LA CAÍDA
Vicente Adelantado Soriano
Vita enim mortuorum in memoria est posita vivorum1.
Marco Tulio Cicerón
-No me hacía falta esta caída -le dije por todo saludo- para acordarme de ti.
-Como comprenderás -me contestó comenzando a caminar- no he tenido nada que ver con ella. No te deseo ningún mal ni a ti ni a nadie.
-Ya lo sé -repliqué-. Perdóname. Ha sido una forma bastante absurda de saludarte.
-Pues inténtalo de nuevo.
-De acuerdo. Cuando salgo de viaje me acuerdo de ti. Siempre. Como sabes, me gusta viajar en tren. A través de la ventanilla del vagón, a menudo, cuando levanto la vista del libro, veo caminos de montaña, por entre árboles, y, en ocasiones, paralelo a algún río… Y allí nos coloco a los dos caminando hacia las ruinas de un poblado ibérico o hacia los muros de un derruido castillo. ¡Cómo hubiéramos disfrutado!
-O hacia un buen restaurante donde yantar -añadió sonriendo- ya sabes lo de los pies y el estómago.
-Sí. Eso también lo tengo presente. Así como si el camino está en pendiente o es llano.
-Ya no estamos para hacer cosas de chavales.
-En mi caso, la caída de esta mañana ha sido toda una advertencia.
-¿Qué ha sucedido?
-En este viaje no me he alojado en ningún hotel. Me he metido en un apartamento. De esta forma me he hecho las cenas y las comidas yo. Pero este apartamento tiene, en su puerta, un escalón bastante elevado con respecto a la calle. Al salir, no me he acordado de ese nimio detalle, me ha fallado el pie, y me he ido por los suelos.
-Y entonces te has acordado de mí, y de la caída que me llevó al hospital.
-No. Aunque te parezca extraño, no tenía más preocupación, en esas décimas de segundo, que la cámara de fotos no golpeara el suelo. No sé cómo la he cogido al vuelo con la mano izquierda, recibiendo todo el golpe en el hombro del mismo lado. Acordarme de ti ha venido un poco después.
-¿Y te ha pasado algo?
-Nada. Lo mismo que me sucedió aquella mañana de mi primera caída.
-Fueron dos caídas, muchacho. Mordiste el polvo dos veces-añadió sonriendo.
-Sí. Lo recuerdo. Y en ambas sucedió lo mismo: no me podía levantar.
-Es lo penoso de las caídas a esta edades. Antes subíamos y bajábamos por donde fuera, como cabras, y las piernas nunca nos fallaban. Ahora… Me imagino que te habrá echado una mano alguna alma caritativa.
-Dos. Eran dos. Marido y mujer. O pareja de hecho, o amigos bien avenidos. Ellos me han puesto de pie cual estatua vencida por la edad. Y ella, una mujer muy guapa por cierto, me ha apoyado contra la pared; y, con una mano en mi pecho, ha insistido en que no me moviera, por si estaba mareado.
-Siempre hay buena gente por el mundo. En eso hemos tenido mucha suerte. Allá por donde hemos ido, nos hemos encontrado, siempre, con buenas personas.
-Sí. Es cierto. ¿Te acuerdas de aquella vez que nos perdimos en Murcia? Dimos más vueltas que un tonto buscando el coche. No recordar dónde lo habíamos aparcado. Pareja de chalados.
-Bueno, la cosa positiva fue preguntarle a aquella señora que había salido a caminar. Nos llevó por toda la zona. Y nos ofreció su casa para tomarnos un café, descansar y tranquilizarnos. Lo estábamos pasando mal dando vueltas infructuosamente. Pasando una y otra vez por el mismo lugar. De verdad. Me emocionó su ofrecimiento… Al final, funcionó mi vieja solución. Ya lo había hecho en otra ocasión: llamar a un taxi, explicarle lo sucedido… A los cinco o diez minutos ya estaba subido en el coche. Y el taxista fue tan amable, que, conduciendo delante de mí, me llevó a donde me estabas esperando con las maletas.
-Viaje memorable. En aquella ocasión no nos caímos ninguno de los dos. Aunque el más propenso a las caídas era yo.
-Es cierto. Pero mi caída, la última, fue el preludio del viaje sin retorno. Y lo hice solo. Como todos.
-Ya me llegará mi turno. Con caída o sin ella. Mientras tanto, cuando me apetece, me voy de viaje. Y siempre te echo de menos, aunque sé que, a algunos, no me hubieras podido acompañar. Por tus continuas visitas al hospital.
-Bueno. Ya lo hubiéramos arreglado.
-Es triste caerse yendo solo. Pero ésta, como las otras caídas, ha sido una buena advertencia. Al día siguiente, visitando el teatro romano de Mérida, iba más pendiente de dónde ponía los pies, que de las columnas y las estatuas. Estaba tan asustado como un gladiador antes de saltar a la arena. O más. Pese a todo no dejé de husmear por todos los rincones. Y de bajar y de subir por aquí y por allá. Con muchísimas precauciones, claro.
