Progresismo desde la
visión cristiana.
¿Por qué aceptar que se arroguen la calidad de progresistas,
sectores que han hecho suyo el materialismo neoliberal, convirtiéndose en
obsecuentes administradores de ese modelo?
¿Por qué aceptar el relativismo moral que impone el pseudo
progresismo?
Las respuestas exigen revisar los principios doctrinarios
que le dan vigencia y urgencia a una visión cristiana de sociedad, con un
enfoque autocrítico y ecuménico.
La evolución
histórica, algunos hitos.
A partir del Concilio Vaticano II, participaron en los
movimientos de cambio social, representando el catolicismo liberal, que
reafirmaba el compromiso cristiano con los pobres. Cuando se incorporan a
competir por las vanguardias sociales lo hacen esgrimiendo una utopía cristiana
de justicia social y de democracia. La verdad histórica ha mostrado que esa
utopía de revolución en libertad estuvo manipulada por intereses conservadores
y foráneos, como una forma de frenar el ascenso de los frentes populares, en el
contexto de la guerra fría. Así, los cristianos progresistas llegaron a
participar junto a los marxistas, en los cambios sociales de la segunda mitad
del siglo veinte, lo cual fue para esos sectores caminar una huella empinada,
bordeada de acantilados y que representaba un desafío doctrinario muy difícil
de aceptar por los sectores conservadores de la Iglesia Católica.
Bajo la conducción del Papa Juan Pablo II se les quitó el
piso a los cristianos por el socialismo. La reacción conservadora al interior
de la Iglesia debilitó la doctrina de compromiso social por los pobres. Los
curas cercanos a los obreros y pobladores, especialmente después de la reunión
episcopal de Medellín de 1968, se debilitaba, perdía respaldo y los Obispos
latinoamericanos que apoyaron el progresismo dentro de la Iglesia, fueron
directamente excluidos por la jerarquía vaticana.
Por otra parte, la atracción de los planteamientos
materialistas del marxismo fue pesando, y muchos cristianos progresistas, en
definitiva, perderían su identidad original. Es lo que le ocurrió a muchos
dirigentes de base, escindidos de la Democracia Cristiana, que abrazaron el
análisis marxista y fueron olvidando o descuidando el aporte valórico que
debían realizar como cristianos para un sistema social más justo.
Durante los 16 años de régimen militar, el aporte de los
cristianos fue importante. Hubo jerarcas de la Iglesia que bendijeron el golpe
y a los victimarios, mientras otros se alineaban en defensa de los derechos
humanos. Al interior de la Iglesia chilena, un amplio sector mantuvo una acción
de protección y defensa efectiva de los perseguidos. En los primeros días del
golpe, mientras muchos políticos cristianos adherían al “pronunciamiento
militar” y entregaban las joyas de la familia para la “reconstrucción
nacional”, hubo un puñado de valientes que presentaron un histórico primer
recurso de amparo por las víctimas de las acciones represivas de la Junta
Militar. En efecto, el 15 de septiembre de 1973, la Corte de Apelaciones de
Santiago rechazó el primer recurso de amparo desde el golpe, presentado por el
demócratacristiano Bernardo Leighton, en defensa de los dirigentes detenidos de
la Unidad Popular. Este instrumento legal resultó ineficaz para proteger
adecuadamente los derechos de las personas aprehendidas durante los años
1973-90.
Esa señal de consecuencia con sus principios de algunos
líderes demócrata cristianos, fue tal vez un gesto histórico trascendente, que
tendió puentes de cooperación para recuperar las confianzas en la larga marcha
por la recuperación democrática. El 6 de octubre de 1973 se creó el Comité para
la Paz, un grupo ecuménico cuyo objetivo era la defensa de los derechos
humanos, que apuntaba a atender las necesidades de aquellos chilenos que,
“debido a los últimos acontecimientos políticos, se encuentren en grave situación
económica o de desmedro personal". El Comité, precursor de la Vicaría de
la Solidaridad, se planteó como una alternativa a la declaración de estado de
guerra que hizo la Junta Militar en su Decreto Ley Nº 5, proponiéndose proteger
la vida de los perseguidos por el régimen militar, buscar la liberación de los
presos políticos y ayudar al creciente número de exonerados.
Durante los ochenta, los cristianos tomaron su lugar en las
movilizaciones sociales y muchos sacerdotes mártires, marcaron esa época de dura
represión.
El abandono de las
utopías
En el umbral de los noventa, se produjo el retorno de los
“aggiornados socialistas” desde Europa, trayendo una visión social demócrata de
tendencia liberal. El antiguo sector marxista, tras la caída de la URSS,
renunciaba al estatismo y no era capaz de redefinir una utopía distinta de
sociedad. Pero, tampoco los sectores de visión cristiana fueron capaces de
colocar en los gobiernos de la Concertación una orientación que apuntara a un
sistema distinto, imbuido de los principios del humanismo, del cooperativismo y
de la organización social participativa, cuyas bases se aplicaron en la
Promoción Popular durante el gobierno de Eduardo Frei Montalva.
En la recuperación democrática se pactó una “transición
garantizada” con acuerdos entre las cúpulas políticas de la Concertación y de
las fuerzas que integraban el gobierno militar, en lo que constituyó un retiro
programado para el ex dictador. Se impuso así una “política de cúpulas”,
alejada de esa civilidad que había protagonizado la apertura democrática con
sus movilizaciones. Paulatinamente, los partidos se alejaron de los vectores
marcados por la izquierda o la derecha, convirtiéndose en instrumentos para
alcanzar cuotas de poder.
Las auto denominaciones de progresistas, centro, centro
derecha o centro izquierda, no pasan de ser etiquetas superficiales de
marketing electoral, que no contienen posiciones claras acerca del tipo de
sociedad que se propone al país.
¿Cuál sería una
visión cristiana progresista en la política actual?
Rescatando una doctrina plenamente vigente, la visión
cristiana manda rechazar los materialismos de cualquier signo. En estos
términos, plantearse por un nuevo modelo de sociedad es imperativo ya que
significa ir contra el pecado social que representa el modelo neoliberal
actual, concentrador de la riqueza y generador de una mayor desigualdad social.
Pero, además de esta premisa general, es necesario señalar que la actuación del
cristiano en política debe ser de compromiso profundo con los valores de
humanidad que manda la fe cristiana y que llevan ineludiblemente a la justicia
social. En esta línea de consecuencia, todas las decisiones políticas deben
respetar, al hombre, la vida, el bien de la comunidad, la integridad moral, el
respeto a la naturaleza como orden de Dios, y el beneficio social.
En todas las discusiones de un orden democrático, los
cristianos deberían actuar al trasluz de su convicción, sin intolerancias, pero
con firmeza y claridad en materia de principios. Los temas valóricos se
constituyen en elementos fundamentales para la actuación política y social de
un cristiano, cualquiera sea el rol que le toque vivir, como padres, como
trabajadores, como estudiantes, como funcionarios del Estado, como
representantes populares o como militantes de los diferentes partidos
políticos.
En nuestra sociedad el relativismo moral ha llevado a
planteamientos que un cristiano no puede admitir y que debilitan la familia,
tales como, los fundamentalismos de género, la eutanasia, el aborto no
terapéutico, los matrimonios homosexuales con adopción de hijos, el tráfico de
influencias y la corrupción en general. Una visión de principios busca oponerse
a la práctica avalórica que ha implantado el pragmatismo.
Periodismo Independiente, 25/06/2006