La extrema riqueza y la concentración económica, el modelo que la derecha no quiere discutir y atenta contra el propio Capitalismo
Economía | 21/11/2025

La desigualdad que la derecha se niega a aceptar y le llama resentimiento.

Hay debates que no son ideológicos, ni siquiera morales, sino de datos, sentido común y hasta lógica. Y uno de ellos es la desigualdad. Sin embargo, buena parte de la derecha argentina —y occidental— insiste en reducir el estancamiento económico a un supuesto legado de “gobiernos socialistas”.

La explicación funciona como slogan, pero falla como diagnóstico: en Occidente no existe socialismo, pero sí existe una concentración de riqueza que hace crujir al propio capitalismo.

El discurso reciente de Bernie Sanders lo dijo sin rodeos. Y ahí apareció el reflejo automático: si Sanders lo afirma, entonces debe ser “kirchnerista”, “anti Trump”, “anti Milei” o lo que haga falta para deslegitimar el mensaje. Cuando los datos incomodan, se ataca al mensajero.


Números que ningún relato tapa

Sanders recordó que una sola persona en Estados Unidos posee tanta riqueza como el 54% de los ciudadanos, y que cuatro o cinco multimillonarios concentran lo mismo que el 93% de los hogares. No hace falta discutir la décima: la tendencia es obscena.

Más incómodo aún es lo que esos números revelan: esa riqueza no nació únicamente del mercado, sino también de beneficios fiscales, subsidios indirectos, regulaciones a medida y contratos públicos.

El mito del “self-made billionaire” sigue funcionando porque es útil, no porque sea cierto.


Argentina: capitalismo para pocos, sacrificio para muchos

La versión local del problema es distinta, pero igual de corrosiva. Ni Menem, ni Macri, ni Milei pueden ser presentados como liberales clásicos: todos fortalecieron estructuras económicas concentradas. Y los gobiernos progresistas tampoco rompieron esos esquemas; en ocasiones hasta los profundizaron.

El resultado es el mismo: el 80% de la riqueza queda en manos de los sectores más poderosos, mientras el resto del país disputa el 20% restante.

Eso no es capitalismo; es feudalismo con tarjeta de crédito.

Un modelo que no genera consumo, ni movilidad social, ni estabilidad fiscal.


La “batalla cultural”: el enemigo que no existe

Milei y la ultraderecha montaron una cruzada contra un fantasma: “el socialismo”.

Pero la pregunta es demasiado simple para el ruido que genera:

¿Dónde está ese socialismo?

No en Estados Unidos.

No en Europa.

No en Argentina.

Lo que sí existe es un sistema tributario regresivo, un financiamiento público que favorece a los más poderosos y un Estado capturado por intereses que jamás se presentan como estatistas, pero viven del Estado.

Combatir al “socialismo” es funcional porque evita discutir lo verdaderamente incómodo: la desigualdad y la transferencia sistemática de recursos hacia arriba.


Educación: la desigualdad que define el futuro

La educación muestra la fractura con brutal claridad.

Mientras las clases medias y bajas dependen cada vez más de pantallas —muchas veces como única vía para estudiar y entretenerse—, las élites hacen exactamente lo contrario.

Los colegios de alto nivel adoptan pedagogías como Montessori, Reggio Emilia o Waldorf, que promueven:

  • mínima exposición a dispositivos,
  • lectura en papel,
  • razonamiento complejo,
  • argumentación,
  • pensamiento crítico.

La brecha no es solo económica: es cognitiva.

A la mayoría se la prepara para ejecutar; a las élites, para dirigir.

Y eso, más que cualquier ley o reforma, define las trayectorias de las próximas décadas.


El voto contra sí mismo

A eso se suma un fenómeno global: sectores medios y pobres apoyan políticas que los perjudican. No por ignorancia, sino por identidad política.

La derecha entendió el mecanismo emocional; la izquierda no supo competir con él.

En ese vacío, los datos pierden contra los relatos y el interés económico pierde contra la pertenencia cultural.


La responsabilidad que nadie asume

No hay argumento técnico que justifique sistemas tributarios que castigan a la mayoría, políticas que blindan privilegios corporativos o modelos educativos que sellan desigualdades desde la infancia.

Pero tampoco se puede negar una verdad incómoda: una parte de la sociedad convalida este orden, por agotamiento, desinformación o simplemente por falta de alternativas que la interpelen.


El debate urgente

La desigualdad no es un tema de izquierda. No es un capricho ideológico. Es un problema estructural que erosiona la democracia, la productividad y la cohesión social.

Y mientras la derecha se niegue a discutirlo, la izquierda no encuentre cómo abordarlo y la sociedad no exija enfrentarlo, el país seguirá atrapado en un modelo que beneficia a quienes ya empezaron ganando.

La verdadera crisis no es ideológica.

La verdadera crisis es aceptar como natural un sistema que condena a la mayoría para asegurar el privilegio de unos pocos.

Ese es el debate pendiente. Y cada día que se posterga, la desigualdad crece un poco más.





Edición Yedith Cazarin Escritora


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