Los Quejumbrosos
Sociología | 29/03/2011

Aquí todo va de mal en peor. La semana pasada se murió mi tía Jacinta, y el sábado, cuando ya la habíamos enterrado y comenzaba a bajársenos la tristeza, comenzó a llover como nunca.

Es que somos muy pobres, Juan Rulfo

 

 

La queja se ha convertido en el pasatiempo nacional. Existe la impresión de que nada genera tanta empatía como el verter quejas sobre todo y sobre todos. Nos quejamos constantemente de nuestra situación, de la crisis económica, de la actuación de nuestros políticos, del tiempo, del desempeño de la selección nacional de fútbol, de los vecinos, de nuestro trabajo y así podríamos seguir inventariando una interminable lista de todos los causantes de nuestros lamentos.

 

Nos confirmamos como una sociedad de quejumbrosos: parece que estamos condenados a prolongar indefinidamente el hábito nacional de la lamentación. La queja se sigue arraigando en la idiosincrasia nacional de forma aciaga, dado que en ella subyace la eterna evasión de la responsabilidad por ser lo que somos.

 

 Debemos estar plenamente concientes de que más allá del efecto catártico que produce, al quejarnos lo que en verdad se busca lograr es asumirse como victima de las circunstancias y confirmar la incapacidad para cambiar nuestro propio destino. 

 

Tal y como lo retrata Juan Rulfo en el cuento que ha servido de epígrafe, parece que siempre estamos al acecho de la próxima desgracia, que la única forma de justificar nuestra condición es a partir de los infortunios a los que nos enfrentamos —en ese caso la tempestad— y que las oportunidades perdidas —la vaca como símbolo de la esperanza para alcanzar un futuro mejor— se explican solamente por la condición de pobreza que sufren los protagonistas.  La frase que da título al relato parece una queja, pero más que un lamento es una justificación del por qué se está en esa circunstancia, a la vez que es la causa que explica la resignación del que se sabe sentenciado a permanecer por siempre en esa condición. 

 

La resignación derivada de esa posición de indefensión ante el entorno es lo más preocupante en el uso permanente de la queja como explicación de la realidad.  En virtud de que a partir de ella se toma una posición pasiva ante los problemas y dificultades, desplazando constantemente hacia terceros la necesidad de enfrentarlos y resolverlos.

 

Esta práctica tiene cabida también en las cúpulas del poder, donde  observamos como empresarios, políticos y líderes sociales utilizan recurrentemente a la queja como una forma de cuestionar el desempeño de sus oponentes y explicar su contribución al fracaso en el logro de los objetivos esperados en las materias que están bajo su responsabilidad.

 

Así es que vemos el caso de que si una aerolínea debe declararse en quiebra los accionistas argumentan, se quejan, que ello se debe a los altos salarios que pagan, a la elevada competencia que enfrentan y a los costosos precios de los combustibles que deben cubrir para operar. Por supuesto que no se debe a su incapacidad para gestionar adecuadamente una empresa en un entorno hostil, se debe a que los astros se alinearon en su contra para impedirles alcanzar el éxito comercial esperado.

 

  Observamos también que si los festejos del gobierno federal para celebrar el bicentenario del inicio de la lucha por la independencia son un ejemplo de mala organización y carecen totalmente de interés entre la población, su coordinador lamenta que esta situación se deba a la mezquindad de las personas por no entusiasmarse en la medida esperada con los actos programados.

 

La queja se consolida como el medio más efectivo para la expiación infértil de todas las culpas de nuestro país y con ello, acabamos por negarnos cualquier oportunidad para cambiar nuestra realidad. Sin embargo, esta situación podría ser revertida si se lograse cambiar el enfoque negativo de esta actitud: la queja se justifica si sirve para llamar la atención en una situación que deseamos arreglar

 

Por lo que podríamos aprovechar nuestra natural tendencia a la lamentación al utilizar la queja como la base del análisis a partir del cual se formulen propuestas dirigidas a resolver la situación que suscitó la fuente de la queja: una vez centrados en una problemática deberíamos ser capaces de identificar, crear e implementar una solución.

 

Debemos recuperar la conciencia de que gran parte de nuestro destino está en nuestras propias manos, que nuestro estado actual es producto de nuestras actuaciones, decisiones y omisiones pasadas, que de nada nos sirve quejarnos y regodearnos de nuestra mala estrella sino hacemos nada para modificar la realidad.  Se debe cambiar el papel de víctima de la tragedia por el de héroe de la épica, o, mejor, por el del sujeto responsable ante el devenir cotidiano, dejar de ser una sociedad de quejumbrosos para ser una sociedad de entusiastas propositivos: debemos aceptar las copiosas lluvias, enfrentar las crecientes del río y actuar para superar la anegación.

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