Estamos entrando en lo
colectivo sin colectivo, esto es, vamos contra nosotros mismos. Ya no se
conjugan en la población lo general y lo particular, o lo que es lo mismo, la
asunción del punto de vista del común desde un propio punto de vista. En lo que
ahora tenemos prevalece la disyunción: a cada uno se le hace valer
supuestamente su particularidad mediante un “ejercicio profesional de la
política” basado en la demagogia del disfraz y de la construcción de callejones
sin salida.
La política no puede
funcionar sin ideas. En buena parte es una ciencia de las ideas. La
organización social del hombre no nació como la vida ni crece como las plantas.
La política que carece de empuje proveedor de consistencia es una futilidad.
Dado que las formas políticas son invención del hombre no puede desgajarse de
la política la capacidad renovadora. Bien se dice que el pueblo no existe, lo
crea la política. De esta manera hay que decir que la principal actividad de lo
político es dar sentido y toda democracia pasa a ser un proceso ininterrumpido
de transformación.
De esta manera la política y
la democracia, es decir, la acción y sus resultados, no pueden ser otra cosa
que inserción constante de nuevas opciones o, dicho en otras palabras,
ampliación permanente de la libertad. Tenemos, pues, que volver a leer lo
político sacándolo del cansancio, del aburrimiento y, sobre todo, de un conservadurismo
que brota ante las ideas y ante la esencia misma de lo político y de la
democracia, puesto que todo lo establecido siempre resiste las ideas
innovadoras.
Es a través de la política
que se constituye el vínculo social. Si no enfrentamos este proceso creativo la
política pasa a ser inepta para explicar las desigualdades que crecieron
paralelas a la libertad y se convierte en algo deleznable para el común de la
gente que nunca podrá entender lo que es ejercicio de la ciudadanía. Continuar
pensando que la democracia es como es, que la justicia se administra como se
administra, que las instituciones son como son y no pueden ser de otra manera,
equivale a un corsé al pensamiento y a la esencia misma de los conceptos
política y democracia.
Otra cosa que debemos
aceptar es la política como conflicto y los conflictos expresión del animus
político. Y a la democracia como capaz de administrar los conflictos mediante
una renovación permanente. Una cosa son las instituciones básicas, aptas para
administrar el control de estabilización, y otra la permanente manifestación de
ideas que amplían los espacios hasta una libertad transformadora. Está claro
que las llamadas instituciones y los intermediarios sociales ya no responden a
las exigencias de los tiempos y, por tanto, hay que buscar nuevos mecanismos.
La democracia no tiene nunca
una última oportunidad
Esta es la realidad de un
país a escasos días de unas elecciones que vuelven a ser llamadas “la última
oportunidad”, otra aberración, pues la democracia no tiene nunca una última
oportunidad. Basta haberse paseado un poco por los procesos históricos, basta
no meter en una gaveta todos los papeles, basta no fusilar de antemano el juego
(utilizada esta palabra con seriedad) de las posibilidades políticas, para concluir
que en este país se utilizan frases al voleo, se dicen impertinencias a granel,
se utiliza muy mal el lenguaje.
La verdadera revolución es
la voz moral. El populismo es una asunción de un modo radical para lograr la
homogeneidad sobre lo imaginario. La posibilidad de un gobierno omnisciente no
cabe en el siglo XXI. El verdadero político es el que hace el mundo inteligible
para el pueblo, esto es, el que le suministra las herramientas para actuar con
eficacia sobre lo ya entendido. El populismo no se combate con populismo. El
populismo debe ser combatido con la siembra de la comprensión llevada al grado
de un estado de alerta.
La legitimidad electoral y
la legitimidad social pueden contrastarse o encontrarse. La manera de encontrar
la segunda excede al simple hecho de buscar el voto en una campaña electoral
plena de promesas, generalmente demagógicas. Buscando la segunda suele encontrarse
la primera. El planteamiento inteligible que produce efectos previos mejora
notablemente la capacidad de escogencia. Las campañas electorales son la
culminación de un proceso en donde el individuo manifiesta una preferencia. La
masificada propaganda en nada podría modificar una asunción previa ganada en
una democracia de cercanía generada por los líderes verdaderos que en ese
proceso electoral buscan la voluntad mayoritaria del pueblo.
No se puede combatir
demagogia con demagogia. El proceso de crear lucidez y pertenencia es ajeno a
las palabras altisonantes y mentirosas. El proceso de repetición demagógica por
parte de dos o más adversarios en una contienda por el voto conduce a
soliviantar un individualismo feroz que se traduce en apostar a la mayor oferta
engañosa. El vencedor, naturalmente, será el que ejerce el poder o, si se ha
cumplido con la tarea pedagógica, el que ha hecho una obra previa de
configuración de cuerpo sobre el que limita su acción a la campaña electoral
misma.
Mayoría electoral no es
mayoría social por acto automático. Legitimidad forzada no es confianza. Así la
legitimidad del poder y la legitimidad del ejercicio democrático estarán
afincadas sobre un barro extremadamente frágil y, lo más grave, la democracia
se derrumbará por efecto directo de todos, de los que ejercen el poder y de
quienes pretenden sustituirlo, de los demagogos multiplicados, obligando al
poder al ejercicio de la fuerza para atender compulsivamente las exigencias
sociales. Quienes no entienden de la existencia de instituciones invisibles y
de la necesidad de hacerle comprender el mundo al pueblo, de hacérselo
inteligible, bien podrían cerrar la brecha electoral, aún disminuida y
extremadamente condicionada que en estos días aún ocupa el horizonte.