La entrada en la Capilla se produce de manera silenciosa, sigilosa, en penumbra, llegando al ábside donde se encuentran los frescos. La claridad que entra por los ventanales góticos, hace que la lectura de cada una de las escenas sea nítida, y que se puedan apreciar cada uno de los detalles de los recuadros y de las figuras.
Siguiendo el esquema iconográfico dado en el post anterior, analizaré cada uno
de los capítulos comenzando por La muerte de Adán (en el luneto
superior derecho). La escena se divide en tres episodios distintos,
representados en un único espacio. Comenzando la lectura por la parte derecha,
se observa a Adán, viejo y moribundo, pidiendo a su hijo Seth que le traiga el
óleo de la Misericordia. Más lejano, al fondo, observamos al primogénito y al
Arcángel Miguel en conversación. El Ángel le da las semillas del árbol del
pecado. Hay que resaltar el empleo de la perspectiva. La perspectiva
será una de las características más acusadas en la pintura de Piero della
Francesca. Se basará en sus leyes para encuadrar sus trabajos, incluso llegará
a escribir un tratado, “De prospectiva pingendis”, sobre la utilización y las
normas de perspectiva. Como indica Alcalde, será “el primer estudio que
establece un fundamento óptico y científico de la representación basado en el
conocimiento de la geometría de Euclides”. Representará objetos y figuras según
las cosas se presenten al ojo desde diversos ángulos. “Cada cosa que está más
próxima al ojo se presentará siempre bajo un ángulo mayor que la más lejana”.
Es una perspectiva real, basada en la geometría y la matemática, muy distante
de la perspectiva jerárquica que se utilizó en siglos pasados, en la pintura
románica o gótica, influenciada por la religión, que representaba las figuras o
cosas de mayor importancia en un tamaño mayor que el resto (por ejemplo Cristo
o la Virgen).
En el temple sobre tabla de Guido da Graziano, la mano de la Virgen es
totalmente desproporcionada y no hay ningún tipo de perspectiva en ella, con
respecto al Niño Jesús y su figura en general. Quiere resaltar la idea de que
la Virgen con esa mano se encuentra en actitud de mostrar, de señalar, el
camino de la Redención, que es el Niño. Es por ello, que se le intenta hacer
más grande para recalcar su importancia. Piero della Francesca utiliza una
perspectiva muy estudiada para separar las distintas escenas, que se
desarrollan en el mismo espacio pero no en el mismo tiempo. Seth y el Arcángel
Miguel al fondo, y a la derecha, Adán moribundo con Eva. A la izquierda, el
grupo familiar rodea a Adán, ya muerto, y las semillas del pecado son puestas
en su boca. De esas semillas, surge la leyenda de que crecerá un árbol, de cuya
madera se hará la cruz en la que será crucificado Cristo siglos más tarde.
Dos figuras hay que destacar en estos grupos. En primer lugar, la de la anciana
Eva, en la que se observa su vejez a través de su pecho caído; si seguimos
hacia la izquierda nos encontramos con el ligero escorzo de un hombre de
espaldas, apoyado en un bastón. Representa, según varios autores, la alegoría
de la Muerte, inspirado muy posiblemente en las figuras clásicas de dioses como
Hermes y su caduceo. Por último, y más a la izquierda, al personaje masculino
ataviado con ropajes rojos y azules, se le ha querido ver como Cristo, el nuevo
Adán, o el Rey David, de la tribu de la que descenderá el Salvador.
En La Adoración del Santo Madero y el encuentro de Salomón con la Reina de Saba, destacan las arquitecturas clásicas. Los personajes del grupo de la derecha se disponen dentro de un edificio de características totalmente clasicistas. Las columnas corintias y los zócalos al fondo nos remiten a la Antigüedad y a la arquitectura de Leon Battista Alberti, al que conoció en Rímini. El arquitecto, favorito de Segismundo Malatesta, introdujo al pintor en los círculos cortesanos de la ciudad y de este modo conoció a nobles que le hicieron encargos, como el del Castillo de los Este en Ferrara, hoy desaparecidos. Las figuras representadas homenajean a estos ambientes en los que se desenvolvió Della Francesca tanto en Rímini como en Urbino, donde fue años más tarde, a la Corte de Federico de Montefeltro.
Los ropajes, velos y calzado son una copia pictórica de lo que allí vio. Son
testimonio de la moda y la estética de su tiempo. En ellos, y en la disposición
de los dos grupos de personajes en el paisaje, se inspiraría Pasolini a
la hora de realizar su Evangelio según San Mateo .
