Bestias
Literatura | 26/03/2026

BESTIAS

Vicente Adelantado Soriano

Las purulencias que nacen en el alma son muchas veces tan negras que hacen del hombre el más impío y cruel de los animales1.

Polibio, Historia de Roma.

-Hoy, como diría don Ramón Maria del Valle-Inclán, estoy estupendo -dijo llenando las copas de vino más de lo debido.

-¿Y eso? -le pregunté apartando ligeramente la mía.

-Me he acordado de que hace años, tomando unas cervezas con unos compañeros de clase, uno de ellos habló, con asombro, de la literatura erótica. No la estudiábamos en la carrera, por supuesto. Sí leíamos poesía mística… A aquel chico le llamó la atención la impasibilidad ante este tipo de poesía, se quedaba igual; y, por el contrario, unas líneas de una novela o un poema erótico, despertara en él deseos inconfesables, según dijo.

-No he leído ni novela ni poesía erótica. No le puedo decir nada al respecto.

-¿No hay literatura erótica en griego clásico o en latín?

-Por supuesto que la hay. Pero tampoco es para rasgarse las vestiduras. Al menos a mí no me ha llamado especialmente la atención.

-¿Pero habrá leído tratados o ensayos al respecto?

-Sí. Pero no les he encontrado el chiste, por decirlo de alguna forma… Una vez alguien se empeñó en llevarme ver una película erótica… Fue enormemente aburrida. No tenía ningún sentido. No me gustó la experiencia, y no repetí.

-Bueno, de eso quería hablarle yo precisamente. No de obras eróticas sino de cine.

-No soy un experto, como sabe. Ni siquiera un aficionado.

-Pero tiene la virtud de saber escuchar. Además, algo me podrá aportar. Seguro.

-Pues adelante.

-A veces, me lo ha comentado en diversas ocasiones, cuando va a alguna librería, tiene la impresión de que algunos libros lo llaman y lo atraen, ¿no es así?

-Sí. Pero no se lo tome al pie de la letra. Es una especie de intuición, o inspiración… Una tontería.

-Ambas cosas, creo yo, nacen tras muchos años de experimentación. Eso no le sucedería la primera vez que entró usted en una librería. Como la inspiración. No viene de la noche a la mañana: requiere de largas horas de lecturas, de experimentación…

-No lo sé. También existe la casualidad. Y el error. A veces, me he sentido llamado por un libro y lo he abandonado a las pocas páginas. Divorcios bien avenidos: una de las partes es muda y no tiene ningún interés.

-Como quiera. Vamos a dejar eso de lado. Sea como fuere, en tres o cuatro días he visto cuatro películas que me han puesto los pelos de punta. Me he sentido llamado por ellas -añadió sonriendo-. Como usted por los libros. Y no se trata de cine erótico, ni mucho menos.

-¿De qué se trata entonces?

-De la bestialidad humana.

-¡Acabáramos! -exclamé-. El hombre es el animal más feroz y sanguinario de cuantos han aparecido sobre la faz de la tierra. No hace falta ni películas ni tratados para demostrarlo. Con el día a día es suficiente.

-Viendo estas películas -continuó-, saturado, pensé que si el hombre, como sostienen los cristianos, está hecho a imagen y semejanza de Dios, menudo Dios tienen esas personas.

-Yo, con algunos griegos de la antigüedad, creo lo contrario: los dioses están hechos, por el hombre, a su imagen y semejanza. En el Antiguo Testamento Yhavé siempre está diciendo al pueblo escogido que acabe con sus enemigos, que destruya sus ciudades y no deje piedra sobre piedra. Es lo que están haciendo actualmente en Gaza, ¿no? Imagino que con el visto bueno de su dios y de otras muchas naciones, religiones y dioses.

-Sí. Así es.

-¿Ha estado viendo películas sobre la segunda guerra mundial? -le pregunté-. Casi todas están hechas por los americanos. Y tienen de objetivas lo mismo que los relatos de Augusto sobre Cleopatra, o la Historia augustea sobre muchos hechos de los emperadores.

-¡Vaya por Dios! -exclamó-. No me diga que ha visto películas de ese tipo.

-Durante el bachillerato tuve la suerte de tener un buen profesor de historia. Nos contó que ésta se manipula continuamente, y que siempre es el vencedor quien la escribe. Nos puso unas cuantas películas bélicas y leímos textos al respecto. Quedó claro como el agua cuanto decía. Y por si no estaba suficientemente claro, aquel profesor duró en el instituto menos que un suspiro.

-De todas formas no han sido películas bélicas las que he visto y me han puesto los pelos de punta. Han sido tres películas españolas, y una francesa. Todas sobre el mismo tema: la bestialidad humana.

-La bestialidad más grande es la guerra. Mire, hubo un momento, en clase, que me rebelé contra los textos que estábamos estudiando y traduciendo. Estaba muy harto de guerras, del Peloponeso, de César, de las Galias, de Calígula y de gente semejante. De bestialidades, atrocidades y más atrocidades. Traducir a Séneca, Platón o la Odisea, fue un alivio.

-Lo imagino. Respiraría aliviado.

-Lo hice. Y me quedó claro que todas las guerras, todas sin excepción, han sido movidas por la ambición de unos y por la estupidez de otros. Además, eran bien conscientes de ello. Cuando Pompeyo derrotó a todos los piratas del Mediterráneo, pensó no en ejecutarlos sino en cambiar su modo de vida. Les dio tierras para cultivar. Una vida pacífica, según él, cambiaría su forma de ganarse el pan… Pero, claro, estaban de por medio las ambiciones de los senadores. Todas las tierras, según su burda mentalidad, les pertenecían a ellos. Ya se puede imaginar el resto.

