Cada uno de nosotros
tiene una percepción individual de la realidad que lo dirige en el momento de
interpretar lo cotidiano que lo envuelve. Ese conjunto de valores y
percepciones nos conducen a nuestras afirmaciones sobre el entorno, a nuestras
afirmaciones sobre lo que vemos y percibimos. Esta especie de mapa mental nos
guía en la conformación de nuestra visión de lo que sucede, ha sucedido y
sucederá. Podríamos decir, entonces, con la palabra que nos ocupa, que cada uno
de nosotros tiene su propio paradigma. Cuando muchos tienen uno igual hablamos
de paradigma general o de paradigma social, uno que marca y determina el
comportamiento del colectivo frente a la visión global de su mundo y frente a
las circunstancias.
Fue el filósofo y
físico norteamericano Tomas Kuhn el que sacó el concepto de paradigma de los
diccionarios para introducirlo, desde el mundo de las ciencias puras, en el
campo de las ciencias sociales con su libro La estructura de las revoluciones
científicas (1962). La palabra es, no obstante, antigua y su etimología se
encuentra en el griego: “para” (junto) y “deigma” (modelo, ejemplo). La
psicología ha hecho su aporte diciéndonos que nuestros cerebros actúan sobre la
experiencia, formada esta por suposiciones y conceptos con los cuales miramos
la realidad e interpretamos.
Mientras lo hacemos
se acumulan las paradojas, esto es, percibimos que nuestra manera de ver el
mundo nos devuelve resultados contradictorios que parecen negar lo que
pensamos. Esta contradicción nos sume en un estado de intranquilidad que
llamaremos acumulación de dilemas, entre otras razones porque podemos llegar a
la conclusión de que mientras más trabajamos para cambiar lo que nos molesta
menos resultados obtenemos.
A veces se producen
grandes y dramáticos cambios como el paso de una sociedad tradicional a una
sociedad industrial lo que rompe todos los paradigmas anteriores relacionados
con prácticamente cada esencia, desde el sitio donde vivimos hasta el concepto
de familia, desde nuestra vida tradicional hasta las creencias religiosas. Así,
la sociedad industrial introdujo otros frentes de atención, como el salario,
las relaciones laborales, el interés personal, la acumulación de dinero y a un
teórico llamado Marx, cuyo pensamiento hay que analizar en estas precisas circunstancias.
Pero no siempre hay cambios tan radicales que destrocen los viejos paradigmas e
introduzcan nuevos. Ahora vivimos un deslizamiento gradual que va de sociedad a
individuo aislado, de alienación social global a alienación personal, desde la
soledad a una especie de reencuentro producido por los medios que la tecnología
ha puesto a nuestro alcance y por el irreversible proceso de globalización,
desde sociedad a comunidad. Es lo que en otra parte he denominado la
resurrección de la palabra ecumenismo, reecumenización basada sobre el
re-descubrimiento del otro.
Ahora bien, cuando
hay naciones en graves procesos, como los políticos que implican un creciente
mecanismo totalitario de control, la gente desahoga su malestar sin darse
cuenta que está enfrentando el peligro desde paradigmas inservibles. El dilema
en que se sume no le suministra suficientes elementos para el darse cuenta,
para determinar qué precio está dispuesto a pagar, para entender que debe
cambiar de mirada sobre la realidad si quiere superar la impotencia que le
permite concretar el cambio.
Tomemos, pues, a un
conglomerado humano con sus creencias para decirle que un paradigma nuevo se
instaura cuando los vigentes no pueden resolver los enigmas. Y para decirle que
suele sucederse una incapacidad para ver fuera de los límites marcados por el
paradigma ya inservible. Para salir del círculo vicioso hay que aprender a
pensar de otra manera, lo que es más difícil que dividir a un átomo, según la
expresión de Einstein. Por ello, Edgar Morin comenzó por hablarnos de la
necesidad de un pensamiento complejo que abarque la dinámica del todo.
Ciertamente todo
paradigma es temporal, de allí la evolución social. Ahora bien, para un cambio
de paradigma es obvio que se requiere pensar. Cuando una sociedad deja de
hacerlo y señala con el dedo del desprecio a quien lo hace se estrellará
inevitablemente contra un muro inmodificable. Pensar comienza por dejar de lado
los caminos lineales, porque la carretera recta nos llevará siempre al mismo
lugar, generalmente el fracaso. Si pensamos establecemos conexiones, creamos
una red de interacciones, miramos nuestras particulares circunstancias desde
todos los ángulos. Ello podría llevarnos a dejar de lado un reduccionismo que
sólo percibe la fachada de un proceso histórico-social, lo que a su vez nos
conduce a la desesperación –visto fracaso tras fracaso- que podemos traducir
como el convencimiento de la irreversibilidad de aquello que enfrentamos. Lo
contrario de lineal es circular. Lo contrario del paradigma que no sirve es un
pensamiento que rechace las separaciones, lo que en un momento concreto podemos
llamar polarización. Podríamos traducirlo como abandono de tomas fotográficas
instantáneas y su sustitución por una idea de permanente flujo. Tal vez
deberíamos aprender que nuestro paradigma vigente nos lleva a mirar de manera
simplificada. Por ello he dicho, en numerosas ocasiones, que las realidades se
construyen. Esto es, la realidad puede ser ni más que nuestra interpretación de
ella. Es posible que así aprendamos que la realidad no tiene una sola causa y
qué causas podemos introducir para cambiarla. Y es por ello también que he
insistido sobre lo determinante del lenguaje. El paradigma inservible produce
uno y el sustitutivo corresponde obviamente a uno nuevo, uno que comienza por
individuos aislados pero que bien se puede transformar en común e identitario
para el salto cualitativo hacia la nueva realidad.
