Su majestad, la
carta, tiene esa fuerza conmovedora que palpita en la caligrafía, que permite expresar
las emociones del autor, las energías que este coloca en el rito del ensobrado,
el envío postal y las esperas. Por medio de la carta una persona se dirige a un
semejante en la forma más íntima y discreta, con un lacre y un sello
distintivo, una voz personal que como susurro quiere atravesar distancias para
llegar en beso, queja, requiebro, seducción encubierta, reclamo, pena , nostalgia
o una gran pasión, a remecer de vida al destinatario o destinataria. Todo cabe
en las líneas de una carta, insustituible elemento de las relaciones humanas a
lo largo de la historia y que sigue orbitando por el nuevo siglo, tal como esos
viejos álbumes de fotografías, en tonos sepia o blanco y negro, piezas de museo
en cada hogar.
La estructura de
una carta conlleva siempre el contexto de un flujo, de continuidad; la
conciencia de ser parte cada esquela de un todo mayor, de una historia a trazos
distanciados, que cobra forma cuando un lazo amarra una cantidad de sobres con
el mismo remitente, atesorando allí una historia, una razón para volver a
relecturas, para revivir episodios que formaron parte de la vida cotidiana de
nuestros antepasados, que vivían en instancias también convulsionadas, también
dolorosas, como los períodos de guerra, en donde las cartas tardaban en llegar,
donde la vida pendía de un hilo, cuando las cartas eran censuradas y debían
disfrazar en retórica pueril los reales sentimientos que latían en lo no
verbalizado, en los silencios y los guiños. Cartas de ese período en que los
abuelos eran jóvenes y se enamoraban y seducían en largas cartas, llenas de
promesas, llenas de circunstancias que conformaban el tráfago de la vida de
entonces.
Recuerdo que las
primeras cartas de infancia las escribí a amigos de mi edad, que había conocido
en vacaciones de invierno en el campo. Allí en las hojas de un cuaderno iban
los saludos, las notas musicales de amistades que quedarían sin títulos en la
memoria, pero llenas de candor, de anécdotas, de caminos de río y tertulias de
plaza. Después vendrían las cartas secretas a las enamoradas… esquelas rosas
que llegaban con perfume, despliegue de sueños, de intuiciones, de alegría, de
refranes de abuela, de música y citas anheladas.
La carta fue el
nexo dramático de los seres queridos con sus presos; en tarjetones de la Cruz
Roja se escribía a los maridos, hijos o novios detenidos por buscar cambios en
la sociedad. Esa prueba de vida iba y venía, censurada, pero en la letra
borroneada, al menos se reconocía la fuerza que sostenía al compañero,
suficiente hilado de aire para que no lo quebrara el aislamiento, la tortura o
la soledad. Cuando esos puentes mínimos se cortaban, la incertidumbre torturaba
a las familias desoladas e impotentes, sin poder recurrir a nadie, con una Justicia
mutilada, que estaba envuelta en el miedo que urticaba los espíritus más honorables.
Hubo también
cartas escritas en forma abierta, trasladando la clandestina estrofa de un
himno libertario a quien pudiera leerla, fueron incubando las protestas,
reventando los silencios que atragantaban las gargantas cansadas, esas cartas
que dejaban testimonios anónimos de lo que ocurría tras los titulares de una prensa controlada, eran crónicas que iban esculpiendo monumentos a la libertad
y la democracia.
Epopeyas, dramas
sociales, diminutas crónicas de barrios, fueron quedando registradas en las
cartas, el exilio se vistió de miles y miles de cartas preñadas de pena y
nostalgia. Las mujeres solas, los hombres solos, los quiebres emocionales, la soledad
de las urbes, el aislamiento y las esquelas en blanco. Las cartas eran el
recipiente de esa evolución dolorosa y cuando enmudecían los afectos iban
quedando como un lejano eco, perdiéndose en el tiempo. Pero cuando una carta
remota, un saludo navideño, arribaba de nuevo con un indicio de cariño, las flores
del pecho reverdecían y el llanto bendecía las cartas como un tesoro.
Y, en el cambio
de siglo, lo instantáneo, la proximidad virtual a cada rincón del planeta, las
plataformas interactivas, la multimedia, las redes sociales. Sin embargo, como
quiera se teja la comunicación, la esencia de la carta está viva, transformada
quizás en irreverentes modismos que hacen evolucionar los decires, pero, en el
fondo, todos manteniendo el respeto tácito por el arte de escribir con
emotividad, de transmitir sentimientos, de desarrollar a través de las cartas
esa inteligencia emocional necesaria, que nos permite sobrevivir a los
materialismos ambientales.
La timidez, el
esperar una ocasión para decirlo todo, el tráfago que coarta la capacidad de
decir a nuestra persona amada un simple te amo, expresar al amigo, al compañero
de trabajo un te aprecio y te respeto. Conversar con los hijos, decirles me encanta
compartir con ustedes, son palabras que a veces se callan o a veces se dicen
demasiado tarde. Pero un trozo de papel, una carta sencilla, y porqué no un
mensaje electrónico, pueden llevar esos sentimientos a la persona que los
espera y también los necesita.
Estimado lector,
haz el ejercicio de comenzar a escribir una carta a quien extrañas, al amigo o
pariente lejano, recupera tu capacidad de expresar lo que sientes, de divagar
al ritmo de las líneas en blanco que te dejan un tobogán de confidencialidad
para vaciar tu corazón y echar fuera tus yerros y virtudes. Quien reciba una
carta, te lo agradecerá por siempre.
Periodismo Independiente, Hernán Narbona
Véliz, 16 de julio de 2012.