DESPROPÓSITOS
Vicente Adelantado Soriano
Pues la vida humana no es sino una especie de juego de despropósitos1.
Erasmo de Rotterdam, Elogio de la locura.
Me recibió con una sonrisa de oreja a oreja. Supe enseguida, en consecuencia, que estaba contento, y que la materia a tratar iba a ser jocosa. No me equivoqué.
-Vaya con cuidado con lo que dice o deja de decir porque igual lo llaman a usted a declarar. -comenzó a decir sonriendo en tanto llenaba las copas de un excelente vino.
-No hay problema: me pueden llamar cuando quieran. No oculto nada, ni cobro en negro, ni me dedico a más cosas raras que a mi trabajo… Acabaremos pronto el interrogatorio.
-No esté tan seguro, ¿usted ha escrito y defendido una tesis doctoral, no?
-Sí, señor.
-Pues igual lo acusan de plagio.
-No plagié nada. Toda ella es tan original que todavía, a los cuarenta y pico de años, es virgen y asustadiza. Ahora bien, si algún atrevido la quiere leer para acusarme de plagio, lo puede hacer, por supuesto. Así al menos la manosearán algunas manos.
-No se haga ilusiones: estas acusaciones se hacen sin haber leído nada y sin saber nada. Se tira la piedra y a ver lo que sale.
-En eso tiene toda la razón. Pero hay un problema, señor mío: nadie se molesta por un ser desconocido, solitario y sin contactos con ninguna chica famosa y de buen ver. Es mi caso.
-Sí, es cierto. Por eso mismo se salva: no lo va a interrogar ningún juez pescador de truchas a río revuelto.
-Pues hete aquí -le dije levantando mi copa- las excelencias de la vida retirada en los tiempos que corren, y aun en otros. Aunque el famoso epodo de Horacio, Beatus ille, por si no lo sabe, es una perfecta ironía.
Me acordé entonces, aunque nada dije, de un verso horaciano, que llevaba grabado a fuego en mi interior: privatusque magis vivam te rege beatus2, viviré más feliz siendo un ciudadano particular que tú siendo rey.
-No me diga -replicó mi vecino a mi observación sobre el epodo de la vida feliz.
-Así es: tras el canto de la vida retirada, el cantor hace todo lo contrario de lo que ha alabado. Lea con cuidado los últimos versos. Se dedica a pensar, después de haber elogiado la vida campestre, dónde colocar el dinero obtenido en las idus ahora que estamos en las calendas.
-Vaya, vaya. Yo es que lo conozco más por la versión de fray Luis de León.
-La reutilización de los materiales. Hay que ir a las fuentes, querido amigo.
-No me voy a poner a estudiar latín a estas edades…
-¿Por qué no? No recuerdo qué senador romano se puso a estudiar griego a los ochenta y pico de años.
-No todos tenemos esas capacidades. Y no es que me excuse, pero la vida es breve y ya no me va a dar tiempo a leer los originales. ¿No es mejor seguir por mi camino y no desviarme?
-Sí, tal vez sea lo mejor. Además, si no le apetece, no lo haga.
-Máxime cuando tengo muchos libros pendientes de lectura en una lengua que entiendo bastante bien. Por otra parte -añadió sonriendo- ¿por qué no fiarnos de algunos buenos traductores? Para eso lo tengo a usted, para que me los recomiende.
-Lo haré con sumo gusto. Lo sabe.
-Y cambiando de tema -y empezó a reír de buena gana- ¿qué le parece el despropósito de la presidenta electa de México?
-¿A qué se refiere? No me he enterado de nada.
-La buena mujer no ha invitado a su toma de posesión al rey de España porque éste no ha pedido perdón de la conquista de América.
-¿Y qué tienen que ver los Borbones con lo que hicieron los Trastámara o los Austrias? Además, si a eso vamos, tendríamos que estar pidiéndonos perdón los unos a los otros. Todos. El mundo entero. Que yo sepa ningún romano se ha disculpado por los hechos de Numancia, ni los persas por quemar Atenas, ni los griegos por destruir Troya, ni los belgas por el Congo… ni, ¿Para qué seguir?
-Aquí se podría decir aquello de “quien esté libre de pecado, tire la primera piedra”. Aunque a mí eso, la verdad, siempre me ha parecido una fábula: en la realidad, la mujer y el profeta hubieran muerto lapidados en medio de terribles carcajadas y saltos de alegría.
-Por supuesto. Nadie va a descubrir sus pecados. Aunque hay actuaciones que, en contra de sus protagonistas, lo dejan todo más claro que el agua de otros tiempos. Por cierto, tengo la copa vacía.
-Eso se arregla en un santiamén -dijo llenándola hasta los bordes-. Cuando yo era estudiante -añadió- al llegar a estudiar la literatura latinoamericana, hubo compañeros que sintieron remordimientos por cuanto las novelas contaban o reflejaban de aquellos países; no era nada bueno. Y se creían culpables. Eso dio origen a discusiones de todo tipo en la clase. El asunto duró semanas y semanas.
-Pues mire, yo jamás me he sentido culpable por cuanto hicieron allí Hernán Cortés y compañía. O más tarde en Flandes otros capitanes también españoles. Tampoco se me ocurre decirle al presidente francés que nos pida perdón por la invasión napoleónica del siglo XIX. Cabe, si me lo permite, sacar conclusiones, y dejar de mover guerras los unos contra los otros. Nunca llevan a nada bueno, como demuestra la historia.
