Mujer, cumbre, llanura, tempestades y
arcoíris, todo al unísono y en una misma cuerda tensada hacia la eternidad, en
la cual es preciso hallar los equilibrios y muy pocos alcanzan a entender esa
alquimia de piel y asomos a lo intangible, que forman el alma de una mujer.
Es una columna de la cual puedes afirmarte para ponerte de pie, es la misma
fortaleza dócil y flexible que te circunda protectora para dejarte instalado en
la libertad y la autonomía. A partir de allí es necesario abrir los sentidos a
las dimensiones de la pasión y sus artilugios.
Tratar de construir mundos en medio de
la compleja y hermética conjunción de miradas que lleva el decir femenino, para
tratar de apaciguar su ira, provocar sus risas y sus fantasías, pero en el
juego ellas son más agudas y perceptivas, por lo que terminas ingenuamente
enseñoreando perfiles torpes que no dan cuenta de las muchas veces que ellas
fueron y volvieron, riéndose del ridículo mortal que pretendía seducirlas y fue
maniatado a la pasión calculada de la mujer que decidió efectivamente un futuro
asociado. Ingenuo líder superado por la sutileza de la piel ardiente, del
llanto oportuno y de las palabras cruzadas en un crucigrama ininteligible.
Ellas van adelante siempre y simulan
seguirnos, pero las señales son hábilmente colocadas por sus encantos y sus
juegos. La mujer que decidió tenerte, te da hijos, te soporta, te apoya, te
hace crecer, fluye contigo en el amor intransigente y sabe castigarte cuando
yerras, con memoria de elefante guarda tus fallas y las despliega cuando tú ya
las olvidaste, sin mala intención, simplemente porque no tienes esa capacidad
de ellas de llevar morrales de ira dosificada, a utilizar cuando sea necesario.
Cuando todas esas etapas se han quemado
y recién tu madurez se empareja con su aguda inteligencia, comienzas a ser
efectivamente codueño de tu futuro, pero recién asumes que ella ha sido la
organizadora de todo y te entregas sumiso y humilde a esa suerte de que te haya
elegido y vaya a tu lado iluminando lo que nuestra torpeza impide ver, más allá
de las tonalidades que ella domina y el sexto sentido que habitualmente las
acompaña y las alerta, aunque muchas veces no le hayamos hecho caso y tuvimos
que lamentarlo.
Son nuestras hembras, adelantada
ecuación que nos complementa y proyecta a la vida, una enredadera que cala
nuestro venario y se inserta en nuestro corazón como imprescindible motor de
cada día. Mujer definida para conducir al hombre a la felicidad o al mayor de
los calvarios, con la misma piel, la misma boca y la misma mente. Es un arma
que debes aprender a llevar, es un instrumento que debes saber mantener afinado
y envuelto en terciopelos de ternura siempre. Es la mujer, toda la mujer y por
eso la saludamos resignados y felices de ser parte de su vida, si no su vida
misma.
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Periodismo Independiente, 6 de marzo de 2013. @hnarbona en Twitter
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