Guerra de Malvinas, clase 64
Ciudadanía | 02/04/2012

Guerra de Malvinas, clase 64

Es de la clase 63, lo conocí unos meses antes de la Guerra de Malvinas. Es el hombre que me dió un hijo maravilloso . Estaba incorporado a prefectura aquel 2 de abril de 1982. Su destino fue puerto argentino. Participó de una u otra manera en aquel conflicto bélico, con apenas 18 ó 19 años hasta la rendición de las Fuerzas Armadas lideradas por el Gobierno de facto de Leopoldo Galtieri que lejos estuvo de marcar el final del combate.
Mi combate comenzó, cuando volvió a Concepción del Uruguay no era el mismo. Al principio de su vuelta volvía a nuestra ciudad natal una vez al mes, siguió en prefectura luego de la guerra, su vuelta luego fue espaciando. Su pensar no era el mismo, estaba lleno de traumas.
Quedé embarazada, y él desapareció. Es como si la guerra no le permitió hacerse de responsabilidades. Yo me aferré a la Fe como siempre. Colaboraba en una pequeña Capilla San José, de la obra de Don Bosco de la ciudad y así pasó el tiempo. Conocí a quien es hoy mi marido y me vine a vivir a Campana con quien tuve un hijo hermoso y otro del corazón.
En aquel 1982 estaba cursando el profesorado, semanas no tuvimos clases porque justamente soy clase 64 y muchos compañeros habían dejado la realización del servicio militar para cuando terminaran la secundaria y se encontraban algunos en la frontera, otros combatiendo y otros en puerto argentino.
Fui de las que solidariamente cooperé con la mayor colecta de oro en la historia argentina para reforzar el armamento para proteger a los soldados del hambre y del frío.
Con los años descubrí que estos fondos fueron transferidos a cuentas de las Fuerzas Armadas. El oro se fundió y se subastó. Las bufandas, las cartas, los chocolates terminaron en la basura.
Los alimentos que donaron se prepararon medio millón de raciones, pero no llegaron a las trincheras. Fueron llevados en containers cerrados y custodiados hasta Comodoro Rivadavia, pero quedaron varados al costado de la pista de aterrizaje. No cruzaron a las islas porque ni los barcos de la Armada ni los aviones de la Fuerza Aérea los transportaron. Se dilapidó el esfuerzo de 35 mil voluntarios que trabajaron durante 9 días, sin descanso, para embalar la mercadería. Allí estaba yo. Siempre fui solidaria y colaboradora.
La guerra dejó como saldo 649 muertos argentinos, pero de regreso al continente más de 1.500 veteranos incluidos en el sistema de pensiones del Estado fallecieron, muchos debido a enfermedades o porque se quitaron la vida.
La guerra a mí me marcó. Seguí caminando sola junto a mi hijo. Terminé la carrera, agradecida a mis padres. Agradecida a Miguel, mi marido que conociendo toda mi historia de dolor, él viudo, me empujó que siga estudiando, a mí me gusta aprender, soy curiosa, él es un gran compañero y el amor de mi vida. Adoptó a mi hijo como suyo, y hoy me acompaña en cada proyecto o cada meta que me propongo. La guerra es palabra callada en casa porque hay dolor. 30 años de dolor.

Beatriz Martinez de Valerio
Escritora por la Paz

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