El ser humano posee la potestad de tropezar dos veces con la misma piedra. El fallecimiento de Miguel Ramírez, un joven de 32 años, en el recital de
Duele ver cómo no aprendemos, en insistir acciones que, sabiendo el daño que pueden efectuar, se producen igual. La incapacidad de poder disfrutar arte en un espectro de tranquilidad, en un encuentro con amigos, de escuchar en vivo a la banda que nos gusta, a lo que debiera ser algo placentero y se transforma en un drama irreparable. Esa cuestión tan autoflagelante con esencia argentina ¿Tan difícil es? Sucede en el rock, en el fútbol y se convierte en una situación que se naturaliza, lamentablemente. Ayer en el partido entre Vélez y Banfield, con el gol de Fabián Cubero empezaron a aparecer en la tribuna local las bengalas encendidas. Como si para festejar hiciesen falta.
Aclaro, y en primera persona se los digo, me cuesta no generalizar, desmenuzar que solamente fue una acción desafortunada que terminó de la peor manera. Tampoco digo que a Ramírez lo hayan querido asesinar, tampoco eso. Pero uno debe tener responsabilidad cuando carga un objeto de esta índole, conocer los riesgos en los que se puede caer. Las bengalas, putas bengalas, lentamente retornaron al diccionario del rock y era cuestión de meses que algo negativo volviera a ocurrir. Y el círculo se desarrollará nuevamente. Nos llenaremos la boca, diremos frases rimbombantes, que