TIRONES
(Principiantes)
Vicente Adelantado Soriano
Lo que ves que sucede en los animales irracionales lo descubrirás en el hombre: nos sentimos perturbados por cuestiones baladíes y vanas1.
Séneca, Sobre la ira.
-Ya sé -le dije respondiendo a su crítica de la tarde anterior- que siempre, en nuestros simposios para dos, dejamos las cosas a mitad, cuando no en los inicios. Nos haría falta una larga velada, y más botellas de vino, para cerrar algo con un poco de sentido. Para concretar, si quiere.
-Se lo decía, con toda confianza, lo de que dejamos las cosas a medias, porque me gustaría mucho saber más sobre el estoicismo. El otro día me quedé con la miel en la boca... Tengo interés porque don Francisco de Quevedo ha sido calificado, a menudo, de estoico. Y este gran poeta, y escritor, es santo de mi devoción.
-Le puedo pasar libros sobre el estoicismo…
-No, no. Eso está bien; pero me gustaría discutirlo con usted.
-Los libros le van a informar de forma más cabal, entera y certera que yo. No por eso me niego a hablar del estoicismo y de cuanto desee, y hasta donde pueda y llegue.
-¿Conoce usted alguna obra de Quevedo?
-Algo nos hicieron leer durante el bachillerato y la carrera. Pero no le he prestado la atención que, sin duda, se merece. Imagino que usted lo conocerá a fondo.
-Bueno. Lo he leído. Varias veces algunas de sus obras, con ahínco. Y es cierto cuanto sostiene usted. Me refiero a la necesidad de volver a los viejos textos. Ahora me gustaría leer algunas de sus obras y de sus poemas a la luz del estoicismo. ¿Qué le parece?
-¿Qué quiere que le diga? Me parece bien si a usted se lo parece. Pero no pierda de vista -lo puse en guardia- que el cristianismo tomó muchas cosas prestadas del estoicismo, y las varió a su modo y manera. Algunos estudiosos y traductores, con poco respeto por autores y filología, incluso tratan de cristianizar al propio Séneca. Traducciones hay que donde Séneca escribe deus ellos traducen Dios, con mayúscula. Claro, cuando el autor utiliza deos, en plural, viene el problema y las componendas. Vaya con cuidado con estas cosas. Distorsionan el pensamiento de este y de otros estoicos. La reutilización de los materiales. Lo discutimos el otro día.
-Por eso mismo es mejor que hablemos antes de enfrentarme yo a cualquier libro.
-No me cargue con esa responsabilidad: yo tampoco soy ningún especialista en esta materia. Ni en ninguna otra. Soy un principiante en todo, un tiro, en latín. Un recluta.
-Dicen que el chiste está en comenzar.
-Y en no errar el paso, aunque como dijo Séneca, errar es humano.
-Y ser herrado es de bestias o esclavos -añadió Quevedo. Pero vayamos al problema que me interesa: ¿Qué lleva a un hombre a hacerse estoico? ¿Qué llevó a Quevedo a abrazar esa filosofía? ¿El cristianismo, el santo Job?
-La explicación clásica, dejando de lado la religión, reside en la pérdida de las autonomías de las ciudades griegas a manos de Filipo de Macedonia. La ciudad, πόλις, con sus leyes, ya no es un referente para el griego del momento. Este deja de ser un ciudadano para convertirse en un súbdito. El hombre, entonces, se repliega en sí mismo, y se erige como medida de las cosas. Se entiende que el hombre bueno, virtuoso, καλός ἄνθρωπος.
-¿Y cómo se consigue ser bueno y virtuoso? ¿Lo somos nosotros?
-Nosotros -le dije sonriendo y sirviendo más vino- somos o pertenecemos a la οινο-φλuγíα, a la pasión por el vino.
-Pero no somos borrachos, ni mucho menos, aunque no tomemos el vino aguado -apuntó sonriendo.
-Pues ahí tiene una de las principales reglas, por llamarlas de alguna forma, del estoicismo: el μέτρον, la medida. Que, por otra parte, ya lo decía el oráculo de Delfos: nada en demasía. Y, una de sus aparentes paradojas: vivir de acuerdo con la naturaleza. Eterna aspiración estoica. ¿Pero tiene la naturaleza normas equilibradas?
-Yo diría que no. No se comporta con medida. Piense en los desbordamientos que sufrimos hace pocos meses. O en los volcanes o en los terremotos, inundaciones, incendios…
-Por supuesto que la naturaleza no tiene medida. O tiene unas medidas que no son las nuestras; no las entendemos. Y por lo tanto nos resultan inaceptables. Para los estoicos fueron los antiguos quienes vivieron de acuerdo con la naturaleza. Consideran que el hombre se echó a perder cuando Prometeo le entregó el fuego. A partir del cual se crearon las diversas técnicas, y comenzó la búsqueda de lo superfluo. Y se acabó la edad de oro; entonces, en aquellos gloriosos tiempos, dos bellotas y el agua de un manantial eran suficientes para la vida. Eso es vivir de acuerdo con la naturaleza.
-Me parece un poco exagerado.
-Lo es. Sin duda. Por eso mismo, el estoicismo, que no tiene dogmas, se fue adaptando a los tiempos. Al contrario que los cínicos, que desaparecieron. Estos últimos no desarrollaron su filosofía. O no nos han llegado sus textos. Al parecer se perdieron, como tantas otras cosas.
-Al contrario que las religiones llamadas del libro. Contaron con ellos para imponer y mantener sus creencias. Hablando de esto, queda claro que una persona es cristiana, ortodoxa o protestante dependiendo del lugar donde ha nacido. Pero, ¿por qué se hace uno estoico o platónico o aristotélico? ¿Siguen funcionando las escuelas filosóficas?