-La guerra es un negocio. Lo dice Hemingway en su novela Al otro lado del río y bajo los árboles.

-Seguramente lo diría después de haber leído La guerra de las Galias, o el saqueo de pueblos y ciudades a lo largo y ancho de la historia. Gracias a César, por ejemplo, fluyeron hacia Roma miles y miles de esclavos. Y no solamente los romanos masacraron y esclavizaron. Todos sin excepción han hecho lo mismo.

-No. No hay excepciones a la regla, desde luego. No obstante, también muchas guerra han sido promovidas por las injusticias…

-No. No estoy de acuerdo. Los militares, políticos y demagogos han aprovechado eso, y las banderas, para hacer que otros maten y mueran por sus negros intereses.

-La bandera, como dijo Tolstoi, es un trapo atado a un palo… Y porque también al hombre, de la época que sea, según usted, le interesaba ir a la guerra. ¿Es eso?. Y así llego a las películas. Vi As bestas, crimen en el mundo rural por unos negros intereses; Solo las bestias, sobre la emigración y los patriotas sin más ocupación que matar emigrantes por los pasos de montaña; y Camino, dogmatismo religioso, incomprensible para mí.

-Lo siento. No he visto ninguna de esas películas.

-Lo imagino. Le ahorro el horror de algunas películas chinas sobre las bestialidades de los japoneses cuando invadieron China. En las tres películas, no son bélicas, queda clara la bestialidad humana, la intransigencia, la imbecilidad y el dogmatismo. Todo ello, creo yo, conduce a la guerra. O al crimen.

-Mire, como ya le he dicho, yo terminé harto de traducir textos de guerras, batallas y combates. Y una vez, una noche que estuve inspirado, se lo he contado alguna vez, creo, se me ocurrió pensar en la posibilidad de hacer una tesis doctoral sobre las guerras de la humanidad. Todas.

-Un proyecto tan inabarcable como contar las arenas de la mar -dijo sonriendo y llenando las copas de nuevo.

-Usted lo ha dicho. Cuando le planteé la posibilidad de dicha tesis a un profesor me miró como si estuviera loco. ¿Sabe cuántas guerras han habido a lo largo de la historia? ¿Las ha contabilizado alguien? ¿Y cuántos millones de muertos, heridos, ejecutados, amputados, niños castrados, mujeres violadas, vendidas como esclavas y tratadas como animales o muertas de hambre con sus hijos en brazos?

-No. No lo he contado. Y dudo, como su profesor, que se pueda hacer semejante cómputo. ¿Y todo eso por la ambición humana?

-Sí. Se aprovechan los ambiciosos, hasta cierto punto, de la pretendida ignorancia de los otros. Insisto: el hombre es el animal más feroz y sanguinario de cuantos pueblan la tierra; y, esperemos que no llegue con tan bonito bagaje al espacio. Me echo a temblar cada vez que oigo que va a aterrizar en la luna, en Marte o en Plutón. Allá donde vaya llevará consigo su ansias de sangre y muerte. Pero a lo mejor, con un poco de suerte, comienza allí una devastadora guerra intergaláctica y acaba con el cosmos, con el Hades, el Purgatorio, el Cielo y con quien lo regenta. Todo es posible. No perdamos la esperanza.

-No hace falta ir a la luna. En un espacio tan aparentemente idílico como el campo se desarrolla la trama, los odios y el asesinato, en esta película de As bestas. Tampoco habrá visto usted Los santos inocentes, ni habrá leído la novela.

-No. No es necesario. Los griegos y los romanos eran labradores. Vivían en el campo. Espacio bucólico por antonomasia. Y no cesaron de matar y de guerrear una y otra vez. César masacró a poblaciones enteras en las Galias por ambición. Y los demás generales hicieron lo mismo.

-Viendo As bestas, Solo las bestias y Camino, me pregunté cómo el hombre puede llegar a esos grados de bestialidad, de ciegas creencias y de cerrazón mental. Matar a un semejante. ¡Dios!

-Un estoico le diría que por ignorancia. Un comunista que por pobreza, un cristiano que por falta de valores…

-¿Y usted?

-Yo no digo nada. No lo sé. Sólo doy las gracias por haber tenido la suerte de no verme involucrado en ninguna guerra. Debe de ser horrible, salvo para las bestias humanas, verte obligado a dispararle a un semejante. Me hubiera dejado matar o me hubiera suicidado antes de hacerlo.

-Sí. Desde luego hemos tenido suerte. Mucha suerte. Por cierto, las copas de vino están intactas, y hay que terminárselo.

-Pues pongamos manos a la obra. Y hablando de la manipulación histórica, ¿me deja que le hable de Cleopatra?

-Será un placer oírlo -dijo apurando la copa y llenándolas de nuevo-. Por cierto, la esperanza, dentro de toda esta miseria, en As bestas, viene de la mano de una mujer. Va a hablar con la madre de los asesinos de su marido, y con ellos. Les dice que van a ir a la cárcel. A la madre le dice que sus hijos mataron a su marido, van a ir a la cárcel, y que ella, una mujer mayor, se va a quedar sola, y que si necesita algo, la tiene al lado, es su vecina. Pero dejemos esto. Hable de Cleopatra.

-Un hermoso gesto. Vamos con Cleopatra. Y con más guerras y más asesinatos. Pero se ha hecho tarde, querido amigo, y tengo que irme.

-Bien. Váyase. Ya tenemos excusa, por si nos hacía falta, para la próxima tenida.

-Para esa traeré yo el vino.

1. Polibio, Historia de Roma, I, 81. Alianza editorial. Edición de José Mª. Candau Morón.


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