Cuando
Peter Jackson acabó la trilogía de The
Lord of the Rings fue coronado, tanto por los espectadores como por la
crítica, como uno de los reyes del cine, y la tercera parte de su saga, The Lord of the Rings: The Return of the
King (Peter Jackson, 2003), recibió once premios Oscar, situándose cómo una
de las tres películas de la historia que han recibido más estatuillas. El éxito
fue tan descomunal que era de esperar que The
Hobbit, el otro libro popular del escritor británico J.R.R. Tolkien,
llegara algún día a la gran pantalla. Ahora bien, el que nadie se esperaba es
que lo hiciera en forma de trilogía, menos encara teniendo en cuenta que este
libro tiene una extensión cinco veces menor al conjunto de The Lord of the Rings. “Quería expandir el relato utilizando el
material que dejó Tolkien”, decía Jackson en una entrevista a La Vanguardia. La
decisión de convertir el libro The Hobbit
en tres películas estuvo en boca de durando bastante tiempo, idea que muchos
desaprobaron pero que se podía entender, tanto por razones artísticas como
comerciales.
El
tiempo pasaba y las expectativas crecían a medida que empezaron a aparecer el
primer tráiler y los vídeos del ‘making
of’, hasta que llegó el gran día del estreno. ¿El resultado? El regreso de
Peter Jackson a Middle-earth ha dejado un regusto agridulce a muchos de los
fans que esperaban con devoción esta entrega; fans que ya sólo empezar el filme
soltarían un suspiro de indignación al ver que la acción se inicia todavía
durante la época de The Lord of the Rings
–el futuro–, con un Elijah Wood sonriendo que todavía no sabe el que le vendrá
encima cuando se apodere del anillo único. ¿Es que Peter Jackson no confía
bastante en el potencial de The Hobbit
que tiene que aprovecharse del éxito de la trilogía The Lord of the Rings?, se preguntaban muchos.
Pues
quizás no del todo, puesto que Jackson explica en el filme The Hobbit: An Unexpected
Journey una historia que dista mucho del libro original de Tolkien. ¿Qué
hace en Radagast the Brown a la película,
cuando no aparece ni una sola vez a The
Hobbit? ¿Y por qué Jackson hace aparecer al filme a Azog, el orco que
persigue a Thorin Oakenshield, cuando se supone, según los apéndices de The Lord of the Rings, que está muerto
en el momento en que se sitúa la historia de The Hobbit? Son preguntas sin una respuesta clara del todo.
Aparte
de estas ideas personales, Jackson también añade otras escenas de los apéndices
de los libros de la saga de The Lord of
the Rings. Así pues, escenas como el White Council, la reunión de magos que
tiene lugar a Rivendel para hablar del futuro de Middle-earth, son incluidas a
la película a pesar de no aparecer propiamente al libro de The Hobbit. Esta decisión
no la encuentro del todo errónea siempre cuando se haya tomado para expandir y
profundizar en el mundo de Tolkien. Pero no sé hasta qué punto la cosa es así,
porque me temo que la motivación principal que hay detrás es la de promocionar
el filme con la aparición de grandes estrellas de Hollywood, como Cato
Blanchett (Galadriel) o Christopher Lee (Saruman), o bien la de ayudar a llegar
a completar las nueve horas que tienen que durar en total las tres películas.
De hecho, Philippa Boyens, una de las guionistas del filme, explicó a la rueda
de prensa que la decisión de incluir a Galadriel en el filme era la de aportar
un poco de aire femenino a la producción porque “uno empieza a notar el peso de
trece enanos peludos”. Si la motivación principal del cameo de Blanchett, pues,
es esta, no vamos bien. Y estos quizás son solo algunos de los cambios que se
han producido, pero después hay todas las transformaciones sui generis que han sufrido diversas de las grandes escenas del
libro, como la de la llegada de los enanos y la escena de los trolls, pasando a
convertirse en algo fuerza diferente.
Pero
todo esto no es ni mucho menos el más grave del filme. El peor es que Jackson
apuesta durante toda la película por un cariz cómico, casi cercano a la
parodia, que hace daño de ver. Si ya lo notábamos un poco a la trilogía de The Lord of the Rings, cuando Gimli
pasaba de ser el héroe dramático de los libros a un personaje cómico que estaba
en broma continuamente con en Legolas, a The
Hobbit el efecto se multiplica. Y
precisamente esta voluntad de convertir la película en “apta por todos los
públicos”, y con un afán especial para llegar, también, al público infantil, no
provoca sino el efecto contrario, haciendo que gran parte del público adulto
seguidor de la obra de Tolkien se aparte enormemente considerándolo de poco
respecto al libro original, porque es muy diferente explicar un cuento para
niños que explicarlo con la intención de hacer gracia.
Otro
factor controvertido de la película es la decisión de utilizar la velocidad de
48 frames por segundo en vez de los
24 frames por segundo habituales. “El
objetivo es de hacer la experiencia más cautivadora”, decía Jackson, pero el
que consigue, más bien es que el espectador pueda ver la artificialidad de
muchos elementos, acentuada por una gran sobreexposición, ya sean dentro de la mise-en-scene (el bastón de en Gandalf
no había tenido nunca el aspecto de plástico que tiene a The Hobbit), como en los efectos especiales propiamente dichos (las
águilas gigantes acaben convirtiéndose en imágenes de ordenador claramente
perceptibles). Sin duda, la decisión de adoptar los 48 frames por segundo era una arma de doble hilo y Peter Jackson lo
sabía. El que no sabemos nosotros es si realmente quería mejorar la experiencia
cinematográfica o si simplemente se quería añadir a la lista de ‘directores
innovadores’, como George Lucas o James Cameron.
En
definitiva, The Hobbit se ha
convertido en un blockbuster de
Hollywood que produce simplemente entretenimiento cuando podría haber sido una
obra maestra del séptimo arte. En vez de esto, el filme se rebaja al nivel de
las grandes y esperadas sagas del cine que acaban decepcionando a miles de
fans. Ahora bien, no os dejará indiferentes. Como mínimo saldréis con unas
ganas locas de visitar Nueva Zelanda porque otra cosa no, pero los paisajes y
localizaciones que muestra son soberbios.