Para el Cortejo de la Reina se inspiró Piero en el Cortejo de los Magos de la Pala
de Santa Lucia de Magnoli de Domenico Veneziano. Ambos poseen una
pintura luminosa, clara y tersa, que construye las figuras en la luz. Los
pliegues de los ropajes se construyen a través de la luz, al igual que su
volumen. La luz uniformiza los colores. Todos los cuerpos tienen un aire de
“maiestà”, de rotundidad con un halo de divinidad.
Las colinas pobladas de encinas que sirven de fondo de paisaje, muchos
historiadores del arte italianos las han identificado con un paisaje muy
querido para Piero, un recuerdo ligado a su infancia, entre la Val Cerfone y la
Val Pandochia, entre las que se encuentra el pueblo natal de su madre,
Monterchi, conocido por albergar el también célebre fresco suyo de La Madonna
del Parto.
Se inspiró también en Pisanello en los perfiles, así como en el estudio
de la anatomía animal en los caballos, que también es algo que le influenció de
Paolo Uccello.
En el Entierro de la Santa Cruz o Transporte del Santo
Madero, destaca la diagonal que conforma la Cruz, que a su vez destaca
por el gran verismo que presenta. Cada veta de la madera de la que está formada
está representada en distintos colores, dibujando las sinuosas formas de los
anillos. La perspectiva se declara fundamental a la hora de dividir los
diferentes planos de la escena.
La cuarta escena representa El sueño de Constantino. Sus
personajes han pasado a la historia del Arte como por ser muy significativos.
El joven que está senado a los pies de la cama del emperador, posee una actitud
sólida, atemporal, ajena al milagro que está ocurriendo. Su mirada y su pose
atraen al espectador dentro de la tienda.
En La Batalla de Constantino y Majencio, las lanzas marcan la
contraposición verticalidad-horizontalidad de la composición. Della Francesca
representa una batalla sosegada, con las banderas ondeando en calma, los gestos
majestuosos de Constantino con la Cruz en la mano en la parte izquierda, se
imponen a la parte ligeramente más caótica de la derecha. El paisaje del Tíber
al fondo, en el que se reflejan árboles y casa, divide a los dos ejércitos, y
es narrado por el escritor inglés G.M. Trevelyan a principios del siglo XX de
este modo: “En el transcurso del gran río, donde ya deja su cuna de montaña,
hace un efecto particular en la imaginación… la línea de los árboles que dan
sombra al curso del Tíber se refleja en el límpido río de molinillos azules y
plateados…”. Y esos son los colores con los que representa Piero al Tíber.
En El suplicio del hebreo trabaja la más pura perspectiva. Las
monumentales figuras sobresalen en un fondo liso, que contrasta con las cuerdas
y las maderas, usadas para sacar el cuerpo del hebreo, que sale del pozo,
dispuesto a declarar dónde se encuentra enterrada la Vera Cruz. Se reconocen
varias manos en esta escena. Los colores y el ambiente son siempre los mismos.
Piero della Francesca sitúa sus composiciones al mediodía, momento en que la
luz unifica colores y tonalidades, muy al estilo de cómo hará –inspirado por el
toscano- Giorgio di Chirico cinco siglos más tarde.
La Batalla de Heraclio y Cosroes se presenta más caótica, muy
influenciada por Uccello. Los cuerpos de los caballos y el nudo de cuerpos se
hace más evidente, pero siempre marcando la verticalidad y horizontalidad, a
través de las banderas, las lanzas y los brazos. Destacará la arquitectura que
encontramos en la parte izquierda, inspirada en la de La Trinidad de Masaccio.
Así como la figura de Cosroes, que será la misma que encontremos en la
Anunciación haciendo el papel de Dios.
El ciclo se completa con tres escenas más, El hallazgo de las Tres Cruces
y el reconocimiento de la Vera Cruz, la Exaltación de la Cruz y
La Anunciación. Siempre con las mismas características: paisajes
inspirados en la bucólica Toscana; figuras monumentales, llenas de “grazia” y
transmisoras de eternidad; marcadas perspectivas; arquitecturas clásicas y
ricas indumentarias.
Piero hace partícipe al espectador del soplo divino, lo sumerge en una
atmósfera irreal y sin tiempo, de la que beberán otros maestros italianos a lo
largo de los siglos, como los surrealistas Chirico o Dalí; o Felice Casorati,
Marino Sinori y Georges Pierre Seurat.
Si hacéis una ruta por la Toscana, no dejéis de visitarlos.
También, si os apetece dejar algún comentario, opinión o experiencia, no dudéis
en hacerlo. Muchas gracias.
Autor: Piero della
Francesca (y taller)
Fecha: 1452-1466
Fresco
Basílica de San Francesco, Arezzo, Italia