nada. No podemos hacer nada.

-No sea tan negativo y nihilista.

-Proponga usted cosas, y las discutimos.

-La verdad -dijo llenando las copas y apurando la botella- es que no se me ocurre nada. Yo también tengo mis limitaciones.

-Como todos.

-Máxime viendo los personajes que, aquí y allá, van ocupando los sillones presidenciales. Cuando yo era joven siempre nos hablaban de Europa como el no va más allá. España, y por ende los españolitos, éramos lo último de lo último. Nunca estaríamos a su altura. Y, anda, que ahora… Pero ya lo dice el refrán: “de largas tierras, largas mentiras”.

-Agua y necios hay en todas partes. Y los seguirá habiendo mientras el hombre, insisto, sea como es. No hay más. Así que, querido amigo, disfrutemos de estos momentos, aunque a usted no le hayan subido la pensión.

-Cuando me la suban, compraré un buen vino para celebrarlo.

-Pues difícil lo tiene porque éste -dije tras apurar mi copa- era excelente.

-Y brindaremos por Alcibíades.

-Y por quienes le han negado a usted la subida de la pensión. Angelicos, también son dignos de nuestras consideración.

-No me haga hablar, no me haga hablar.

Y así concluimos la breve charla de aquella tarde. Sin pedir peras al olmo ni cotufas en el golfo.

1Nikos Kazantzakis, Zorba el griego (vida y andanzas de Alexis Zorba). Acantilado. Barcelona 2015. Traducción de Selma Ancira.


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