Pido desde ya disculpas, porque estas palabras serán una especie de
catarsis; aún cuando por razones obvias hayan tenido que esperar hasta hoy para
ser escritas, luego de toda una larga noche que, sin embargo, no logró aplacar
las sensaciones que las gestaron.
Una vez le escuché decir a un
profesor: “entre colegas de ciencia hay tres temas sobre los que no se puede
hablar si se quiere mantener una buena relación interpersonal: fútbol, religión
y política”.
Aquellas palabras me sonaron
irrebatibles, y desde entonces las he asumido como propias, con ligeras
variaciones muy personales: “hay personas con las que se debe evitar conversar
de tres temas: béisbol, religión y política”.
Entre cubanos esa sentencia cobra matices especiales, pues solemos discutir (intercambiar ideas) con la vehemencia de quien posee la verdad absoluta. Será por eso que al hablar se gesticula tanto y se pasa de la pausa al grito casi sin percatarnos.
Pocos escapan de eso. Entonces
asisten a la justa como testigos mudos, destinando divertidas sonrisas de medio
lado a uno y otro contendiente, según su aceptación de lo tratado. Pero no se
engañen, esa pasividad suele ser transitoria pues, si se toca un tema
determinado, el testigo puede convertirse de momento en el protagonista de la
disputa y asistimos entonces a un singular intercambio de roles.
A pesar de esto, a veces suele
violentarse esta sentencia. Sobre todo en lo referido al béisbol; se hace caso
omiso de la advertencia y nos adentramos en análisis y debates sobre el deporte
nacional, seguros de que, por más que se grite y se diverja en los criterios,
“la sangre no llegará al río” y el juego del día siguiente puede darle la razón
irrefutable a alguno de los dos…o enredarlos en una nueva porfía, no dude que
bajo criterios contrarios a la anterior.
Ya en los otros dos temas, el riesgo
es mayor, y pasa por las características personales de cada cual; por como se
asuma por cada individualidad sus propias convicciones, y hasta donde se está
dispuesto a aceptar posiciones disonantes, e incluso, aparentemente ofensivas
hacia nuestras propias creencias (religiosas y/o políticas).
Hay situaciones, empero, en las que bajo ningún concepto debería asumirse tal riesgo. En ellas hay mucho que perder si no se le da a cada cosa su justa medida, su peso real en las relaciones interpersonales.
Entonces hay que aprender a callar.
Aceptar impasible, con sangre fría, el discurso ajeno, aun cuando no se
comparta el criterio, aún cuando lo dicho hiere susceptibilidades, aun cuando
dibuje la realidad con colores personales y trazos de verdad absoluta.
No es fácil, pero si nos dejamos
llevar, si una pregunta ¿inocente? te envuelve en las marejadas de la
discusión, entonces, en el mejor de los casos, terminas haciendo catarsis en un
cuartilla de papel.
No gusto de verdades absolutas; no
confío en las que se proclaman como tales; no creo que nadie guarde bajo su
manga alguna que pueda ser aceptada como tal. (Acaso Dios, dirán algunos, pero
eso es más una suposición, la aceptación sumisa de lo supuesto, que una
certeza).
No soy de blancos y negros, de vaso
medio vacío o medio lleno. Prefiero los grises (o mejor las colores varios),
prefiero creer que el vaso tiene justo la medida que calmará alguna sed.
José Martí escribió que hay quien
solo ve del sol las manchas e ignora la luz. Soy de los que agradece la luz sin
desconocer las manchas.
Evito siempre mirar desde una sola
dirección, aceptar tácitamente lo que uno u otro lado dice. Prefiero
contextualizar, buscarles las aristas a lo que se presenta llano y luego,
necesariamente, asumir un verdad, mi verdad (que no tiene que ser las de
otros), y con ella vivir.
No gusto de discutir, menos cuando
se hace desde posiciones antagónicas, irreconciliables desde sus propias
naturalezas. Cuando cada nuevo argumento es usado por el otro como una
evidencia más de “su verdad”, o simplemente lo desestima con frases manidas,
escudos de negación, puertas cerradas al entendimiento. Cuando se quiere
resumir en una frase sentenciosa lo que cientos de palabras no logran explicar.
Prefiero asumir entonces el reto de
soportar estoicamente alusiones y agravios; sonreír resignado ante la retórica
resentida; extraer de las vivencias ajenas nuevas aristas para mi propia visión
del mundo; callar, si las palabras no llevan a destinos pausados y fructíferos.
Prefiero esto si, a cambio, logro
irme cada noche con la felicidad en el rostro y la tranquilidad en el pecho,
luego de que la única batalla aceptada, haya tenido lugar en el terreno común
de dos labios que se besan, tolerantes a cualquier diferencia.