MANOS PUERCAS
Vicente Adelantado Soriano
Las dádivas que Prometeo entregó a los hombres se transforman en maldición: no configurarán a la humanidad estrictamente hablando, pero sí el sufrimiento que define a la condición humana1
Caroline Vult, Al desnudo. El cuerpo griego y romano.
Aquella tarde yo estaba un tanto alegre. Debido, sin duda, a la fina lluvia que estuvo cayendo durante todo el día, y al consiguiente frío. Bajé a casa de mi vecino, bien abrigado, con una botella de vino de gran calidad, según me dijeron en la especializada tienda. Descorchando la botella le hice la pregunta que, calculaba, lo iba a entusiasmar.
-¿Qué opina usted -le dije llenando las copas- de esta incesante corrupción que nos acorrala y no nos da tregua?
-Antes de entrar en materia -respondió con una medio sonrisa en los labios- le diría que la mejor definición de corrupción la leí en Larra hace muchos años, y la he vuelto a leer hace poco. No ha perdido vigencia: “Manos puercas”. Creo, con mucho, que es la mejor calificación para la actuación de unos y de otros, y de todos en general.
-Pues sí, me gusta. Suena bien lo de manos puercas. Ya no sucias sino puercas. Aquí al parecer las manos limpias solo las tienen los cirujanos cuando entran en el quirófano. Meterse en política tal vez sea sinónimo de emporcarse las manos.
-Y el alma, si existe. Pero no seamos injustos, que de todo hay en la viña del Señor. Aunque los honrados, como siempre, son aquellos que no pueden robar. O no quieren, que todo es posible.
-Sí, eso, o algo parecido, lo oí o leí, ya no recuerdo, el otro día: Hacienda somos todos los que no podemos defraudar.
-Yo no lo haría aunque pudiera. He pasado ya varias veces por un hospital, e imagino lo que cuesta mantener una seguridad social como la que tenemos. Ahora bien, si no fuera inhumano votaría porque a todos quienes se han emporcado las manos y el alma, si la tienen, no se les de asistencia médica cuando lo necesiten.
-Una respuesta un poco fuera de tono e inhumana, desde luego. Como cierto hospital que no admite a algunos enfermos para acoger a otros con más posibles. No hay inventado nada, querido amigo. Ya lo han puesto en marcha los que van a renovar el país, el Olimpo y la estratosfera.
-Apañados estamos. ¿Y cómo cree usted que podemos acabar con esta lacra de tantas manos puercas y de tanto desalmado?
-No lo sé. Al principio pareció una buena idea eso de que la democracia tuviera dos o cuatro o cinco partidos políticos para que se controlaran entre ellos; pero…
-Son todos iguales -dijo sin dejarme terminar la frase-. Se acusan unos a otros de lo mismo que hacen los otros y los unos. De molinero cambiarás, y de manos puercas no escaparás.
-Efectivamente: estar en un partido o en otro no es marca de honradez. Parece que el lema de muchos es aquello de “Dios me meta donde haya, que yo ya me tomaré”. Y lo mismo da que sean de derechas, de izquierdas, del centro o del medio lado.
-Es un poco descorazonador, ¿no le parece?
-La historia de la humanidad es descorazonadora. Pero, como dice usted, no seamos injustos: también hay miles de personas que se dedican a la investigación, a curar enfermedades, a cuidar del prójimo y a dar clases. No todo es negativo.
-Sí, es cierto; tiene razón. Pero las noticias siempre destacan lo peor de lo peor. Y ahora solo faltaba el lío que se ha montado con la condena, por parte de unos jueces, nada objetivos al parecer, del fiscal general del estado.
-Por muchas buenas personas que haya, y no lo dudo, la política española se parece, cada vez más, a una pocilga, en mi pueblo las llamaban porcateras. Como puede ver el prefijo es el mismo, por, derivado del latín porcus. De donde también derivan las manos puercas. Diptongación de la o trabada. Un punto de erudición.
-Es cierto. Y cuando uno -añadió ignorando mi erudito apunte- esperaba ver propuestas por parte de la oposición, nos encontramos con que la oposición no sabe sino insultar, demostrar su enorme falta de educación, decir falsedades y mentir descaradamente. Imagino que hacen eso porque no tienen alternativa, o esta, si la hay, no es confesable.
-O quizás usted y yo nos hemos hecho una imagen ideal de la sociedad. El otro día estuve en casa de un pariente haciéndole compañía. Esta persona siempre tiene la televisión conectada. Y ya se puede imaginar los programas que ve. Para mí verlos fue un baño de realidad: todas las noticias eran vulgaridades o cosas nimias llevadas a la máxima expresión… Me sucede lo mismo con los anuncios de los perfumes: son vulgares, malos, estúpidos. Pero, pensé, cuando los mantienen, como mantienen esos programas televisivos, es porque tienen aceptación. La gente los ve.
