No molestar: país descansando
Economía | 16/07/2012
Como
si los días festivos fueran pocos y las cargas laborales que sufren los
empleadores fueran insuficientes, está a punto de convertirse en ley un
proyecto que impide trabajar los fines de semana. Según lo expresa el
artículo 207 del mismo, no está contemplada una prohibición expresa pero
sí una fuerte imposición para los empleadores que decidan hacerlo:
“Artículo 207: Cuando
el trabajador prestare servicios entre las TRECE (13) horas del día
sábado y las VEINTICUATRO (24) horas del día domingo, medie o no
autorización, sea por las circunstancias previstas en el artículo 203 o
por estar comprendido en las excepciones que con carácter permanente o
transitorio se dicten, el empleador estará obligado a abonar el salario
habitual con el CIEN POR CIENTO (100%) de recargo, sin perjuicio de su
obligación de otorgar franco compensatorio.”
No
hay mucho que discutir. Esto no es más que otra de las tantas políticas
populistas y retrógradas a las que ya estamos acostumbrados desde hace
varios años. ¿Quién se beneficia de esta medida? Nadie, puesto que el
empresario se ve amenazado por un aumento exponencial de sus costos que
no necesariamente le generarán un incremento de sus ingresos, por ende,
la consecuencia lógica de esta movida sería una reducción de las horas
trabajadas, una suspensión temporal de empleados, el cierre de la
actividad durante los fines de semana o yendo a un escenario más
drástico, el cierre definitivo del negocio o el despido de personal.
Considerando entonces que semejante ley detiene la actividad económica
en el país, surge la pregunta obligada ¿En
qué se beneficia el estado? Absolutamente en nada ¿o es tan difícil de
ver que todo esto trae aparejado una menor generación de ingreso y por
ende una menor recaudación?
Si pensaron poner contento al trabajador o hacer justicia social
castigando a los empresarios "opresores", tal vez habría que reflexionar
un poco ya que es difícil pensar que alguien se pondrá feliz si
perjudican su fuente de ingresos.
Para atrás siempre
Una
de las grandes deficiencias que tiene el mercado laboral argentino es
la dualidad existente entre los que están dentro y los que están fuera
del mismo. Los que se encuentran con un empleo formal y en blanco, por
lo general cuentan con sueldos aceptables y con un lugar "fijo" debido a
los altos costos de borrarlo de la planilla de empleados. No es el caso
de los que se mueven en forma permanente entre el desempleo y la
informalidad, cuyos sueldos son bajos al igual que el costo de
despedirlo. Por esta razón, no es de extrañarse que a un empresario le
sea difícil echar a un empleado formal y en blanco que duerma la siesta
todos los días en su oficina y que a su vez, sea un riesgo muy grande
contratar a un profesional mejor capacitado para ocupar el puesto.
Una
conceptualización muy interesante sobre el mercado laboral es la que
exponen Felipe Larraín y Jeffrey Sachs en su libro “Macroeconomía en la
economía global”. Se trata de una visión que resalta el dinamismo de
dicho mercado, por lo que no se debe pensar en el desempleo como una
cantidad estática de personas sin empleo, sino como una masa de
individuos que se mueven entre el empleo y el desempleo en puestos que
se crean y desaparecen constantemente. Una clara ejemplificación es la
analogía que se hace entre la tasa de desempleo y el nivel de agua de
una bañera con el desagüe abierto: un flujo de agua entra en la bañera
(los recién desempleados), mientras que otro flujo sale por el desagüe
(los que encuentran un trabajo y salen del desempleo). El nivel de agua
(tasa de desempleo) dependerá tanto de la velocidad a la cual entra el
agua desde el grifo (ritmo de los despidos) como de la velocidad a la
cual se vaya (contrataciones)[1].
Lo ideal es que el mercado laboral, tenga la mayor movilidad posible a
fin de que los se encuentren sin trabajo no sean desempleados crónicos y
los que lo pierden no pasen mucho tiempo sin encontrar uno nuevo. Por
lo tanto, las medidas que sólo imponen costos o restricciones hacen que
el empresariado se vuelve reacio a contratar nuevos empleados, por lo
que la generación de empleos se torna más lenta y dificultosa.
Una
vez más, pavimentando el camino al fracaso y a la profundización de los
problemas nunca resueltos. La insensatez a la orden del día.
El presente artículo fue publicado originalmente el viernes 13 de julio de 2012 en www.economiayfinanzasag.blogspot.com