La enfermedad de un gobernante en un
mundo normal es un hecho también normal, ninguna actividad productiva es
afectada. Los gobiernos son los primeros interesados en disipar cualquier
elemento de ingobernabilidad e incertidumbre que la enfermedad del gobernante
pudiese causar en la economía, así como en otros asuntos privados y públicos.
En esos normales entornos los poderes se encuentran en franco balance
constitucional para, entre otros, cubrir eventualidades como esas, inclusive
hasta la falta absoluta del gobernante. El interés fundamental de los poderes
públicos es asegurar un “business as usual”, por lo que el transcurso de la
vida diaria en una nación no se detiene.
Solo una condición, además de las
institucionales, es necesaria y suficiente para que ello ocurra: en democracia los ciudadanos están informados de cuanto ocurre y
evaluar si el gobernante está o no incapacitado para ejercer sus funciones.
Este no es el caso de lo que hoy ocurre en Venezuela, un país, con mala calidad
y un rol pervertido de unas instituciones y poderes públicos que convergen
-como consecuencia de una revolución política violenta, legalizada por
perversión de la jurisprudencia y violación de la constitucionalidad- en un
poder hegemónico y centralista; no califica con la “normalidad” institucional
mencionada en el párrafo anterior para administrar con éxito la enfermedad del
Jefe del Estado y sus potenciales efectos en la vida ciudadana, sus actividades
fundamentales económicas y sus cosas familiares, así como la relación con el
Estado y gobierno.
La
“parábola” entre enfermedad y elección: ingenuidad estadística
La primera condición – información libre y formal-
no se cumple, los venezolanos no poseemos información oficial documentada y
depositada en los poderes públicos que certifique que el Presidente está bajo
tratamiento médico, excepto la que el trasmite informalmente en sus cadenas y
que se emite con elevado contenido político aprovechando sin rubor cierto
sincretismo cultural del venezolano, lo cual es absolutamente perverso. Por lo
tanto y por inducción del propio discurso político, un hecho normal como una
enfermedad, ha alcanzado niveles de paroxismo político y polarización. La
“cultura” del venezolano que en las peores condiciones lo dota para
desearle, hasta al enemigo, rápida recuperación y mejora en su estado de salud,
ha sido perturbada en lo que pudiéramos asimilar con el teatro del absurdo, a
lo Ionesco, para aceptar un hecho absolutamente normal como una enfermedad del
Jefe del Estado.
Gobierno y partido en función de
objetivos electorales no escatiman recurso alguno para polarizar el impacto de
la supuesta enfermedad, y hasta empresas de opinión pública actuando como
grupos de interés y presión aliñan la controversia creándose una especie de
“parábola” entre enfermedad y favoritismo electoral con fuerte penetración
mediática, donde se juega políticamente sin escrúpulos con la ingenuidad de las estadísticas (correlaciones espurias) la relación
entre el evento de salud y los chances electorales del presidente. Así, la
opinión pública se ha dividido en torno a creer o no la enfermedad del
Presidente, más allá de los rasgos externos. Si el Presidente está enfermo
merece cura y descanso, y el país debe minimizar los costos relacionados.
Por lo tanto y en relación al
desorden institucional causado durante todos estos años por la misma
acción del gobierno en su agenda revolucionaria de violencia política
institucionalizada dirigida a acabar con la economía privada y que ha
descapitalizado la capacidad productiva de la gente y sus empresas con
expropiaciones, violaciones de contratos, mutilación del marco jurídico
que desestabiliza la actividad económica, se agrega este evento mal
administrado de la enfermedad presidencial, entre otros porque no se dispone
publica y oficialmente de información y certificación. Esta especie de teatro
del absurdo ha incrementado el grado de
incertidumbre y
sus efectos en la economía causando mayor stress a la salud económica de la
nación, con impacto negativo al consumo, inversión y empleo.
