Difícil escribir en medio de circunstancias electorales cuyas variables han
sido sacudidas por el azar del destino. Desconocemos los resultados de las
elecciones regionales en Venezuela y de cómo los acontecimientos han podido
influir sobre ellas, pero no desconocemos los procesos históricos y menos las
particularidades de cuadros como el que hoy vive la república venezolana.
La grave enfermedad del presidente obliga a revertir el primer efecto que
se produjo: una reaparición acentuada de la polarización que tanto daño le ha
hecho al país. En efecto, los más extremistas de ambos bandos se lanzaron a
revivir los odios y a reponer sobre el tablero las viejas afrentas. Sobre ellos
es menester reponer la voz de la cordura.
Entramos en una etapa en la cual hay que anteponer los intereses nacionales
a cualquier otro. Hay que evitar la alteración de la paz nacional mediante un
diálogo fecundo que conlleve a acuerdos básicos sin que por ello se obvie, en
lo más mínimo, el libre juego democrático.
Advertimos en innumerables ocasiones que el destino de la república se
decidiría en fecha posterior al 7 de octubre, fecha en que se realizaron las elecciones
presidenciales. Observamos que era imprescindible buscar el cauce común que nos
permitiera reconocernos de nuevo como una nación a la que todos pertenecemos.
Auguramos el restablecimiento de la salud presidencial, pero frente a la
gravedad de la situación es necesario recordar que el texto constitucional
prevé todos los pasos necesarios, no sin advertir que no es suficiente apegarse
a él, que se requiere un entendimiento político que lo haga viable sin traumas
y que permita un reacomodo general de la situación del país.
Estamos al servicio de los intereses de Venezuela, no de ninguna aventura
ni de ninguna ambición de poder. La historia nos ha colocado ante dilemas que
requieren grandeza de espíritu y capacidad de entendimiento. Esperamos, por ejemplo,
que el acuerdo tácito que existía, y que se vio obstaculizado por la
circunstancia, en torno a presos y exiliados, pueda materializarse a la
brevedad. No podemos ignorar la complejidad y tensiones naturales en el
gobierno, pero se deberá encontrar el espacio para finiquitar este delicado
tema, porque es la base real y posible del inicio de un diálogo que resaltamos
como absolutamente imprescindible.
No es necesario abundar sobre los temas a discutir y sobre las
imprescindibles correcciones a hacer. Todos sabemos que más allá del acuerdo
base sobre la eventual fecha de una nueva elección presidencial hay muchos
otros de vital importancia. Hay que transmitir el sosiego de una clase política
que muestre alto sentido de responsabilidad y haga desaparecer las tensiones
que una minoría –estoy seguro de ello- aúpa sin conciencia alguna de las graves
consecuencias que perder la sindéresis y la visión de Estado ocasionarían.
Hay que alzar la mirada del piso y ver el bosque antes que al árbol. Nos
toca vivir este momento de nuestra historia con una demostración de gallardía,
de sentido común y de país. Es por supuesto obvio que el resultado de las
elecciones de gobernadores mostrará una tendencia que no podemos adivinar si
será permanente o transitoria, pero que, al fin y al cabo, será la última de la
que dispondremos antes de que los acontecimientos que analizamos se puedan
precipitar. Serán una referencia que nadie deberá utilizar como planteamiento
hegemónico ni como arma ventajista. Por el contrario, deberán ser administrados
con cautela y cualesquiera que sean considerarlos como aporte al sentido de
unidad nacional.
Al hacer los mejores votos por el restablecimiento pleno del presidente
Chávez llamo al mejor de los países que tenemos a asumir su responsabilidad
frente al momento histórico imponiendo la voz de la sensatez, impidiendo que la
baja política entre en juego y, sobre todo, exigiendo todos alcemos la mirada y
sepamos estar a la altura de las circunstancias. Es la hora de la mirada alta.