Alea iacta est (“La
suerte está echada”) exclamó Julio César
ante el Rubicón, para agregar en griego de Menandro, su dramaturgo preferido, “Qué empiece el juego”. Desde entonces, y hasta nuestros
días, la frase se ha convertido para la política en una expresión clara de
comenzar un episodio que no permite el regreso, que no autoriza una vuelta
atrás, el inicio de una acción irreversible hasta sus últimas consecuencias.
Es de extrema
peligrosidad cruzar el Rubicón. Se aconseja para la flexibilidad del juego
político no cruzar el Rubicón. Para Julio César, aún teniendo detrás las
legiones estacionadas en Galia, cruzar el Rubicón era peligroso ante la
república romana. Hasta Julio César vaciló ante el río turbio.
Los envalentonamientos
teniendo la legalidad son una cosa. Envalentonarse desde su duda, otra.
Envalentonarse desde una situación de facto implica multiplicar los riesgos de
cruzar el Rubicón. Hemos asistido en seguidillas a todas las amenazas, con
formas distintas, desde la proclamación de una condena a lo que han llamado
“formalismos burgueses” hasta la proclamación de la doctrina oficial bajo un
resumen rotundo que formulamos en ejercicio de la síntesis: “Hacemos lo que nos
da la gana”.
No puede ser
considerado un gobierno de Iure el que está instalado en una república
presidencialista que no tiene presidente. Es, obviamente, un gobierno de facto.
No lo ha dotado de legalidad una decisión de un poder dependiente con su barniz
aguado. No sabemos si la escalada de envalentonamiento viene de un temor
oculto, más bien pensamos proviene de un complejo, uno que llamaremos “complejo
de golpe”, aproximando este al que siente el secuestrado por sus
secuestradores, aunque en el caso narrado lo sientan los últimos.
No se trata de
desconocer a un vicepresidente, como erróneamente ha señalado algún columnista.
Se trata de reconocer que no existe un presidente en funciones de su cargo. Se
trata de mantenerse coherente con todo lo que se ha dicho de la decisión del
Tribunal Supremo de Justicia y con todas las solicitudes, vía cartitas, a la
OEA, Mercosur y el Parlamento Latinoamericano. Se trata de mantener un
principio, no de desconocer la situación de facto. ¿Con qué cara la oposición
escribe a organismos internacionales pidiendo pronunciamientos y reuniones de
urgencia con sus gobernadores instalados en el Consejo Federal de Gobierno o
con sus diputados instalados en la sesión de la Asamblea Nacional cuando el
texto constitucional dice que “personalmente” el Jefe del Estado deberá
presentar Memoria y Cuenta?
No se trata de
desconocer a un vicepresidente. Se trata de reconocer que el gobierno de la
república es de facto, lo que es muy distinto Vladimir Villegas. Y se reconoce
la existencia de un gobierno de facto porque la oposición es absolutamente
incoherente, desmelenada y sin fuerza. Al asistir a los actos mencionados se
reconoce la legitimidad del de facto. Ello podría significar para la oposición
un cruce inocente del Río Turbio de Variquecemeto (voz chaquetía, río color ceniza), sin legiones,
Ramón Guillermo Aveledo. No se trata, pues, de desconocer al vicepresidente
Maduro- está allí, habla y manda-, se trata de calificarlo, lo que es muy
distinto Vladimir Villegas.
Un gobierno de facto
se caracteriza por quebrar el ordenamiento constitucional, hacer surgir formas
“extrañas” de generar Derecho, concentración de todos los poderes del Estado,
reconocimiento internacional –como lo tiene el de Maduro- en base al principio
de efectividad, es decir, es obedecido como poder estatal en su territorio.
Un gobierno de facto es un sujeto de Derecho,
especialmente del Internacional, por lo que no entiendo aseguren no tendrá
validez alguna lo que firme. Pueden imputársele deberes y poderes. Si gobierna
sobre su territorio tendrá legitimidad para comprometer al Estado con sus
actos. Por lo demás, la jurisprudencia internacional ha dicho en repetidas
ocasiones que los actos de los gobiernos de facto obligan internacionalmente al
Estado. Es la legitimidad lo que ha otorgado la oposición al presente gobierno de
facto, es la legitimidad.
Pero al lado de la disquisición jurídica, la
cual ruego me disculpen, está la practicidad política. En la presente situación
venezolana, mientras el gobierno de facto amenaza y la oposición cruza el río
color ceniza, hay otro factor de hecho. No se podrá mantener por mucho
tiempo, más bien lo veo corto, este gobierno como uno de facto, por lo que la
única manera de convertirse en uno de Iure es convocando a elecciones. Medir
los tiempos del presidente enfermo y contrastarlos con las del aspirante Maduro
puede ser una práctica que nos conduzca de nuevo al teatro peligroso, vamos a
llamarlo del absurdo, con las consecuentes disculpas a Ionesco, porque citar a
Menandro fue cosa de Julio César.
Las condiciones de esas elecciones y sus
previsibles resultados son otro tema, objeto de otro banal texto que
escribiremos. Peor sería escribir uno sobre un aplazamiento indefinido.