EXPERIMENTOS SALVAJES
Vicente Adelantado Soriano
El otro punto de que me he ocupado ahí es la situación de Valencia, exasperada hoy por turbios intereses de distinto signo. Como científico, no puedo compartir las ideas de un grupo numeroso -o por lo menos alborotador- de gentes sobre la independencia de la lengua valenciana (que por lo general no usan, dicho sea de paso) respecto a la catalana.1
Germán Colón, El español y el catalán juntos y en contraste.
Es raro que alguien me llame, y más a horas tan desusadas. Sin embargo, el móvil no cesaba de temblar emitiendo a su vez un sordo zumbido. Merced a estos adelantos, que son una maravilla, supe quién me llamaba antes de contestar: su nombre apareció en la pequeña pantalla.
Me apremiaba a bajar a su casa rápidamente. El vino estaba ya sobre la mesa. Y además, y eso era lo importante, deseaba hacerme unas cuantas preguntas. Relacionadas con uno de los muchos viajes e indagaciones que cuenta Heródoto en su famosa Historia.
-¿Tiene sus libros en castellano? -me preguntó-. Quiero decir traducidos.
-Sí. Los tengo.
-Baje con ellos.
-¿Todos o con alguno en especial?
-¿Son muchos?
-Tres si la memoria no me falla.
-Baje los tres. No sé dónde está la anécdota que me interesa.
Saqué de la estantería los subrayados y castigados libros de Heródoto y bajé. La puerta estaba entreabierta. Aun así hice sonar el timbre.
-Pase y siéntese -dijo saliendo de la cocina cargado con un plato de jamón y queso.
-¡Vaya! -exclamé- se prepara un simposio largo y sustancioso.
-Esperemos.
-Aquí tiene los libros de Heródoto -le dije alargándoselos en tanto él llenaba las copas.
-¿Conoce usted la historia del faraón Psamtik? -leyó el nombre en una pequeña libreta que tenía a su lado.
-No me suena el nombre de ese faraón.
Siguió consultando su libreta.
-Fue un faraón que floreció allá por el siglo VII a.C. E hizo un experimento terrible: encerrar a dos niños recién nacidos en una cueva…
-¡Ah! -exclamé- ya sé de quién habla. Fue el faraón Psamético. Y ciertamente -añadí buscando en el índice onomástico que me llevó al libro II de Heródoto- mandó encerrar a dos niños recién nacidos en una cueva. Ordenando que nadie les hablara. Pues quería saber, de esta forma tan necia y absurda, cuál fue la primera lengua del mundo. Al parecer, un esclavo traicionó la confianza del faraón y les habló a los niños. Esto no es seguro.
-¿Entonces es cierta la historia de Psamético?
-Si cree a Heródoto, sí, es cierta. Añade, además, el padre de la Historia que, al cabo de dos años, el esclavo entró en la cueva. Los niños extendieron los brazos hacia él y pronunciaron una palabra, becós. Así llamaban los frigios al pan. De ello dedujo el faraón Psamético que los frigios eran más antiguos que los egipcios. Y, en consecuencia, su lengua2.
Me pidió el libro. En silencio leyó la breve historia.
-Este verano -comenzó a explicar una vez hubo acabado la breve lectura- he releído muchos de los libros comprados hace años. Entre ellos La trilogía de Nueva York, de Paul Auster. Pues bien, cuenta este la historia de ese faraón, él lo llama Psamtik -me alargó el libro marcado en una página. La leí en silencio3.
-Todos estos experimentos de encerrar a niños en cuevas y privarlos de todo contacto humano, a fin de descubrir cuál fue la primera lengua o el primer pueblo, no son sino salvajadas y crueldades -dije una vez hube acabado de leer el fragmento subrayado.
-Nadie se va a atrever -dijo llenando las copas y sonriendo- hoy en día a hacer un experimento semejante; pero aquí en esta buena ciudad podría solucionar algún que otro problema.
-Entiendo por dónde van los tiros. Usted, querido amigo, es un hombre inteligente, y sabe perfectamente que eso no iba a solucionar nada. Y menos aún el necio problema lingüístico. Promovido y removido por la derecha, como sabe, una y otra vez, cuando tiene algún asunto turbio sobre su cabeza, como la dana, por ejemplo. Es su tema recurrente ante cualquiera de sus muchas ineptitudes. No les da para más. Echan mano enseguida del valenciano y del catalán como si fueran dos lenguas distintas, y ya tiene a media ciudad alborotada. Y ahora, en el colmo de la estupidez, van a prohibir el estudio de los autores catalanes. Es demencial… Con la salvajada de encerrar a niños en cuevas aisladas no se arregla nada… Y todavía se va a solucionar menos esto dado que el problema lingüístico se ha convertido en un problema visceral. No le de vueltas. No hay más experimento que estudiar y leer. Y sobre esa materia sí le puedo prestar libros. Muchos.
