UN ABSURDO Y CRUEL CASTIGO
Vicente Adelantado Soriano
Encolerizarse con el que sufre es cosa miserable1.
Sófocles, Las traquinias.
No me apetecía nada viajar. A mi vecino, menos.
-¿Se imagina usted -me dijo conectando el ventilador de techo del que tan orgulloso estaba- subiendo hacia la Acrópolis de Atenas, tras una ristra interminable de turistas bajo un sol de justicia?
-Sí, me lo imagino -le respondí y me echo a temblar. Y no de frío.
-O caminando por las calles de Pompeya sin ver nada salvo absurdas camisas floreadas, gorritos, pamelas, piernecillas ridículas parecidas a las patas de las ranas… Un horror.
-No es muy apetecible, desde luego.
-Por el contrario -continuó en tanto descorchaba la botella de vino puesta a refrescar- ¿se da cuenta de lo bien que estamos aquí? Bajo un estupendo ventilador, en la fresca sombra de una agradable habitación, charlando tranquilamente, bebiendo y sin sufrir ningún agobio. Ni ver turistas y más turistas.
-Soy consciente de todo ello. Pero, ya sabe, cuando uno es joven…
-Sí -dijo llenando las copas- mi querida madre, a quien Dios tenga en su santa gloria, siempre decía que la juventud todo lo avasalla. Yo me hago cruces, ahora, de los viajes emprendidos en mis años mozos, hiciera frío o calor.
-Hay un tiempo para cada cosa. Ahora bien, dicen, no sé si bien o mal, que dejar de viajar el señal de vejez. Mientras se viaja se es joven. Eso afirman algunas mentes privilegiadas.
-¡Vaya! Pues entonces soy viejo, muy viejo. ¿Y qué? ¿Alguna solución? ¿Salgo a viajar, me expongo a que me dé un soponcio visitando algún castillo, bajo un sol que funde los engarces de las armaduras, y soy joven?
-No -le respondí riendo- es mejor que se quede aquí sin sufrir ninguna insolación ni soponcio, bajo su querido ventilador, y siendo viejo pero estando vivo.
-¿Quién inventó todo esto de los viajes, y de moverse unos y otros como hormigas locas en busca de un hormiguero? ¿Le dieron el Nobel de la Movilidad?
-Lo inventaron los romanos…
-¡Ay, Dios mío! Otra vez usted con los clásicos.
-Pues si quiere, me callo. O le digo que lo de viajar lo inventó Manolón el nieto de la tía Paca, y que no le dieron el Nobel. Una injusticia como otra cualquiera.
-Perdóneme. Me merezco la respuesta por estúpido. Siga con los romanos, por favor.
-Le he dicho que lo inventaron los romanos, pero no es cierto. Creo que, como siempre, fueron los griegos. Heródoto, el historiador, fue el primer turista. Viajó por casi todo el mundo conocido. Pero él iba en busca de información, como los otros griegos que le precedieron y lo siguieron: viajaban en busca del conocimiento, de saber. No para que les hicieran una estatua, entonces no existían los móviles, contemplando las pirámides, por ejemplo.
-Sí, eso también es de risa: hay gente que llega a un lugar, o a un museo, se hace la correspondiente foto, y no se entera de nada. Pero ha estado allí.
-Claro, hay muchas formas de viajar. Y lo que interesa es que la gente se mueva, salga, gaste y mantenga los motores en marcha.
-Es cierto. Nosotros somos una pareja de inútiles. Aquí encerrados en casa sin hacer ningún gasto. Igual el gobierno saca algún decreto y nos obliga a viajar por ley.
-Todo pudiera ser. Pero eso de que no hacemos ningún gasto vamos a dejarlo estar. Tanto usted como yo leemos bastante, mucho, diría yo. Y mantenemos activas las librerías incluso durante el mes de agosto. En las librerías no hay agobios, desde luego. Ni el sol nos calienta la sesera yendo hacia ellas: con el autobús, y ya sé cuánto le molesta el aire acondicionado, vamos de puerta a puerta.
-Razón tiene -dijo llenando las copas y sonriendo-. Pero últimamente, y según me ha confesado en alguna ocasión, está usted leyendo libros que se baja de Internet sin pagar ni un céntimo.
-Es cierto -afirmé tras beber un buen trago del fresco vino-. Mire, en esta vida nunca se acaba de aprender. El otro día, cansado de leer, estuve oyendo una conferencia “De qué se habla en casa. Conversaciones domésticas en la antigua Grecia”, impartida por don Fernando García Romero.
-El tema promete.
-Sí, pero es engañoso. Como dijo el mismo conferenciante, no tenemos documentos en los cuales las mujeres, por ejemplo, hablen por sí mismas, o los esclavos, o el panadero de la esquina. Todos los documentos que tenemos provienen de la aristocracia, historiadores, poetas, trágicos. Pero no hay ninguna carta de Antígona, de Casandra ni muchos menos de cualquier esclava o yesero.
