Una
de las grandes carencias que tenemos como sociedad es la ausencia total de
civismo en gran parte de sus integrantes. La mayoría de los individuos no están
plenamente conscientes de lo que significa vivir en sociedad y por obvia
consecuencia, no tienen una posición clara respecto a lo que ésta debería de
ser y de cómo habría de conducirse.
Esta lamentable situación se refleja en la abulia
permanente de los ciudadanos por el manejo de los asuntos que nos conciernen a
todos como sociedad. Desánimo que
termina por degenerar en el egoísmo rampante con el que se comportan muchos de
los individuos con los que nos topamos a diario, quienes se preocupan
exclusivamente por su beneficio personal en perjuicio del bienestar común.
Ejemplos de este problema hay muchos: van desde aquel que tira la basura en
la calle o estaciona su auto en un lugar no permitido, hasta aquel que se
apropia de un bien común, ya sea una banqueta, una tajada del presupuesto
público o la educación de todos los mexicanos. Hechos de muy diferente dimensión, pero que en esencia son
lo mismo, una ausencia total de respeto por los derechos de los demás y un celo
excesivo en la defensa de los intereses particulares.
En razón de ello, cualquier intento de mejorar nuestro
entorno social requiere un esfuerzo titánico, pues no sólo se enfrenta a la
apatía de los demás, sino que también debe luchar contra los obstáculos que le
imponen aquellos que perciben que sus intereses personales puedan resultar
afectados.
Desafortunadamente, esta realidad nos va reafirmando
la creencia de que estamos solos y que debemos preocuparnos únicamente por
aquellos asuntos que nos incumben directamente. La lógica imperante en esta visión, es que mientras no
resultamos afectados, todos los problemas nos serán ajenos y por consecuencia
la responsabilidad de atenderlos recaerá inequívocamente en algún otro, más
nunca en nuestra propia persona.
Con lo cual, la idea del Estado como ente colectivo
capaz de articular las acciones de los individuos para resolver problemas de
carácter común, va perdiendo fuerza y vigencia en el discurso social, imperando
de nueva cuenta el individualismo por encima de todo lo demás.
Una de las causas de estos comportamiento radica en que los individuos no se han percibido y reconocido como parte de una comunidad política y del papel que desempeñan dentro de ella. Así es que aunque cueste aceptarlo en nuestro país no hay ciudadanos, dado que no hemos logrado asumir nuestro rol como tal y mucho menos hemos aceptado las obligaciones que se derivan del mismo, únicamente existen individuos y grupos de interés actuando aisladamente en la defensa de sus bienes y privilegios particulares.
Es por ello, que México requiere como quizás nunca
antes, la consolidación de un Estado formado por ciudadanos, en el sentido
estricto del término, que se vinculen sólida y permanentemente con los asuntos
públicos, que participen en su resolución, mediante la información, el debate y
la constante supervisión de la actuación de sus gobernantes.
Debemos asumir la responsabilidad que implica el ser
ciudadanos, hacer frente a las obligaciones que nos impone esta condición y a
partir de ello exigir los derechos que tanto hemos reclamado sin pretender dar
nada a cambio. En la inteligencia
de que la sociedad justa, igualitaria y equitativa que todos anhelamos no
surgirá por si sola, sino que debe ser construida con el esfuerzo y la
determinación de los verdaderos ciudadanos.
Milenio Hidalgo Diario
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