Las sociedades
son víctima de los males originados en la democracia representativa, una que no
evolucionó hacia formas superiores. Las sociedades se acostumbraron a delegar y
se olvidó del control social que toda sociedad madura ejerce sobre el poder.
Atenuantes tiene esta sociedad postrada, como las manipulaciones y engañifitas
a que fue sometida, pero eso no la justifica.
Las sociedades
se acostumbraron a esperar al líder providencial, a esperar instrucciones, a
depender de las degeneradas estructuras que de instituciones intermediarias
pasaron a ser collar de hierro para la obediencia. Las sociedades se
convirtieron en corderillos mansos dispuestas a ser “políticamente correctas”
para permanecer en los resquicios de lo permitido y de lo tolerable. Fue así
como las sociedades se convirtieron en lo que son hoy, unas instituidas sobre
bases endebles y sobre mecanismos degenerados.
La praxis
política cotidiana sólo sirvió para alimentar oligarquías partidistas, para
crear gremios y organizaciones de diverso tipo encerrados en sus intereses
particulares. Así, las sociedades delegaron todo, desde la capacidad de pensar
por sí misma hasta la administración de sus intereses globales. Las sociedades
se hicieron indiferentes, se convirtieron en una expresión limitada al chiste y
a la burla, al desprecio exterior hacia las élites, pero una zángana incapaz de
protagonizar una rebelión en la granja.
La sociedad
instituyente debe exigir e imponer un sistema de partidos abiertos, no más que
redes sociales que permiten el flujo de la voluntad ciudadana. La sociedad
instituyente se debe manifestar en las encuestas imponiendo candidatos que no
necesariamente provengan de las horcas partidistas, para ello basta señalar a
los mejores, si logra verlos. La sociedad instituyente debe dejar atrás el
fantasma del pasado que la ciega y pedir y practicar más democracia. La
sociedad instituyente debe aprender a decidir, atreviéndose. La sociedad
instituyente debe ejercer la ciudadanía, acabando con las hegemonías de otros
que deciden por nosotros y dando pasos firmes y contundentes hacia el poder
ciudadano (qué sepan quienes salgan electos que no se les confirió el poder,
que el poder sigue en nuestras manos y somos nosotros los que mandamos, no
ellos). Demos pasos, como sociedad instituyente, hacia una superación de la
democracia representativa para convertirla en una democracia del siglo XXI en
la cual se practica la libertad como ejercicio cotidiano de injerencia. En
otras palabras, trastocar lo que ha sido hasta ahora la relación entre sociedad
e instituciones. La sociedad instituyente debe ser imaginativa y conseguirse
las formas y los métodos. La sociedad instituyente debe transformar la
realidad. La democracia tiene que pasar a ser la encarnación de esa
posibilidad. Sólo lo puede lograr una sociedad instituyente que es mucho más
que una recipiendaria del poder original, pues lo que tiene que ser es un
cuerpo vivo, uno capaz de generar antídotos y anticuerpos, medicina y curas,
transformación y cambio. Hágase la sociedad venezolana una sociedad
instituyente, para lo cual no se necesitan elecciones ni candidatos (esto es
apenas una expresión parcial) y cambie por sí misma su destino.
II
Consideramos
como democrático a un gobierno -en cuanto se refiere a su comportamiento- que
abre espacios para la discusión y para el diálogo, que busca acuerdos y
consenso, que respeta a las instituciones y procura un entendimiento global
entre todos los sectores de la sociedad. Sin embargo los gobiernos democráticos
así considerados tienen un límite en este comportamiento propio de las
democracias representativas. Un cuestionamiento profundo es rechazado por
alterar lo establecido y las instituciones apenas reciben un rasguño que le
permiten continuar su camino de manera autónoma en relación al cuerpo social.
Estas
instituciones dialogantes de la democracia representativa son lo que
denominamos burocracia. Frente a este anquilosamiento se alza lo que hemos dado
en llamar poder instituyente. La pregunta es si la sociedad puede constituirse
como tal, en primer lugar frente a un poder autoritario con deseos de
perpetuarse y frente a una organización opositora que comienza a desarrollar
las mismas características del pasado y que dieron lugar a lo segundo. Este
poder instituyente debe estar en capacidad de pasar por encima de lo instituido
y producir otro cuerpo social con características derivadas del planteamiento
teórico que la llevó a insurgir. En otras palabras, deben poder pasar sobre el
poder, no sólo el que encarna el gobierno, sino las propias formas que la
sociedad instituida ha generado y que la mantienen inerme. En otras palabras,
la sociedad instituyente debe servir para crear nuevas formas y no una
repetición de lo existente. En el caso venezolano tenemos una sociedad
instituida de características endebles, bajo la presión de las instituciones
secuestradas por el régimen “revolucionario” y cuyas decisiones de resistencia
están en manos de partidos débiles que se reproducen en los vicios
tradicionales de las organizaciones partidistas desaparecidas y que en el fondo
no hacen otra cosa que indicar una vuelta al pasado, a las instituciones de la
democracia representativa con diálogo, consenso y acuerdos, sin alterar para nada
la esencia de lo instituido.
