Daniel Scioli debe
guardar algún vínculo secreto con el fuego, algo sobrenatural quizás, algo
inexplicable al ojo humano, del por qué se
mantiene ignífugo ante cada incendio que lo rodea, no se le chamusca la
ropa, se presenta como si nada hubiese pasado, ni un poquito de cenizas en los
hombros. O quizás, con su ya clásica sagacidad y desparpajo, tenga razón el
escritor Jorge Asís cuando tituló
que “las bolas de Scioli ya deberían
forman parte del Patrimonio Mundial de la
Humanidad”. No nos sonrojemos. Ahí tenemos otra teoría,
quién te dice. El gobernador de la provincia de Buenos Aires enfrentó ya desde
su inicio en el FpV como compañero de fórmula de Néstor Kirchner distintos embates
verbales, prácticas -Gabriel Mariotto como vicegobernador- e innumerables
desplantes propinados por el kirchnerismo, que se mantuvieron a lo largo de los
años. ¿Recuerdan este episodio con Cristina en 2005? La última, los dichos del
vicepresidente Amado Boudou en una reunión de legisladores e intendentes en
Santa Teresita, localidad bonaerense, donde también dijo presente Julián
Domínguez, hombre de extrema confianza de las presidenta.
Allí, Boudou en busca
de la perdida notoriedad política luego del caso Ciccone, descargó sin
miramientos su furia contra el gobernador y lo acusó de “cobardía política”, tras
el pedido del Scioli de revisar la coparticipación federal, un
tema álgido y complejo, hablamos de la redistribución de dinero que hace la Nación a las provincias sobre
los tributos impuestos por el Estado. Los gobernadores, algunos en voz baja,
muy baja, otros no tanto, se quejan en las escasas reuniones individuales y
colectivas con CFK en Olivos sobre un asunto sonante en la caja de cada
provincia. La coparticipación es un tema de discusión en Argentina durante los
últimos años, todavía sin una solución
que satisfaga a la mayoría de los conductores provinciales, donde se sigue
privilegiando con premios y castigos, según
la religión que profese cada gobernante. El centralismo de Buenos Aires,
inalterable con el paso de las décadas y siglos.
Scioli, rápido en
reflejos, con la mira puesta en ser candidato a presidente en 2015, la única obsesión que no lo deja dormir,
abrió el grifo y se escudó en que una redistribución más fértil traería
innumerables beneficios para los bonaerenses, el reducto clave donde se juega cada elección, bien lo
sabemos. Hola, La Matanza.
Y las legislativas están a la vuelta de la esquina, a no
olvidarse ese pequeño detalle y en el
peronismo no queda otra que ganar, la ley máxima. En el entuerto Scioli –
Boudou, finalmente la sangre no llegó al río. Scioli, de viaje en Italia, pidió a sus
allegados responder con prudencia y desde el kirchnerismo más ortodoxo,
sabiendo que en la balanza de la opinión pública entre el gobernador y Boudou, da negativo para el ex ministro de Economía,
pidieron cerrar la discusión y no brindarle más puntos de victoria al esposo de
Karina Rabolini, ella, una orfebre
quirúrgica en la vida social de su marido, no deja detalle librado al azar y
también su imagen va por las nubes,
cuenta con la ventaja que la mayoría de las mujeres no la envidian, la quieren.
Extraño fenómeno que hace el carisma. El
berrinche de Boudou duró poco, no son tiempos para jugar con fuego, menos contra un especialista en la materia
como Scioli, admiten desde la calle Balcarce.
En estas situaciones de
confrontación, el estilo Scioli se agiganta, cargado de respuestas placebo,
conserva inalterable su libro de
concordia y armonía, además de una chequera publicitaria de importancia y
el color naranja incorporado en el inventario de la provincia, que a pesar de
las distintas desavenencias que sufre su gestión, recordar
la falta de pago para los aguinaldos a mitad del 2012, déficit en materia de
infraestructura, inseguridad, contaminación, salud y siguen los etcéteras,
lo mantiene, según encuestas, con una imagen altamente positiva, mucho más que la presidenta Cristina
Fernández, quien suele mandarle subrepticiamente diferentes dardos. Esto
genera resquemor y envidia en el kirchnerismo, quien a pesar de adoptarlo como
uno de sus representantes, no lo
considera un hijo pródigo de este movimiento pese a estar desde los inicios
en 2003. Sus fotos jugando al fútbol con los Moyano y Macri tampoco generan
simpatía en el cerrado círculo presidencial y mucho menos en La Cámpora, quienes parecen olvidarse del apoyo
brindado por Scioli durante el conflicto por la Resolución 125 y en las fallidas testimoniales del 2009, jugadas claves del entonces
matrimonio presidencial y que Scioli no
se ausentó ni tampoco se tiró del barco como otros hicieron, recordar el
emblemático caso de Felipe Solá. Sin embargo, no lo toman como leal, desconfían de él y le temen con los números en las manos que acercan los
encuestadores.
Scioli, con un ojo en
la gestión y otro en la banda presidencial, con el marketing como premisa, del
mismo tenor que la Ciudad,
prepara las baterías para 2015. Con
una carrera política en ascenso, desde la época de Menem, sube, sube y sube. Sin reforma constitucional a la vista,
por ahora, sólo por ahora, considera que llegó su momento y no lo quiere dejar
pasar.