-Creo que no. Y sí, tiene razón. Es increíble; pero uno es de una religión o de otra dependiendo del lugar de nacimiento. Lo cual demuestra, una vez más, la pequeñez y las enormes limitaciones del hombre. Aunque se han dado casos de trasvases de unas religiones a otras.
-La mayoría de las veces por salvar el pellejo. Como sucedió en este bendito país con los moriscos y los judíos.
-O porque lo mismo da esta religión que aquella. Todas son iguales. Se diferencian en los matices. También, quizás, como las escuelas filosóficas.
-¿Y qué determina, insisto, que uno se haga estoico?
-No lo sé. Tal vez buscar algo de consuelo. Mire, otra de las grandes características del estoicismo es remarcar la amistad. Es muy importante para dicha filosofía. Tanto que una de las grandes obras de esa escuela es precisamente un corpus de cartas. Las Cartas a Lucilio, de Séneca. Hoy sería imposible escribir ese libro. No por nada sino porque nadie escribe, y si le escribes a quien sea no contesta; ni deudos, ni amigos ni parientes; no contesta nadie. A una carta de este tenor, como las de Séneca, seguro que responderían, hoy en día, mandando monigotes, o con el necio buen día o bon dia. No dan para más. Es imposible el diálogo epistolar.
-Ni el epistolar ni el otro. No obstante, me ha proporcionado una explicación: la soledad puede hacer que una persona busque una cierta compañía en los libros. Eso es muy de Quevedo.
-La soledad y las desgracias. Estamos muy limitados, y ante cualquier hecho, digamos trágico, una muerte inesperada, el hombre, el amigo o el pariente, consolando, puede llegar hasta ciertos puntos. Pero no va más allá. Cada cual tiene su propia vida. Sus afanes y sus necesidades. Y sus enormes limitaciones.
-Y el libro siempre está ahí. ¿Es eso? -me preguntó llenando las copas una vez más.
-Sí. Mire -comencé a confesarle susurrando- hace algunos años, bastantes, asistí a unas clases de latín. Se iba a impartir un cursillo, en latín, sobre Séneca, precisamente. La profesora, en la primera clase, nos puso a todos en un brete: nos preguntó, y quería que los dijéramos en voz alta, delante de todos, el porqué de nuestro interés por Séneca. La mayoría de las respuestas fueron anodinas, y un tanto absurdas. Pero hubo una intervención que las borró a todas. Me impresionó.
-¿La de quien tenía verdadero interés por el filósofo?
-Tal vez. O no. No lo sé. El chico estaba un tanto avergonzado por hablar en castellano en vez de hacerlo en latín. Dijo que no dominaba esta lengua hasta el punto de poder explicarse en ella. Sí que la entendía. Y el hecho de asistir al cursillo, su interés por Séneca, era por una tragedia personal. Según contó, tras dicha tragedia, no quiso entrar en detalles, por más que los amigos, a horas determinadas, trataban de consolarlo, él sentía que su angustia se redoblaba con su presencia. Los veía tan impotentes... El consuelo a su desgracia, según confesó, le vino leyendo a Séneca. Fue un bálsamo para él. Y un día, con los ojos llenos de lágrimas, agradecido, juró que lo leería en su lengua original. Por eso estaba allí. Tuve un ligero escalofrío tras oírlo.
-¿Y lo leyó?
-No lo sé. Perdimos el contacto. Pero me pareció un hombre muy tenaz. Seguro que cumplió su promesa.
-Entonces, según esa anécdota, uno se puede hacer estoico buscando una cierta paz, un bálsamo, el consuelo…
-No me cabe duda. Y me parece la mejor forma de estudiar y empaparse de una filosofía o de un saber. Yo había leído las consolaciones de Séneca. Son bastante desafortunadas por cuanto están muy deshumanizadas. Pero las Epístolas a Lucilio, son otra cosa. Un bálsamo de paz, como dijo aquel chico. Me ponía en la piel del muchacho cuando estudiamos las epístolas en clase; y lo entendía, lo entendía perfectamente. O, al menos, viví con esa ilusión.
-¿Y usted cree -me preguntó sirviendo la última copa del día- que sin haber sufrido ninguna tragedia podremos llegar a ser buenos estoicos?
-No lo sé. Por mi parte -respondí haciendo un brindis- ni soy estoico ni soy nada, salvo un mediano lector. Un principiante en todo.
-Todos los somos -contestó respondiendo a mi brindis-. Como hemos dicho en más de una ocasión, la vida es demasiado breve. Y bastante hemos hecho con mantener estas charlas, ¿no cree?
-Tal vez seamos un canto al pasado.
-Sin el cual no se es feliz en el presente. No lo pierda de vista.
-No lo pierdo de vista. Ergo, continuaremos con nuestras particulares reuniones de amigos del vino.
-Me parece muy bien. El título de nuestras reuniones podría ser ese: Simposios de amigos del vino. Todos los días y a la hora que convenga.
-De acuerdo, así se queda. Amigos del vino, o de Dioniso, φίλoi Διονύσου y del estoicismo. Pero tirones, reclutas. No lo perdamos de vista.
-Nunca. Como eso de que siempre nos quedamos en los inicios. Como aquel: prometemos mucho y no concluimos nada.
-No pierda de vista que la botella de vino siempre se queda vacía. Algo es algo, señor mío.
-Cierto -concluyó agitando la vacía botella.
1Séneca, Sobre la ira, III, v 30. En Diálogos, Madrid, 2000. Editorial Gredos. Traducción de Juan Mariné Isidro.