-El libro de Auster me ha recordado también -dijo alargándome el plato con lonchas de jamón y queso- algunas de las películas vistas en mi juventud. Dos concretamente, El niño salvaje, de François Truffaut y El enigma de Kaspar Hauser, de Werner Herzog. Y la pregunta, en ambos casos, es la misma: ¿se puede recuperar a un niño abandonado en un bosque durante largos años? ¿Se les puede inculcar la lengua y los conceptos de una sociedad? ¿Tiene él alguna lengua propia?
-No he visto las películas. Pero dígame, ¿en qué idioma hablaron esos niños cuando dieron con ellos? Si no tenían compañía, no les haría falta hablar. Es absurdo.
-En ninguno. No hablaban. Emitían gruñidos. Sí, ya sé. El experimento que le proponía es una estupidez. En la cual cayó, según Auster, Jacobo IV, rey de Escocia en el siglo XVI. También hizo encerrar a dos niños. Y estos, al cabo de unos años, salieron del encierro hablando en hebreo4. Al menos, eso dijo el rey.
-¿Y usted se lo cree?
-No. Por supuesto que no. Menuda memez. Y aun como no se le ocurrió nombrar otra lengua… Lo único que logró, si es cierta la anécdota, fue hacer a dos niños desgraciados.
-Mire, francamente, todo esto de las antigüedades de los pueblos o de las lenguas es una verdadera estupidez. Y no vale la pena discutirlo. Y menos cuando el problema se lleva a términos viscerales. Yo me he tropezado con alguna que otra persona que se ha leído dos o tres contraportadas de un par de libros, y se cree doctor en todos los derechos habidos y por haber. Para estos, como para aquellos, la razón está de parte de quien más decibelios alcanza con sus gritos, memeces y desafueros. No vale la pena discutir con ellos. Insisto.
-Es que entonces se van a ir convencidos de que tienen razón.
-¿Y qué? – pregunté tras beber un trago de vino acompañado de una loncha de jamón- ¿Tiene alguna importancia? ¿La van a tener ellos? ¿Van a cambiar la historia de la filología? No. Así pues, que dicen que su lengua ya se hablaba en las Cuevas de Altamira, pues perfecto. Incluso en África, si quieren, ya se chapurreaba. Sí, cuando comenzaron las emigraciones de aquellas primeras personas. Quienes tuvieron la suerte de no conocer la existencia de fronteras ni de partidos políticos; nadie los vilipendió ni los utilizó para sacar votos por moverse de acá para allá en busca de comida.
-Dejando de lado cuestiones lingüísticas, me parece terrible cuanto hicieron con aquellos pobres niños. Más que tildarlos a ellos de salvajes, tildaría de eso mismo a la sociedad que permitió tales barbaridades.
-La infancia, señor mío -le dije llenando las copas de nuevo- siempre ha sido una etapa muy difícil y muy peligrosa. Y lo sigue siendo: en todas las guerras, los niños, las mujeres y los ancianos son los primeros en sufrir todo tipo de bestialidades. Ahí tiene la hambruna de Gaza, por ejemplo.
-También es posible que el niño Kaspar, como el niño salvaje francés, fuera abandonado por sus padres…
-Una práctica muy extendida en el mundo antiguo -le expliqué-. Recuerde a Rómulo y Remo, Perseo, Moisés, y, sobre todo, a Edipo. Aunque estos fueron recogidos por pastores, y hablaban en latín y el griego con toda propiedad. Edipo hasta dominaba los verbos polirrizos... Y no sé si serán las lenguas más antiguas del mundo; pero, al parecer, y eso ya no lo discuten ni los viscerales, todas las lenguas de la Península Ibérica, menos el vasco, provienen del latín. El cual, dicho sea de paso, no se hablaba en las Cuevas de Altamira.
-Tomo nota. Pero no puedo dejar de estar conmocionado por las historias de estos niños. Y a saber a cuantos más se habrán abandonado en selvas y bosques… ¡Dios! Me estoy acordando de una película que me puso los pelos de punta. Las inocentes, de Anne Fontaine. Cuenta la historia, real y verdadera, de unas monjas polacas violadas por el ejército ruso al final de la II Guerra Mundial… Para huir de la vergüenza y del oprobio, conforme van pariendo las monjas, la madre abadesa va abandonando a los recién nacidos en medio de un campo cubierto de nieve…
-Una práctica clásica. Ya se lo he dicho.
-Sí, ya me lo ha dicho -repitió sirviendo las últimas copas de vino-. Esperemos ahora que a nadie se le ocurra encerrar a ningún niño en ninguna cueva para tratar de averiguar cuál fue la lengua más antigua del mundo.
-Ni que ninguna madre se vea obligada a hacer lo mismo por no cubrirse de vergüenza. Es mejor abortar.
-¡Ay, amigo mío! No nos metamos en más berenjenales. Ya tenemos suficientes con los planteados por Heródoto y seguidos por Paul Auster. Dejemos el aborto de lado.
-Pues me callo y no digo nada. Y mañana será otro día.
-Y amanecerá Dios y medraremos todos.
1Germán Colón, El español y el catalán, juntos y en contraste. En Ariel Lingüística, Barcelona, 1989, ps, 11-12
2Heródoto, Historia, II, 2
3Paul Auster, Ciudad de cristal, cap. 4
4Ibidem.