Esa incertidumbre se manifiesta
en compras nerviosas, incremento en el efectivo circulante en manos del público
y distorsión de la liquidez monetaria, parálisis en proyectos de inversión,
desempleo, y desde luego contracción de la actividad económica. Los indicadores
económicos a nivel microeconómico de estas últimas ocho semanas muestran esos
efectos perversos causados por ese entorno de ingobernabilidad.
Los
impactos en la economía
Y suma al estado de anormalidad de la
actividad económica en estos años donde se siente los efectos perversos de la
descapitalización de la economía inducida por agenda política en estos diez
años y cuyas consecuencias son tangibles en los anaqueles de los mercados que
muestran escasez orgánica y crónica de bienes de primera necesidad,
creciente desempleo (subempleo), deficiencias extremas y suspensión
de servicios públicos, electricidad y el del deterioro continuo de la
infraestructura vial, con un parque automotriz mostrando una obsolescencia de
más de 10 años, un parque aéreo del cual en los últimos días se ha podido
observar los efectos de la descapitalización de ese sector; por deterioro
del plantel educacional, de salud, de seguridad ciudadana; de desbordada
inseguridad personal y de cuerpos de seguridad impedidos por cientos de razones
políticas de cumplir su oficio de velar por la integridad ciudadana.
La variable política fundamental
“el control de cambio” declarado por el Presidente en Enero del 2003 como
“un control político” muestra un férreo racionamiento de divisas tanto en
CADIVI, donde el Estado y el gobierno ya son el primer demandante y con
privilegios para importar bienes y servicios> en ese mismo estado de
perversión se muestra en el mercado de valores SITME donde a través de swap es
posible vía subastas y vía arbitraje adquirir algo de divisas pero a un precio
mayor en 25% que del dólar-CADIVI. Ello es indicativo que tenemos en curso una
severa crisis de balanza de pagos, aun con un precio del petróleo a 85$/barril,
pero que se agudizaría dado el entorno recesivo que parece apoderarse de la
economía mundial. Las reservas internacionales apenas para cubrir unos cuatro
meses de importación, y en una economía donde una arepa hoy se construye con
las dos terceras partes de insumos importados, la vulnerabilidad por balanza de
pagos es evidente. El impacto lo vemos en escasez e inflación, fenómenos que
tienden a agudizarse, vista las angustias económicas internacionales que
señalan un “retorno” a una recesión o estancamiento, y que ya muestra una caída
de un 18% en los precios del de sus máximos de fines del invierno. Pero
las cosas no terminan allí, las demandas por reparos contra Venezuela por la
masiva violación de contratos que el gobierno revolucionario ejecuto en estos
años y que llevo a la estatificación forzada y otras acordadas, de
grandes proyectos y empresas en la industria petrolera , en el cemento, en el
oro, por expropiación de empresas procesadoras de café y alimentos, así
como las expropiaciones de tierras y proyectos agropecuarios a venezolanos y residentes
han constituido una deuda “contingente” que podría alcanzar los 25000 millones
de dólares. La revolución sin duda alguna ha puesto al país y a la
economía de los venezolanos, incluyendo infraestructura y empresas públicas
(CVG por ejemplo) al borde de una ruina.
Esa es una parte de la verdad, la
otra es una especie de paradoja, que por los momentos denomino la paradoja
china, que representa una economía con un crecimiento promedio mayor al 8% en
20 años, que ha ido conectado a un proceso de (des)ocialización paulatina, con
grandes barreras, por la naturaleza mercantilista que el modelo económico ha
tomado en los últimos anos, que ha vaciado el inmenso ahorro externo sobre el
llamado sector socialista -estatal. Así, la banca estatal china muestra signos
típicos de una sociedad mercantilista donde los recursos son asignados en
relación a los incentivos de la casta burocrática del PCCH que toma las
decisiones económicas aguas abajo. El resultado ha sido una deuda pública de un
75% del PIB que es contraída por el sector estatal que es apenas el 33% del PIB
total chino. Una bomba atómica financiera pudiera estar activándose en China si
las reformas económicas en lo financiero y en lo económico no avanzan con la
velocidad que lo requiere la transformación económica. Una crisis bancaria
china, seria de pronósticos reservados, sobre todo en Asia.