-¿Viste la estatua de Margarita Xirgu?
-Sí. Y la fotografié. Varias veces. Aunque tuve que esperar la desaparición de turistas impertinentes. Están por todos lados. Se mueven como si buscaran trufas.
-Cosa harto difícil en estos tiempos. Eludir a los turistas. Todo está lleno de visitantes y de viajeros. Menos los poblados ibéricos por donde íbamos. Allí no había un alma.
-Así es, querido amigo. A veces, riéndome, me pregunto ¿por qué no se aparece mi viejo amigo José Luis y me espanta al personal? Te imagino con tu voz autoritaria, y levantando el bastón, tu eterno compañero, y diciendo: “¡Por favor, no pasen! ¡Esperen! Están haciendo fotos para un reportaje de la televisión”.
-A lo largo de nuestros viajes, visitamos muchos museos en donde no había nadie. Incluso cuando me salía yo, estabas solo.
-Sí. Es cierto. Museos pequeñitos, pero siempre con cosas interesantes. Al menos para mí. El de Mérida, por el contrario, tiene merecida fama tanto por el edificio en sí como por cuanto contiene. Y no es poco.
-Uno de los viajes que se nos quedó pendientes. Uno de los tantos. Me hubiera gustado mucho verlo.
-Sí, menuda faena eso de la muerte. Pero dejémoslo. Aprovechemos estos momentos. También en el museo romano he podido hacer fotos. Había mucha gente. Muchas de estas personas no sé ni a qué van a estos lugares. A una pareja de necios, más allá de los cincuenta años de vetustez, les han llamado la atención. No se les ha ocurrido otra cosa que ponerse él como si estuviera empujando una columna, o sujetándola, con las manazas apoyadas en dicha columna, en tanto ella le sacaba la correspondiente foto.
-En un museo de París yo vi como le gritaban a una turista por tocar un cuadro puntillista, para comprobar si era pintura lo que resaltaba. Una tonta del bote.
-Por eso precisamente me he alegrado de que las máscaras teatrales estuvieran encerradas en vitrinas. Me he imaginado a algún necio colocándoselas, de tener acceso a ellas, para hacerse el correspondiente retrato.
-Hay gente para todo.
-Y luego, visitando el teatro, he dado con una necrópolis. Encima de las tumbas hay una pancarta con una cita de Cicerón. La comprobé en cuanto llegué a casa. Es cierta. La traduje hace años: la vida de los muertos está en la memoria de los vivos.
-¿Es cierto?
-Sí. Por supuesto. Yo, al menos, llevo en la memoria un buen montón de amigos. Demasiados. Tengo ganas de estar con todos vosotros. Aquí poco pinto ya, si alguna vez he pintado algo.
-Hombre. No digas eso. Sigue viajando y enterándote de cosas. Puede ser interesante. Viajar ensancha la mente.
-Y te hace conocer nuevas estupideces… Te cuento una necedad interesante. ¿Sabes? Según oí contar, la estatua de Séneca, sita en un parque de Córdoba, tiene una cabeza que no corresponde con la imagen del filósofo. Según me dijeron, y si es cierto, el escultor ni debía de ser muy inteligente, ni visitó nunca el museo de su ciudad, esculpió la cabeza de un amigo o conocido y se la plantificó a Séneca aduciendo que, en realidad, nadie sabía como era éste.
-Pues yo he visto estatuas de Séneca, y, desde luego, ni de lejos se parecen a esa del parque.
-En Córdoba, el día de la caída, visité el museo de bellas artes. Y allí sí, allí hay una estatua de Séneca que me emocionó2. Con el busto visto en otras estatuas y reproducciones. Estuve sólo con la estatua todo el tiempo que quise. Y la fotografié, por supuesto.
-¿Y ya no te volviste a caer en todo el viaje?
-No. Ya no me volví a caer.
-Pues sigue teniendo cuidado.
-Ya no sé si vale la pena, en serio. La gente que me quiso de verdad, y a la que quise yo, ya no está aquí. No estáis aquí. Me habéis dejado muy solo.
-No seas injusto. Hay más personas. Lo sabes. Y la cámara. Ojo con ella si te vuelves a caer.
-Por supuesto. Lo tendré en cuenta. ¿Nos vemos en Sevilla?
-Te van a cobrar por entrar en la plaza de España.
-Los próximos a la muerte no pagamos.
-Los jubilados querrás decir. Cómo eres, muchacho. Vale, nos veremos donde quiera que vayas. Allí estaré.
1Pues la vida de los muertos reside en la memoria de los vivos. Marco Tulio Cicerón, Filípicas, IX, 10
2Obra de Mateo Inurria, de 1895.