-Está pidiendo usted un imposible. Se olvida de la ambición y de la necedad humana. Ambas cosas son capaces de arrasar con todo.
-No me olvido de ellas. Al contrario, las tengo bien presentes. Ahora bien, a la necedad y a la ambición se les puede poner freno si los gobernantes, políticos y jueces -esto lo dije sonriendo con cinismo- fueran personas sensatas, honestas y y con dos dedos de frente.
-Como carta a los Reyes Magos de Oriente no está nada mal cuanto acaba de decir -respondió riendo.
-Es cierto. Y eso plantea otro problema, o tal vez es el mismo visto desde otro ángulo. Imagine que un país lleva cien años de guerras civiles, matanzas y persecuciones. Cien años ¿No apoyaría usted al gobernante que fuera capaz de pacificar a la nación y de acabar con tantas y tantas matanzas?
-Por supuesto. Pero, ojo.
-Ojo. Es lo que hizo Horacio. Apoyar a Augusto en cierta manera. Sin perder su libertad, está por demás decirlo. ¿Y vamos a acusar a Horacio de interesado, como hacen algunos, por celebrar a Augusto porque su régimen terminó como terminó? ¿Acaso lo podía prever el poeta?
-Hombre -dijo vaciando la botella de vino- siempre se ha dicho que los poetas son algo visionarios, pero de ahí a saber cómo iba a acabar la encantadora familia del emperador…
-Pues lo mismo sucede pero al revés. ¿Por qué tengo que ser yo culpable de lo que hizo Lope de Aguirre por aquellos mundos de Dios? Se lo digo con palabras de Séneca: “Nada hay nada más injusto que hacer a alguien heredero del odio a su padre”3.
-Mire, no le demos más vueltas. Todo esto son necias cuestiones y despropósitos de los políticos, muchos de los cuales son capaces de negar a su madre por un puñado de votos. Hace algún tiempo también acusaron a Colón de colonizador, genocida y no sé cuántas atrocidades más.
-Sí. Lo típico de los necios: se olvidan del momento, del contexto, del personaje, y las fechas les tienen completamente sin cuidado. De otra forma no podrían construir todas sus barbaridades con visos de estudio, cuando apenas si se han leído dos fotocopias y un par de panfletos. ¿Quién me quiere llamar a declarar? -le pregunté sonriendo.
-¿Seguro que en su tesis no plagió a nadie? -inquirió con una sonrisa de oreja a oreja.
-Seguro. Ahora bien, si lo duda le bajo la tesis y se la lee. Le advierto que es un peñazo de aúpa. De hecho solo la han leído dos personas: el director de la misma y el autor.
-¿Y el tribunal?
-Se leyó el título y un par de líneas de aquí de allá y con una cierta prevención. Con ese material tan rico se me hizo alguna pregunta capciosa que no venía a cuento de nada. Fue penoso. Recuerdo la defensa de mi tesis como el examen más desastroso de toda mi vida. Y lo más grave de todo fue que me tocó compartir comida con el tribunal, pagada por mí, por supuesto. Yo estaba en el paro. Ellos eran todos o profesores o catedráticos.
-Es un buen chiste, lo de la comida. Y más, como me temo, y me ha dicho en más de una ocasión, si la tesis no le ha servido para nada. Bueno, al menos para tener el título enmarcado y colgado de la pared.
-Eso está bien en las consultas de los dentistas para que los pacientes se calmen viendo lo listo que es, o ha sido, su sacamuelas. A mi casa no viene nadie. Todos mis títulos están guardados en una carpeta en el fondo de un armario. No es una metáfora.
-Por ahí le iba a entrar yo: no sé qué investigó en sus tesis, pero ¿no le parece que sería conveniente que algunos políticos las leyeran?
-La mía no les iba a servir de nada. Mejor sería que leyeran otras cosas... Dicen algunos, ahora lo recuerdo, que el éxito de las Meditaciones, de Marco Aurelio ha sido tal que hasta políticos de primera fila lo han leído, y algunos incluso lo tienen como libro de cabecera. ¿Usted se lo cree?
-Hay gente para todo -respondió riendo- ¿Por qué no?
-Porque en un país de zopencos, donde nadie lee ni estudia, el rey o el presidente es el primus inter pares, es decir el más zopenco de todos los zopencos. ¿Cómo si no le iban a votar o lo iban a querer?
-No exageremos. Pero bien, vale. Por cierto, no me baje la tesis, me fío de su palabra. Y eso sí, le pido perdón porque se nos ha terminado la botella de vino, y, maldita sea, no tengo ninguna de repuesto.
-Pues ya tiene faena para mañana por la mañana: comprar suministros. Si lo hace le daré la absolución.
-Razón de más para viajar a la tienda. Mañana tendrá algunas botellas de buen vino. Se lo aseguro. Y me disculpo por semejante fallo.
-Dionisio se alegrará. Y vale la pena tenerlo contento. Aunque sola sea por la encantadora Ariadna.
-Los contentaremos a ambos.
1Erasmo de Rotterdam, Elogio de la locura, cap.XXVII, Colección humanidades, Austral, Barcelona, 1999. Traducción de Pedro Voltes.
2Horacio, Sátiras, III, v 142.
3Séneca, Sobre la ira, II, 30, 4