-Claro, la visión que tenemos de la antigüedad es muy parcial.
-Parcial, y, a veces, interesada. La cuestión es que en la conferencia, el ponente, habló de un género literario que yo tenía más que olvidado. Tanto que he llegado a dudar de que se hablara de él en las clases. No lo recuerdo, desde luego. Aunque se me hace muy difícil aceptar que no lo nombrara algún profesor.
-Me está intrigando -dijo volviendo a llenar las copas en tanto sonreía-: no es conveniente que se caliente el vino -explicó-. De todas formas, hay otra botella en la nevera. Siga, siga. Lo he interrumpido.
-Esto viene a cuento sobre lo que decía usted antes. Sí, hacemos gasto estando encerrados. O lo pretendemos. El género del que hablaba en la conferencia don Fernando García, es el mimiambo. Busqué el libro que citaba el conferenciante; y, como me sucede en múltiples ocasiones, está agotado. Alguna librería de ocasión, no obstante, lo tiene…
-Ya. Eso lo conozco: lo tiene, pero a precios astronómicos. No sé qué pretenden con esos precios. ¿Los compra alguien? ¿O las polillas terminan con ellos antes de que nadie les saque provecho?
-No lo sé. Como el precio era excesivo, lo busqué y lo encontré en Internet, en PDF. Lo estoy leyendo, y aquí surge otra sorpresa. De verdad, a veces, en muchas ocasiones, la lectura es una aventura apasionante.
-Más que subir a la Acrópolis en pleno agosto.
-Mucho más. Uno de los mimiambos, el tercero, cuenta que una madre, Metrotime, va a hablar con Lamprisco, el maestro de su hijo, a fin de que meta en cintura a este, un perdulario, un golfo que no respeta ni a su pobre abuela a quien le roba el dinero. Las palabras de la desesperada Metrotime ponen los pelos de punta: “A éste, desuéllale de hombros abajo, hasta que el último soplo de su perra vida le quede a flor de labios. Mi casa, pobre de mí, me la ha saqueado jugando a las perras, porque, por lo visto, no tiene bastante con los dados...”2.
-Hay padres que lo pasan muy mal con sus hijos. Y no digamos nada si estos caen en las drogas o similares.
-Sí, debe de ser terrible. Pero a mí este mimiambo me dejó clavado en la butaca: me trajo a la memoria un hecho de mi infancia que tenía más que olvidado. Leyendo las palabras de Metrotime me retrotrajo a una escuela a la que asistí durante un breve tiempo. Una tarde el maestro nos recibió con toda solemnidad. No dijo nada de sacar los libros o las libretas. Cuando todos estuvimos sentados, y en silencio, un silencio que no presagiaba nada bueno, se levantó y en la pizarra dibujó, muy bien por cierto, una torre de alta tensión. A su lado puso un número. Explicó que era la potencia que llevaban los cables de dicha torre: suficiente para electrocutar a una manada de elefantes. Dicho lo cual llamó a un alumno. Este, temblando, se dirigió a donde estaba el maestro. El cual, armado con una inflexible vara, lo golpeó con tal fuerza y furor, y tantas veces, que el pobre muchacho, contorsionándose de dolor, se orinó encima.
-No me diga. Hace falta ser bestia.
-Según nos enteramos después, la madre del chico había ido a hablar con el maestro. Le contó que su hijo había escalado, hasta cierta altura, la torre de alta tensión… Y, al parecer, no fue suficiente la explicación. Siguió una tanda de palos muy bien dados y muy mal recibidos.
-¡Pobre muchacho! -exclamó sirviendo las últimas gotas de vino- ¿Era merecedor de semejante salvajada?
-No se lo puedo decir, porque abandoné pronto aquella escuela. Pero no lo creo merecedor de semejante paliza. Era un niño, además, no tendría más allá de diez o doce años…
-Bueno -dijo apurando la copa- hemos hecho un bonito viaje: hemos ido de la Grecia clásica a su clásica infancia. Ya nos podemos considerar jóvenes: hemos viajado. Un viaje apasionante, por demás, tal vez mejor que ir caminando por Castilla llenos de polvo, sudor y hierro.
-De todas formas -le dije sonriendo y apurando mi copa- este invierno, cuando haga frío de verdad, nos podríamos acercar a Delfos. Tengo ciertas dudas. Me gustaría planteárselas a la Pitia.
-Muy bien. Estudiaremos el caso.
Y con esa promesa, tras haber vaciado la correspondiente botella de vino, nos despedimos un día más.
1Sófocles, Las traquinias, v.1230, Alianza editorial, Madrid, 2017, traducción de José Mª. Lucas de Dios.
2Herodas, Mimiambos. Editorial Gredos, Madrid, 1981. Traducción de José Luis Navarro González.