Asistimos
al ocaso de la verdad. Basta con revisar los encabezados y las notas en los
principales portales informativos, periódicos y noticieros del país para
corroborar que la verdad parece una especie en extinción y que la mentira gana
espacios día con día dentro del discurso público.
Somos testigos del deterioro que sufre la verdad en
nuestros tiempos, cuando históricamente la mentira ha sido cuestionada
socialmente, al considerársele un defecto, un pecado, una enfermedad e
inclusive un delito.
Desafortunadamente, en la actualidad, al parecer, cualquiera puede
mentir en público impunemente, sin
el más mínimo atisbo de vergüenza por parte de quien proclama la mentira: se
dicen, se gritan a diestra siniestra, falsedades de toda clase.
Tan solo con revisar tres casos recientes se pone de
manifiesto el grado de penetración que ha tenido este fenómeno en la corteza
social, invadiendo prácticamente todos los espacios de nuestra sociedad. Primero, tenemos el caso de un cardenal
de la Iglesia Católica, que sale a mentir descaradamente al acusar de
corruptos, sin pruebas y sin reparo alguno de la veracidad de sus dichos, al
jefe de Gobierno del Distrito Federal y a los ministros de la Suprema Corte de
Justicia de la Nación.
Otro ejemplo es el caso del ejército mexicano, el
cual ha sido señalado en dos ocasiones recientes por la Comisión Nacional de
Derechos Humanos de falsear sus versiones sobre la forma en que se
desarrollaron dos de sus acciones en contra del crimen organizado que tuvieron
lamentables consecuencias: la muerte de los niños Almanza en Tamaulipas y la de
los estudiantes del Tecnológico de Monterrey.
Por último —y aunque sea quizás de menor importancia
aunque no menos revelador de hasta qué ámbitos ha llegado la práctica de
sostener falsedades públicamente sin ningún atisbo de vergüenza— está el caso
del deportista que, después de habérsele comprobado clínicamente un dopaje
positivo durante los Juegos Centroamericanos, convoca a una conferencia de
prensa para declarar a todo pulmón que es inocente, que reconoce que esa
sustancia está presente en su organismo, pero que no tiene la menor idea de
cómo llego ahí.
Son tres piezas del mosaico gigante de la falsedad en
la que se ha convertido la adulterada comunicación existente en los espacios
públicos de nuestra sociedad, son piezas que cobran aún mayor relevancia cuando
observamos que se refieren a instituciones que históricamente han gozado de los
más altos niveles de confianza por parte de la población, como son la milicia y
el clero.
En este punto de la reflexión quisiera destacar las
razones del por qué el imperio de la mentira es algo indeseable en una
sociedad, más allá de dogmas religiosos o convencionalismos sociales, la
mentira atenta contra uno de los pilares de todo grupo social que es la
capacidad para comunicarse efectivamente.
La comunicación existe en esencia para permitir el
intercambio de información entre dos entes, por lo que al proporcionar de forma
intencional información falaz se desinforma a la contraparte y con ello se
pervierte el objeto de la comunicación que es brindarle cohesión al grupo social.
Por tanto, el hecho de que con una mayor asiduidad el
discurso público se utilice como forma de engaño debería de significarse como
uno de los principales retos a los que se enfrenta una sociedad, pues más allá
de considerar a la mentira como un hecho anecdótico de la vida pública, se
debería de condenar ampliamente su existencia al poner en riesgo la base sobre
la que descansa el comportamiento social, que es la confianza en los demás.
En este escenario, ni siquiera la mentira se proclama
como ganadora del discurso público, pues la verdadera triunfadora es la
incertidumbre, al no saber ni qué, ni en quién creer, la suspicacia se apodera
de nosotros, convirtiéndonos de pronto en una sociedad enferma, paranoica, que
desconfía de todo y de todos, que no tiene verdades a las cuales asirse.
De esta forma, no es raro que en muchas ocasiones se nos presenten dos o más versiones de un mismo hecho, es decir, existen muchas verdades para una sola realidad, de las cuales terminamos eligiendo aquella que más se ajuste a los esquemas mentales generados por nuestras filias y nuestras fobias.
Por ello, es que entre muchas otras causas, la mentira es un obstáculo para la construcción de acuerdos en la sociedad, pues a su natural complejidad le agrega la construcción de visiones deformes de la realidad, las que al confrontarse se constituyen como murallas infranqueables cimentadas en la convicción de estar defendiendo a la verdad de quienes las comparten.
Milenio Hidalgo Diario
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Twitter @AlonsoHuerta