Aquí todo
va de mal en peor. La semana pasada se murió mi tía Jacinta, y el sábado,
cuando ya la habíamos enterrado y comenzaba a bajársenos la tristeza, comenzó a
llover como nunca.
Es que somos muy pobres, Juan
Rulfo
La
queja se ha convertido en el pasatiempo nacional. Existe la impresión de que
nada genera tanta empatía como el verter quejas sobre todo y sobre todos. Nos
quejamos constantemente de nuestra situación, de la crisis económica, de la
actuación de nuestros políticos, del tiempo, del desempeño de la selección
nacional de fútbol, de los vecinos, de nuestro trabajo y así podríamos seguir
inventariando una interminable lista de todos los causantes de nuestros
lamentos.
Nos confirmamos como una sociedad de quejumbrosos:
parece que estamos condenados a prolongar indefinidamente el hábito nacional de
la lamentación. La queja se sigue arraigando en la idiosincrasia nacional de
forma aciaga, dado que en ella subyace la eterna evasión de la responsabilidad
por ser lo que somos.
Debemos
estar plenamente concientes de que más allá del efecto catártico que produce,
al quejarnos lo que en verdad se busca lograr es asumirse como victima de las
circunstancias y confirmar la incapacidad para cambiar nuestro propio
destino.
Tal y como lo retrata Juan Rulfo en el cuento que ha
servido de epígrafe, parece que siempre estamos al acecho de la próxima
desgracia, que la única forma de justificar nuestra condición es a partir de
los infortunios a los que nos enfrentamos —en ese caso la tempestad— y que las
oportunidades perdidas —la vaca como símbolo de la esperanza para alcanzar un
futuro mejor— se explican solamente por la condición de pobreza que sufren los
protagonistas. La frase que da
título al relato parece una queja, pero más que un lamento es una justificación
del por qué se está en esa circunstancia, a la vez que es la causa que explica
la resignación del que se sabe sentenciado a permanecer por siempre en esa
condición.
La resignación derivada de esa posición de
indefensión ante el entorno es lo más preocupante en el uso permanente de la
queja como explicación de la realidad.
En virtud de que a partir de ella se toma una posición pasiva ante los
problemas y dificultades, desplazando constantemente hacia terceros la
necesidad de enfrentarlos y resolverlos.
Esta práctica tiene cabida también en las cúpulas del
poder, donde observamos como
empresarios, políticos y líderes sociales utilizan recurrentemente a la queja
como una forma de cuestionar el desempeño de sus oponentes y explicar su
contribución al fracaso en el logro de los objetivos esperados en las materias
que están bajo su responsabilidad.
Así es que vemos el caso de que si una aerolínea debe
declararse en quiebra los accionistas argumentan, se quejan, que ello se debe a
los altos salarios que pagan, a la elevada competencia que enfrentan y a los
costosos precios de los combustibles que deben cubrir para operar. Por supuesto
que no se debe a su incapacidad para gestionar adecuadamente una empresa en un
entorno hostil, se debe a que los astros se alinearon en su contra para
impedirles alcanzar el éxito comercial esperado.
Observamos también que si los festejos del gobierno federal para
celebrar el bicentenario del inicio de la lucha por la independencia son un
ejemplo de mala organización y carecen totalmente de interés entre la
población, su coordinador lamenta que esta situación se deba a la mezquindad de
las personas por no entusiasmarse en la medida esperada con los actos
programados.
La queja se consolida como el medio más efectivo para
la expiación infértil de todas las culpas de nuestro país y con ello, acabamos
por negarnos cualquier oportunidad para cambiar nuestra realidad. Sin embargo,
esta situación podría ser revertida si se lograse cambiar el enfoque negativo
de esta actitud: la queja se justifica si sirve para llamar la atención en una
situación que deseamos arreglar
Por lo que podríamos aprovechar nuestra natural
tendencia a la lamentación al utilizar la queja como la base del análisis a
partir del cual se formulen propuestas dirigidas a resolver la situación que
suscitó la fuente de la queja: una vez centrados en una problemática deberíamos
ser capaces de identificar, crear e implementar una solución.
Debemos recuperar la conciencia de que gran parte de
nuestro destino está en nuestras propias manos, que nuestro estado actual es
producto de nuestras actuaciones, decisiones y omisiones pasadas, que de nada
nos sirve quejarnos y regodearnos de nuestra mala estrella sino hacemos nada
para modificar la realidad. Se
debe cambiar el papel de víctima de la tragedia por el de héroe de la épica, o,
mejor, por el del sujeto responsable ante el devenir cotidiano, dejar de ser
una sociedad de quejumbrosos para ser una sociedad de entusiastas propositivos:
debemos aceptar las copiosas lluvias, enfrentar las crecientes del río y actuar
para superar la anegación.