VIAJES
Vicente Adelantado Soriano
Los atenienses habían comprendido lo que nosotros hemos olvidado con demasiada frecuencia: que es a través de los textos literarios como mejor se aprende a vivir en el siglo.
Jacqueline de Romilly, Los grandes sofistas en la Atenas de Pericles.
-Me extraña mucho -me dijo mi vecino cuando llamé a su puerta para entregarle los libros recién comprados- que no se marche usted de viaje, aprovechando las vacaciones, a su amada Grecia o a Roma.
-No tengo ganas de viajar -le contesté en tanto me sentaba y me servía un frío vaso de agua.
-Cuando se pierden las ganas de viajar es señal de haber llegado a la vejez. Eso dicen -me replicó sonriendo,
-Bueno. Eso no se puede evitar. La vejez. Ni la muerte. Y gracias a Dios ha llegado. No sabemos todavía si para bien o para mal.
-Para bien, sin duda. Y bromas aparte, le estoy muy agradecido por cuanto está haciendo por mí, traerme libros, hacerme algo de compañía...
-Más agua, por favor. Y sí, si hay algo placentero en esta vida es serle útil a las personas de bien, y más a los amigos.
-De todas formas -insistió mientras me llenaba el vaso- ¿no es extraña esa fijación suya por no salir de viaje?
-Mire, hace mucho años realicé una serie de viajes con una buena amiga. Fueron los mejores viajes de mi vida. Por los conocimientos de ella, por las coincidencias entre los dos, por los intereses compartidos, y por algunas cosas más. Dejémoslo.
-Vaya. ¿Y qué pasó? ¡Ah! -exclamó a continuación- perdone la indiscreción.
-Nada. No pasó nada. Mis inseguridades y miedos la apartaron de mí. No hay más. Luego -continué deseando salir de terrenos excesivamente íntimos- hice algunos viajes con amigos y compañeros. Pero tengo un problema: cuando llego a algún lugar de mi interés, me gusta estar solo. No necesito guías, ni explicaciones, ni al gracioso de turno. Me gusta estar solo. Odio a muerte los viajes organizados.
-Es decir que a usted le gusta viajar solo.
-Sí. Es obvio. Y por eso no viajo: soy un apocado, todo me da reparo cuando no miedo. Lo paso mal si he de hablar en otro idioma distinto al mío, o con desconocidos. Prefiero no moverme. Y, por favor, no me recomiende psiquiatras ni cosas similares.
-No soy quien para juzgarlo a usted. Perdone. Sencillamente me llamaba la atención. Nada más.
-Mire, sin ánimo de justificarme, las cosas tienen la importancia que uno quiere darles. A finales del siglo XVIII y durante el XIX, se puso de moda aquello llamado el Grand tour. Aristócratas y gente de bien emprendían un largo viaje por Italia y Grecia para completar su educación. Iban en búsqueda de la belleza. Se lo podían permitir. No sé cuántos de ellos sabían griego o latín. La belleza, para ellos, sólo residía en las estatuas, en los lugares, islas, mares y demás, es decir, en su ocio, en su dulce non far niente.
-Hay tantas formas de viajar como personas. Lo sabe usted.
-No se lo discuto. ¿Es posible estar en Pompeya solo, o en Herculano? Por la Acrópolis ni pregunto.
-No. Pide usted un imposible. Me temo.
-Y también es posible viajar sin salir de casa. Sí, es una paradoja. Yo no he estado en Grecia. Pero sé griego. Y latín. Y he leído muchas más obras griegas y latinas que aquellos viajeros, en busca de la belleza, del Grand tour. No he estado en el Egeo. Pero ¿sabe dónde he tenido yo mis momentos místicos que los del Grand tour trasladaban a Naxos a Sérifos o a donde sea? En Segóbriga. Sí, en Segóbriga. Recuerdo un lejano viaje a Madrid con unos compañeros. Nos desviamos para ver las ruinas. Entonces no estaban valladas. Allí no había nada. Algo de las termas, y un poco del anfiteatro y del teatro. Nada más. Era hacia el atardecer. Recuerdo los últimos rayos del sol sobre aquella inmensa llanura. Un ligero vientecillo movía los tallos de trigo. Hacía frío. Muy alejado de mis compañeros, junto a una columna del diminuto teatro, tuve unos momentos de una enorme melancolía y un gran contento. Todo al mismo tiempo.
