EMPATÍA
Vicente Adelantado Soriano
No obstante, la historia es, o debería ser, una combinación sutil de imaginación empática y análisis crítico1.
Keith Hopkins, Un mundo lleno de dioses.
-A mí -me dijo sonriendo en tanto me enseñaba la etiqueta de la botella de vino- me dan un poco de risa esas manadas de personas que, con o sin auriculares, van detrás de un guía, con un paraguas abierto o una gran mano de cartón para que nadie se pierda. Ignoro si se enterarán de las explicaciones del guía. Y si éstas tendrán algún valor o serán historias para no dormir.
-De algo se enterarán -apunté observando cómo descorchaba la botella-. Caso contrario, no contratarían esas visitas guiadas. Y sí, alguna tontería soltarán.
-¿Ha participado usted en alguna?
-No. Yo prefiero ir a mi aire, sin que nadie me diga lo que tengo que ver o dejar de ver.
-Así -afirmó sonriendo- se le escaparán muchas cosas.
-Es posible. Pero siempre resulta un poco absurdo pretender ver todo lo de una ciudad y sus monumentos en un solo viaje. Sí, se me escapan muchas cosas; pero voy tranquilo y me detengo en aquello que me interesa. Dejo volar la imaginación. Y no me molesta nadie con sus palabras o risitas. Silencio. Un agradable silencio.
-La verdad es que viendo a esas manadas de personas, o a algunas que van por libre, no dejo de preguntarme para qué van a visitar ciudades y monumentos. Tal vez para hacerse la foto…
-Eso mismo me pregunté yo en tanto visitaba unas termas romanas. Y la respuesta me la dio una guapa señorita que estaba al cuidado de una parte del viejo edificio: “Se enteren o no se enteren -dijo- está muy bien que vengan: los monumentos como éste exigen restauraciones; y, además, se siguen haciendo excavaciones. Todo lo cual, como comprenderá, cuesta dinero. Que vengan pues, y que paguen”.
-No había caído en el detalle -dijo tras apurar su copa. Yo, la verdad -añadió- no soy muy dado a visitar piedras y ciudades. Tampoco soy de ir, como hacían algunos de mis amigos, a la casa de tal o cual autor. No sé lo que esperaban encontrar allí. Siempre les decía lo mismo: están en sus libros, no entre las paredes que habitaron.
-Yo sí que soy dado a visitar ruinas y piedras, como dice usted. Me gusta hacerlo.
-Y eso ¿le ha servido de algo? ¿Ha salido usted de alguna de esas visitas sabiendo algo que antes no supiera, o conociendo mejor a los desaparecidos habitantes de esas ciudades?
-No lo sé. No obstante… No se lo sabría explicar. No puedo conceptualizarle si ha sido importante, o no, la visita a ciertas ruinas, ni porqué. Pero me he alegrado mucho de estar allí. Y volveré en cuanto pueda… A veces he tenido la impresión, todo lo falsa y errónea que usted quiera, de haber comulgado con sus antiguos habitantes. De haber captado algo que no está en los libros y sí estaba, perduraba, en sus viejas casas o templos.
-Evidentemente la historia, narrada aquí o allá, por éste o por aquel, lo hemos hablado en más de una ocasión, es una interpretación; y quizás tenga muy poco que ver con la realidad.
-Eso mismo se ha planteado con respecto a las ruinas. Y más sobre aquellas que han sido restauradas. Dicen que toda restauración es discutible. Por eso prefiero más ver los tambores de las columnas en el suelo que vueltos a montar… O las viejas casas sin retocar.
-Y al cabo de poco tiempo, querido amigo -dijo llenando las copas- estaría todo por los suelos, comido por las hierbas y desaparecido.
-Sí -afirmé- también lo he pensado en más de una ocasión. No queda pues sino una restauración cuidadosa y respetuosa… Ahora bien, no me pregunte cómo se hace eso porque no lo sé. Quizás lo ideal es lo que se hace, por ejemplo, con algunos mosaicos romanos: se deja en blanco aquellas partes desaparecidas o de improbable o dudosa ejecución.
-¿Y qué espíritu de los habitantes encuentra en una casa romana cuando, por ejemplo, entra en ella y falta medio mosaico, la pintura de las paredes ha desaparecido, y el mobiliario se pudrió o fue robado hace años?
-Me queda la empatía. Es difícil de explicar. De vez en cuando, y para eso se necesita ir solo, cuando entro en algún lugar donde vivieron nuestros antepasados, tengo la impresión de verlos moverse por allí, caminar, hablar entre ellos. Con la imaginación reconstruyo la casa, pongo los muebles en su lugar, y pinto las paredes. Y eso me llena de contento. No se lo puedo explicar de otra forma.
-¿Y no cree -preguntó inquisitivo- que esas empatías, como usted las llama, pueden ser tan falsas como la misma historia?
-No le digo lo contrario. Pero hay algo perdurable, que es, o me lo parece a mí, más cierto que cuanto se narra en un libro de historia o, y no digamos, en una pretendida novela histórica. Es, si me lo permite, penetrar en su mundo, en su intimidad. A veces lo consigo.
-Usted perdonará, pero no me parece una respuesta muy convincente.