-La semana pasada -dijo sirviendo más vino- leí en una entrevista que alguien, no recuerdo quién, afirmaba que leer libros no cambia a las personas, no nos hace mejores. La pregunta ahora sería: ¿cree usted que ver esos programas idiotiza a la gente? ¿Y por qué la televisión idiotiza y el libro no nos cambia para bien? ¿De verdad no nos hace mejores la lectura?
-Es una pregunta incontestable: yo no puedo saber cómo sería de no haber leído y haber estudiado. Pero también le digo que conozco a algunos, muchos, que no han leído un libro en su vida, y que son unas excelentes personas. Y por el contrario, hay cada catedrático por ahí que déjelo estar. Ya los ha nombrado usted antes, los mismos jueces. Se supone que han leído algún libro, aunque viendo cómo escriben algunos de ellos, uno lo duda.
-Yo hace tiempo que ya dudo de todo.
-Pues no dude de la historia de Prometeo. La gente suele tomar, erróneamente, la mitología griega como un cuento chino, o algo parecido. Se equivocan. Cuando Zeus mandó a Prometeo crear a los animales y al hombre, se percató de que Prometeo había creado excesivos animales y pocos hombres. A algunos bichos, pues, los transformó en personas, pero se quedaron con su alma de bestias. Y eso, señor mío, explica muchos comportamientos de mucha gente. Entre otros de esos que tienen las manos puercas.
-Con eso, joven amigo, eliminamos de un plumazo el libre albedrío.
-¿Y quién hoy en día cree en semejante patraña? Haber nacido aquí o allá, en un tiempo determinado, y con una piel determinada, es un destino. Contra el cual nada puede hacer ese bicho nacido desnudo, bípedo sin plumas y de uñas planas, sin garras ni dientes, sin pelo que lo resguarde del frío. Sin más defensas que una inteligencia que igual la utiliza para el mal que para el bien. Y algunos ni conocen este último término.
-Entonces -dijo llenando de nuevo las copas- esos hombres que conservan su alma bestial no son susceptibles de cambio? ¿Somos personas estancas, incapaces de evolucionar, de cambiar? ¿O solo lo son ellos, las bestias convertidas en personas quienes no tienen elección?
-No lo sé. Creo que el destino está en las pequeñas elecciones que va haciendo uno a lo largo de la vida. Esas pequeñas selecciones o preferencias, con el paso del tiempo, lo hacen a uno ser como es. Y como usted sabe, hay elecciones correctas y otras que no lo son. O, mejor dicho, selecciones que lo llevarán a ser una persona, y otras que lo conducirán a ser un miserable. Sea como fuere, no es fácil, al menos en muchas ocasiones, determinar cómo quiere ser la persona en cuestión.
-¿Y eso no absuelve a ciertos políticos? -me preguntó aviesamente y sonriendo.
-Sabe usted que no. La mayoría de ellos han recibido una educación. Y saben que no es educado mentir ni insultar. Ahora bien, lo hacen sin rubor. ¿Por qué?
-Le devuelvo su reflexión anterior antes de que se nos termine el vino: los anuncios de perfumes, horribles según usted, no venden el perfume en sí sino el engaño de que utilizando tal producto será usted como el musculoso marinero del anuncio, capaz de conquistar a las sirenas del Misisipi. O si utiliza el tal coche se irá al Cielo sonriendo como un bendito. Y con las manos limpias y no nada puercas.
-Eso no lo promete nadie. No me engañe. Y, sin embargo, para mí sería el gran logro. Un logro bien senequista por cierto: yacer en cualquier lugar sin molestar a nadie. Y tal vez sin ser recordado por nadie.
-Eso último no hace falta que lo pida: somos millones de humanos a los que nadie conoce, y nadie, en consecuencia, recordará.
-No tiene ninguna importancia. No creo que a Homero, Hesíodo o a Cervantes les sirva de algo que nosotros los leamos o los rememoremos. Así que carpe diem. Disfrutemos de este vino y estas conversaciones que todo es efímero y todo se acabará.
-Todo es cuestión de vivos, que no de muertos. No obstante -concluyó sonriendo- mañana compraré yo el vino aunque difícil será superar a este. Pero lo intentaremos.
-Eso es lo que nos hace personas: buscar para cada día el mejor vino. Siempre con procedimientos lícitos.
-¡Hombre! Yo ya no tengo edad para ir atracando licorerías.
-Estamos enjaulados como un ratón en su rueda: siempre corriendo y siempre en el mismo sitio.
-Enigmático se me ha vuelto usted.
-No se preocupe: a veces ni yo mismo me entiendo.
-Pues haremos lo imposible por entendernos por muchas botellas de vino que nos cueste.
-Eso es optimismo y amor vitivinícola. Y lo demás son cuentos.
1Caroline Vult, Al desnudo. El cuerpo griego y romano. Cap I, El ser humano. Punto de vista editores, Madrid, 2024, traducción de Amelia Pérez de Villar.