Cuando se hace obvio
de toda obviedad que se requiere ese salto cualitativo llamado cambio hay que
mirar con atención los paradigmas específicos con que hemos mirado la realidad
política y la realidad real que hemos contribuido a forjar con nuestra propia
mirada. Tal vez si miramos las razones del otro podremos comenzar a abandonar el gueto y dentro del gueto
nuestra propia existencia fraccional. Es decir, un proceso de reencuentro con
el todo. Si queremos llamarlo de otra manera hagámoslo con la palabra unidad,
sólo que ella no se circunscribe al terreno de los partidos, menos aún cuando
están absolutamente debilitados y se conforman simplemente en una
amontonamiento de siglas. Estos, conformados sobre antiguos y superados
exorcismos ideológicos y ahora sobre un pragmatismo sin ideas, no podrán
comprehender nunca la totalidad porque son partidos. Una coalición de ellos se
formula sobre la base de un enemigo, lo que anula toda posibilidad de unidad.
Edgar Morin nos
indica que unir, por ejemplo, orden y desorden, genera organización y
complejidad. Nos habla de romper la idea lineal de causa-efecto. Y nos recuerda
que el todo está en la parte.
Permítasenos, no
obstante, una breve digresión hacia el terreno de la física cuántica. Se ha
demostrado el proceso que convierte en realidad los estados probabilísticos, en
el cual la conciencia del observador es parte fundamental, dado que los
observadores son necesarios para dar existencia al mundo puesto que vivimos en
un universo de participación. La cuántica ve objetos que están simultáneamente
en varios sitios a la vez. Lo que dudan los científicos es como esos estados
superpuestos se hacen concretos para nuestros sentidos. En cualquier caso es el
observador y sus instrumentos de medida los verdaderos factores de la realidad.
Los físicos hablan de decoherencia para definir el enredo de los sistemas
físicos. Y agregan que un sistema se desintegra cuando pierde la capacidad para
mantener las interconexiones específicas. Lo que hay que hacer es liberar de
las restricciones para que los elementos se encuentren disponibles para nuevas
formas organizacionales.
Si extrapolamos de la
física cuántica hacia los procesos sociales podemos llegar a idénticos
resultados. La mirada de los observadores determina la realidad y su forma de
mirarla la fortalece o provoca su agotamiento para posibilitar el nacimiento de
formas distintas. Sólo que cambiar la mirada implica un cambio de paradigmas
que sólo puede sucederse mediante la adquisición de otra forma de pensar que
transforme la mirada.
Si se mira desde la
complejidad comienza por aceptarse la contradicción, esto es, termina la obligación
cognitiva de silenciarla o mirarla linealmente. Cuando conforme al viejo
paradigma que estamos utilizando para mirar la realidad vemos una única
dimensión, estamos propensos al error. En otras palabras, permaneceremos
anestesiados e impotentes. El pensamiento complejo permite ver lo que está
debajo de la lógica aristotélica. Sin embargo, el viejo paradigma nos obliga a
una supuesta racionalidad que conlleva a rechazar todo lo que parezca
especulación. Sin duda que la vía para cambiar la realidad es someternos a lo
que en otros ensayos he denominado “una interrogación ilimitada” que pasa por
revisar lo que hasta ahora hemos considerado verdad. Podríamos hablar así de la
reflexibilidad indispensable a la que tiene que someterse un cuerpo social que
le facilite la obtención de nuevas posiciones frente a la emergencia que
enfrenta. Lo contrario es aquello en lo que estamos, duelo, frustraciones y
patologías, situación que también he mencionado más gráficamente como el
lloriqueo a posteriori.
Partamos de una base:
las simplezas no tienen cabida en este siglo. El que parta de ellas concluirá
en el fracaso. He dicho en repetidas ocasiones que un verdadero político es el
que hace inteligible el mundo para el pueblo. Una vez comprendido el mundo es
recreable.
De allí Morin: Toda
entidad está abierta y hay una relación energética-entrópica permanente. Al
mismo tiempo es cerrada porque ofrece fronteras, pero ese límite no es
absoluto. No podemos ser lineales, hay que recurrir a la circularidad o
recursividad. Toda entidad, para mantenerse, da apariencia de finalidad. El
mundo inteligible nace de la interacción entre la realidad que se quiere
cambiar y el sujeto. La realidad no es un elemento básico simple, la
complejidad nos la revela la conciencia.