Por Jesús Salamanca Alonso / Juan Vicente Herrera está que trina por las faenas recibidas desde el Gobierno central. Primero por las injusticias cometidas por el estúpido integral del Ministerio de Hacienda, señor Montoro. Después por la falta de apoyo ante los temas de interés para Castilla y León. Posteriormente por la desidia de la vicepresidenta, Sáenz de Santamaría, para acudir allí donde Herrera Campo precisaba apoyo. Y, por si no era suficiente, ha recibido una bofetada desde el Ministerio de Industria: José Manuel Soria –ministro de la cosa– le ha ninguneado y le ha hecho perder tiempo con el proyecto sobre la minería; un proyecto que ni siquiera ha visto la luz, después de muchos meses de marear la perdiz y no darla de comer. Pero hay más cuestiones.
El caso es que tanto granito retirado ha acabado por minar la montaña de las ilusiones. Juan Vicente Herrera, que es muy listo, aunque esté rodeado de imbéciles, ha explotado. A día de hoy, nadie sabe si se va a presentar a la investidura para presidente de la Junta de Castilla y León, o no lo va a hacer. El vaso de su paciencia ha rebosado y no está dispuesto a soportar impertinencias de la gente de su propio partido.
Lo mejor de todo ese abandono, por parte de la colección de miserables y aprovechados que Mariano Rajoy tiene en su Gobierno, ha sido el apoyo que Herrera ha encontrado en Rosa Valdeón Santiago, todavía alcaldesa de Zamora, pero por muy pocos días. ¡Qué gran vasalla ha demostrado ser al lado de todo un señor como Juan Vicente Herrera!
Los analistas políticos estamos convencidos de que Herrera Campo tendrá un buen apoyo por parte de ella y eso hará que –no tardando– podamos verla como presidenta de la comunidad de Castilla y León. Y todo ello a pesar de las insensateces de Cospedal, Fernández Mañueco, Maíllo, Montoro, Soria…. y demás esperpentos que se meten en inútiles guerras, con tal de que se hable de ellos, aunque sea mal.
Todas esas ‘moscas cojoneras’ que he citado me recuerdan a Belén Esteban (dicho sea con el respeto a esta señora) quien gusta ser el niño en el bautizo, la novia en la boda y el muerto en el entierro.
En fin… “¡Joder, qué tropa!”, que diría el conde de Romanones.