-Porque tal vez estemos pagando las consecuencias de una mala educación. Me explico: conocemos los textos, sólo, y no lo olvide, de la aristocracia. Ni un esclavo, ni una mujer, ni un gladiador, nos han dejado sus memorias, o una carta, o alguna nota. Me parece, por lo tanto, una buena aproximación entrar en alguna domus en la cual pueda ver el cuchitril donde dormían los esclavos, o los cepos que les ponían para que no se escaparan…
-¿Y eso le hace sentirse más próximo a ellos?
-Viendo los cepos y los cuchitriles, los instrumentos para castigarlos, su pobre vajilla, me he preguntado en más de una ocasión, si ellos aceptaban la esclavitud, si la veían como una cosa normal. Si aceptaban la ideología de los senadores, el derecho de los poderosos a someter a los débiles.
-No me ha contestado. Pero da lo mismo. Sabe, por otra parte, que muchas veces el reprimido se convierte en represor. Y quizás muchos de esos esclavos soñaran con tener esclavos ellos a su vez. Quizás sea suficiente con conocer una ideología. Igual no había cabida para otras.
-Tal vez fuera así. Lo que me interesa es descubrir, y es imposible, lo sé, su mentalidad, su forma de ser y de pensar… Cuando veo esas cosas, cepos, espadas, utensilios de la vida cotidiana, y demás siento pena y tristeza. Y creo que, de alguna forma, me aproximo a ellos. Eso no lo logro con los libros.
-¿Está seguro de eso? -preguntó llenando las copas de nuevo-. A mí unos amigos me llevaron una vez a ver la casa donde falleció Azorín. La visita no me explicó nada. Todo lo contrario: me pareció que aquello nada tenía que ver con él. Azorín no estaba allí. Era una falacia.
-Tal vez estemos partiendo de presupuestos distintos. He creído notar, en más de una ocasión, el dolor de un esclavo, o la miseria de una prostituta... Le recomiendo que vea, que entre, mejor, en una de las estancias utilizadas por las prostitutas en Pompeya… que sostenga en sus manos uno de los cepos que le ponían a los esclavos…
-¿Y por qué no hacerse azotar como los azotaban a ellos?
-Por la sencilla razón -le respondí sonriendo- de que tampoco existen las prostitutas, y no puedo experimentar su contacto en el cuchitril, ni puedo beber el vino del momento… Todo tiene un límite, querido amigo, todo tiene un límite. Y no creo que la empatía tenga nada que ver con hacerse azotar o decapitar.
-Le vuelvo a decir lo mismo: no me atrae nada visitar la posible casa de Calderón, de Quevedo o de Cervantes. Tengo suficiente con sus libros. No creo que ver la mesa utilizada por Cervantes para escribir me sirva de nada. O la cárcel donde estuvo encerrado.
-Es una forma de ver las cosas. Y, tal vez, distintos momentos de la historia exijan diversos métodos de estudio. Tal vez. Aun así, insisto, la empatía es importante, muy importante.
-Me parece más importante hacer un estudio crítico.
-Una cosa no quita la otra.
-Eso de la empatía -me dijo sonriendo- ¿no le parece algo similar a la mística?
-Sí. Tal vez. Mire, le voy a contar una cosa que me puso los pelos de punta. No se lo he contado a nadie porque sé a lo que me arriesgo. Espero que me comprenda.
-No sé si lo comprenderé -me respondió- pero tiene todo mi respeto. No hace falta que se lo diga.
-Cuando recorriendo la ciudad de Pompeya -comencé a contarle- llegué a la necrópolis, tuve la sensación, y las piernas me flaquearon, de haber estado allí en otro tiempo. Estuve al borde del desmayo. Me quedé parado frente a una de las tumbas. Y la sensación de haber estado allí hacía mucho tiempo persistía…
-Tal vez en un viaje anterior…
-Sólo he estado una vez en esa ciudad. Creo. Pues por más que me devané los sesos no pude dar con una explicación racional de mi impresión. No sé cuánto tiempo permanecí en la necrópolis… Pero me fui con una sensación muy extraña. Al cabo de unos minutos volví sobre mis pasos, y nada: no puedo explicarle nada. Pero la sensación de haber estado antes allí no me abandonó ni por un momento. Y todavía persiste. Todavía.
-No sé qué decirle. Somos seres complejos… No me saldrá usted ahora con eso de la transmigración de las almas, ¿no? Según me dijo usted ha visto muchos programas y documentales sobre Pompeya, ¿no será lo de la necrópolis un recuerdo semiolvidado de alguna película o documental? Creo que es lo más probable y lo más racional.
-No. No lo es. No es el recuerdo de ninguna película, documental o lectura… También lo pensé, pero no, no lo es. Sé distinguir, perfectamente, unas cosas de otras. Es un misterio. Y prefiero no decir nada al respecto. Sigo con la sensación de haber estado en aquella necrópolis en un tiempo que no sé precisar… Es un tormento. Prefiero guardarme esta anécdota para mí. Le rogaría que no se lo contara a nadie.
-No se preocupe por eso. Tengo pocos amigos y no creo que ninguno de ellos sea digno de estas confidencias.
-Pues dejémoslo aquí.
-Aquí se queda.
1Keith Hopkins, Un mundo lleno de dioses. Paganos, judíos y cristianos en el imperio romano. En ARYS, Anejos, volumen IX. Madrid, 2020. Traducción de Fernando Lozano.