-Sí. Lo comprendo. Es posible que sea más importante la actitud interior que el lugar en donde uno se halla. No obstante, a veces son los lugares quienes propician esos estados.
-Es posible. Mire, jamás he estado en Naxos. Pero recuerdo perfectamente la primera vez que leí Heroínas, o, si quiere, Cartas de las heroínas, de Ovidio. Las lamentaciones de Ariadna, en Naxos, al ver y comprobar que Teseo la había abandonado, no las olvidaré nunca. Es, junto con el resto de las cartas, lo más bello que he leído en mi vida. Y sin moverme de casa:
Illa relicta feris etiam nunc, improbe Theseu
vivit...
-Me está convenciendo usted -me dijo yendo ahora a por la botella de vino- para no salir a ninguna parte.
-Pues nada más lejos de mi intención -le repuse sonriendo-. Si va Grecia cómpreme alguna camiseta o algún regalo cutre, lo más cutre posible, por favor.
-No. Yo tampoco voy a salir.
-Pues entonces nadie escribirá sobre nosotros ni nuestras búsquedas de la belleza o de lo que sea. Describir viajes, desplazamientos y demás, sobre todo en el siglo XIX, podía ser muy divertido. Pero ¿cómo se va a escribir contando que fulanito pasó media vida leyendo a Heródoto? Eso es infumable en novela y en película. Y los viajes hoy, por otra parte, se han hecho tan anodinos, blancos y sin sentido como todo. Sin ánimo de justificarme, Grecia y Roma están en los textos.
-Y tal vez en Segóbriga -añadió sonriendo.
-Por supuesto.
-¿Ha leído usted el libro de Gustavo Adolfo Bécquer, Cartas desde mi celda?
-Hace muchos años. No recuerdo nada.
-Le recomiendo la lectura de la primera carta, cuando cuenta el primer desplazamiento para llegar al monasterio de Veruela. Nada que ver con los viajes actuales.
-¿Lo tiene? Dejémelo.
-Lo tengo. Por algún sitio estará. Ya lo buscaré.
-No hay prisa. Y con respecto a los viajes, no hace mucho fui a Madrid. Me fui en el tren. Los asientos de los viajeros ya no están encarados. Y, además, conforme iban subiendo éstos e iban ocupando sus asientos, desenfundaban móviles, portátiles y demás cacharrería, conectados todos a unos auriculares y aquí paz y allá gloria: nadie habló con nadie en todo el trayecto. Y no estoy criticando nada. Para mí esto es la gloria: puedo leer sin molestias ni interrupciones.
-Sí. Pero no me dirá usted que no se ha perdido un toque de humanidad, de fraternidad en algunos casos.
-Y de impertinencias la mayoría de las veces.
-Es usted un tanto misántropo, ¿no?
-Sí. Tal vez. No se lo discuto. El otro día también unos compañeros, hablando de mí cuando yo no los oía, me acusaron de agorófobo por no querer ir con ellos de viaje. De un tiempo a esta parte voy acaparando todas las fobias. En fin, si así se quedan todos tranquilos. Pero, de verdad: no me apetece viajar. No tengo ganas de salir de casa. ¿Es eso un pecado muy gordo? Pues iré al infierno sin tocar orillas. Ahora bien, mi gran terror es el sol. Desciendo de aristócratas1. Me gusta, por el contrario, caminar por caminos de montaña cuando llueve, y la niebla no deja ver ni donde pone uno los pies. Hablo entonces con los árboles y a veces me extasío contemplando una flor o un abuelito, el conocido como diente de león, esa flor blanca, tan leve, destruida por un suspiro... Me encanta. Y me encanta encerrarme en casa y pasar horas y horas leyendo.
-Vale. De acuerdo. Adiós a Grecia, y al Grand tour. ¿Le apetece salir a cenar esta noche? Por la noche no hay sol.
-¡Ah, vale! Si es así acepto encantado.
-Se lo aseguro. Lo espero.
Y sin más nos despedimos cada uno con su cargamento de libros.
1Cuando iniciaban el Grand tour recomendaban las madres, siempre tan preocupadas por sus niños, no que volvieran con el escudo o equipaje o sobre él, sino que evitaran, a toda costa, el vino, las mujeres y el sol. Estar moreno significaba una cosa tan poco fina como dedicarse a las labores del campo en aquella gloriosa época.