Durante un intercambio de mensajes
en Facebook, un amigo de mis tropelías universitarias me dice: “eres un crack”.
Unos años atrás esa frase me hubiera despertado curiosidad, al menos extrañeza,
dado su poco uso en el país; pero en los últimos tiempos la he escuchado (más
bien leído) bastante de parte de otros nuevos amigos, esos que la vida nos
regala como sustento al duro transitar por ella.
Uno de los que más acostumbra a
catalogarme de “crack” es un amigo español, apasionado del ajedrez, a quien
conocí precisamente en los trajines de la organización de un sitio destinado a compartir alrededor de un tablero virtual.
Casualmente, aquel que durante cinco
largos años compartió conmigo y otros tantos los avatares de una vida en
“Beca”, de colas extenuantes y almuerzos irrisorios en el comedor
universitario; se encuentra en una pasantía de investigación en España, junto a
otro de nuestros cofrades del “piso
Esta “coincidencia” me resultó simpática, por lo que le pregunté si ya se estaba contagiando [del decir de los españoles]; a lo que, no menos jocosamente respondió: “algo siempre se pega. Por lo menos no hablo con la ‘z’”, como dice que ya hace nuestro otro colega.
Este diálogo me trajo a la mente una
de las más curiosas características de no pocos cubanos: su camaleónica
capacidad de modificar el lenguaje.
Lo de camaleónico no es un simple
adjetivo, sino que responde a lo que creo es la principal razón de este
“hábito” de los cubanos. Un chiste popular afirma que el cubano “planta bandera
donde quiera que llega”; o lo que es lo mismo, se adapta fácilmente al medio. Probablemente
a este (o como parte de este) poder de adaptación contribuye entonces la
modificación del hablar.
Esta característica no se observa
solamente en aquellos que viajan al exterior, sino que entre las propias
regiones del país suele suceder. Acá en Santiago de Cuba (y de seguro en otras
ciudades y pueblos de la región oriental) suele bromearse con aquellos que
viajan a la capital del país y cuando regresan lo hacen con el deje
característico de los habaneros. La burla entonces se cierne sobre ellos.
En el caso contrario, aunque menos,
también suele suceder, y entonces el más puro habanero puede ser llamado “palestino”
cuando algún “cantadito” se cuela por entre la conversación.
Claro que esto no es una
generalidad. Normalmente la metamorfosis del hablar afecta más a los de las
grandes ciudades, no así a los campesinos (güajiros) a quienes en ocasiones
suele acompañarle su típica pronunciación así estén parados en el centro de
Manhattan.
Pero ya cuando se sale de la
frontera, entonces el riesgo de caer en las tentaciones del transformismo es
mayor. Así, no pocos cubanos regresan de sus viajes más españoles que los de
Madrid, más franceses que los de París, más argentinos que el propio tango…
En lo personal me maravilla ver cómo
los estudiantes latinoamericanos que permanecen en Cuba durante años, sostienen
inamovibles sus dejes y tonos de voz característicos. Incluso, aún cuando
absorban frases y costumbres cubanas, siempre las tiñen con ese sabor autóctono
que los identifica; sumándole, más que restarle colorido.
A veces me pregunto si los cubanos
hablamos de una forma característica. He escuchado decir que sí; aunque desde
un lejano país de Europa unos amigos me repliquen con un ¡rediéz!