Seguramente
debemos ir hasta Cornelius Castoriadis para dilucidar que detrás de todo poder
explícito está un imaginario no localizable de un poder instituyente. Así, se
recuerda que los griegos, cuando inventaron la democracia trágica, acotaron que
nadie debe decirnos como pensar y en el ágora se fue a discutir sobre la Polis
en un proceso autoreflexivo. De allí Castoriadis: “Un sujeto que se da a sí
mismo reflexivamente, sus leyes de ser. Por lo tanto la autonomía es el actuar
reflexivo de una razón que se crea en un movimiento sin fin, de una manera a la
vez individual y social”.
Ahora bien, de
la democracia griega hasta la democracia representativa han pasado muchas
consideraciones teóricas, hasta nuestros días cuando se habla de una democracia
participativa. En otras palabras, la política ha desaparecido, en el sentido de
la existencia de ciudadanos libres que permanentemente cuestionan
reflexivamente las instituciones y a la sociedad instituida misma. Castoriadis
juega con los artículos para asegurar que lo político ha sustituido a la
política. En el caso venezolano el dominio sigue en el campo de los partidos
(unos aún tambaleantes, pero que están reproduciendo las condiciones del
dominio). Así, anuncian los acuerdos para ir unidos a las elecciones o se
enfrascan en las peleas interpartidistas por la dominación de alguno de ellos.
Esto es, son ágoras vacías que siguen dominando a la sociedad instituida donde
no brota el ímpetu instituyente. Épimélia es una palabra que implica el cuidado
de uno mismo y que da origen a la política, con el artículo “la”, para respetar
las variantes conceptuales de Castoriadis. La libertad propia de la política ha
sido exterminada, porque lo que se nos impone es como “pertenecer”.
Ahora bien, esta
persona que piensa es un producto social. La sociedad hace a la persona, pero
esta persona no puede olvidar que tiene un poder instituyente capaz de
modificar, a su vez, a la sociedad. La persona (y estoy usando la palabra en el
sentido del humanismo cristiano) se manifiesta en el campo socio-histórico
propiamente dicho (la acción) y en la psiquis. Se nos ha metido en esa psiquis
que resulta imposible un cambio dentro de ella que conlleve a una acción. Es
cierto que las acciones de la sociedad instituyente no se dan a través de una
acción radical visible. Nos toca, a quienes pensamos, señalar, hacer notar, que
la participación impuesta en una heteronomía instituida, impide la
personalización de la persona, pero que es posible la alteración del mundo
social por un proceso lento de imposiciones por parte de una sociedad
trasvasada de instituida a instituyente. La posibilidad pasa por la creación de
articulaciones, no muy vistosas, es decir, mediante un despliegue de la sociedad
sometida a un proceso de imaginación que cambie las significaciones produciendo
así la alteración que conlleve a un cambio sociohistórico (acción). He allí la
necesidad de un nuevo lenguaje, la creación de nuevos paradigmas que siguen
pasando por lo social y por la psiquis. Partimos, necesariamente, de la
convicción de que las cosas como están no funcionan y deben ser cambiadas
(psiquis) y para ello debe ofrecerse otro tipo de sentido. La segunda (social)
es hacer notar que la persona puede lograrlo sin tener un poder explícito
(control de massmedia, un partido, o cualquier otra de las instituciones que
tradicionalmente han sido depositarios del poder). Hay que insinuar una
alteración de lo procedimental instituido. Se trata de producir un
desplazamiento de la aceptación pasiva hacia un campo de creación sustitutiva.
He puesto como ejemplo la no aceptación de los partidos verticales y su
sustitución por una red social que permita el flujo de la voluntad ciudadana.
Alguien
argumentó que siempre hay un porvenir por hacer. Sobre ese porvenir las
sociedades se inclinan o por preservar lo instituido o por soltar las amarras
de lo posible. En Venezuela debemos buscar nuevos significados derivados de
nuevos significantes. La explicación está en una sociedad instituyente
constreñida, sin capacidad de poner sobre el tapete la respuesta al futuro. Ya
los griegos sabían que no podrá haber una persona que valga sin una polis que
valga.