Es evidente que los recursos que llamaremos
estéticos forman parte del juego político contemporáneo tanto en la
personalización, dramatización y puesta en escena. Si bien han sido
considerados distantes, estética y política han mantenido una relación en el
campo filosófico, como lo comenzó atestiguando Platón hasta los más cercanos
Walter Benjamin o el propio Nietzsche. Hay vinculaciones de términos, pues
vemos dramatización, simulacros, hedonismo y narración en la actual praxis política.
Podemos decir que el proceso político viene falsificado de esta manera, pues se
construye una máscara al candidato, una de efectismo forjador de opinión. Hay
un espacio mediático de conformación de una cultura de masas. La televisora se
parcializa acomodando lo relativo a su aspirante favorito o se presenta una
noticia como clave que lleva a la confusión entre espectáculo dramático y
quehacer político. Es lo que hemos denominado la política como espectáculo.
Kant definió a la estética como un conjunto de
juicios que se realiza a partir del sentimiento y es por tanto subjetiva.
Cuando no se tienen criterios o reflexión para juzgar, el espectáculo es
convertido en la única realidad real. Cuando cohabitan sentimientos y
reflexiones la estética es campo de sentir consciente, como debería serlo la
política. Toda estética que excluya la dimensión crítica conduce a la decisión
sin reflexión. Jacques Rancière, en su magnífico libro El espectador
emancipado, traza un cuadro inestimable sobre la función del espectador
colocado como punto central entre la estética y la política.
Él lo llama la paradoja del espectador, lo que
lleva a concluir con una aparente obviedad, no hay teatro sin espectadores.
Esto es, si los ciudadanos no tuviesen centrada su atención en el espectáculo
que se le ofrece el teatro mismo caería. Rancière nos recuerda que se mira al
espectáculo y mirar es lo contrario de conocer. Lo que se nos muestra es una
apariencia y frente a ella el espectador no actúa. Este pathos, de símiles entre
estética y política, nos muestra al ciudadano inerme, uno que pone en las
tablas la auto-división del sujeto debido a falta de conocimientos y de
información. En el teatro propiamente dicho hay dos singulares rupturas, uno
practicado por Brecht y otro por Artaud. En el escenario de la política estamos
viendo el paso de espectadores a actores, como en España con los indignados o
en los pueblos árabes con sus alzamiento contra dictaduras de décadas.
Los espectadores transformados tienen que aprender
a moverse a ritmo comunitario y determinar el montaje de la obra. A la política
no se puede asistir como al teatro, a ocupar una butaca y permanecer en
silencio mientras la obra se desarrolla. En la democracia se nos ha impuesto
una estética de manipulación. En las dictaduras una de aplanamiento. En las
tablas se distinguió entre la verdadera esencia del teatro y el simulacro del
espectáculo. En la democracia hay que distinguir entre la representación que
nos ofrece el poder y quienes quieren sustituirlo por una acción colectiva
donde todos actúan. Como diría Artaud, hay que devolverle a la comunidad la
posesión de sus propias energías.
Este teatro que llamamos así por respeto a la
estética, pero que más asemeja a un circo de función continua, conduce a la pérdida
de toda autenticidad social. Guy Debord, cuyas tesis no desconoce Derrière,
insiste en el problema de la contemplación mimética, un mundo colectivo cuya
realidad no es otra que la desposesión. Lo que resume en su magnífica frase “el
hombre cuanto más contempla, menos es”.
En este indudable bosque de signos uno lee en
Derrière que todo comienza cuando ignoramos la oposición entre mirar y actuar y
cuando tomamos claridad de que lo visible no es otra cosa que la configuración
de la dominación. Y agrega: “el principio de la emancipación es la disociación
entre causa y efecto”. Y para seguir con el teatro, suprimir esa exterioridad
es el telos de la performance. El poder de la gente consiste en la capacidad de
traducir lo que está mirando. Una vez traducido podrá cambiarlo pues habrá
captado toda la manipulación.