¿Ni fútbol, ni religión ni política?
Ciudadanía | 23/06/2012

Pido desde ya disculpas, porque estas palabras serán una especie de catarsis; aún cuando por razones obvias hayan tenido que esperar hasta hoy para ser escritas, luego de toda una larga noche que, sin embargo, no logró aplacar las sensaciones que las gestaron.

Una vez le escuché decir a un profesor: “entre colegas de ciencia hay tres temas sobre los que no se puede hablar si se quiere mantener una buena relación interpersonal: fútbol, religión y política”.

Aquellas palabras me sonaron irrebatibles, y desde entonces las he asumido como propias, con ligeras variaciones muy personales: “hay personas con las que se debe evitar conversar de tres temas: béisbol, religión y política”.

Entre cubanos esa sentencia cobra matices especiales, pues solemos discutir (intercambiar ideas) con la vehemencia de quien posee la verdad absoluta. Será por eso que al hablar se gesticula tanto y se pasa de la pausa al grito casi sin percatarnos.

Pocos escapan de eso. Entonces asisten a la justa como testigos mudos, destinando divertidas sonrisas de medio lado a uno y otro contendiente, según su aceptación de lo tratado. Pero no se engañen, esa pasividad suele ser transitoria pues, si se toca un tema determinado, el testigo puede convertirse de momento en el protagonista de la disputa y asistimos entonces a un singular intercambio de roles.

A pesar de esto, a veces suele violentarse esta sentencia. Sobre todo en lo referido al béisbol; se hace caso omiso de la advertencia y nos adentramos en análisis y debates sobre el deporte nacional, seguros de que, por más que se grite y se diverja en los criterios, “la sangre no llegará al río” y el juego del día siguiente puede darle la razón irrefutable a alguno de los dos…o enredarlos en una nueva porfía, no dude que bajo criterios contrarios a la anterior.

Ya en los otros dos temas, el riesgo es mayor, y pasa por las características personales de cada cual; por como se asuma por cada individualidad sus propias convicciones, y hasta donde se está dispuesto a aceptar posiciones disonantes, e incluso, aparentemente ofensivas hacia nuestras propias creencias (religiosas y/o políticas).

Hay situaciones, empero, en las que bajo ningún concepto debería asumirse tal riesgo. En ellas hay mucho que perder si no se le da a cada cosa su justa medida, su peso real en las relaciones interpersonales.

Entonces hay que aprender a callar. Aceptar impasible, con sangre fría, el discurso ajeno, aun cuando no se comparta el criterio, aún cuando lo dicho hiere susceptibilidades, aun cuando dibuje la realidad con colores personales y trazos de verdad absoluta.

No es fácil, pero si nos dejamos llevar, si una pregunta ¿inocente? te envuelve en las marejadas de la discusión, entonces, en el mejor de los casos, terminas haciendo catarsis en un cuartilla de papel.

No gusto de verdades absolutas; no confío en las que se proclaman como tales; no creo que nadie guarde bajo su manga alguna que pueda ser aceptada como tal. (Acaso Dios, dirán algunos, pero eso es más una suposición, la aceptación sumisa de lo supuesto, que una certeza).

No soy de blancos y negros, de vaso medio vacío o medio lleno. Prefiero los grises (o mejor las colores varios), prefiero creer que el vaso tiene justo la medida que calmará alguna sed.

José Martí escribió que hay quien solo ve del sol las manchas e ignora la luz. Soy de los que agradece la luz sin desconocer las manchas.

Evito siempre mirar desde una sola dirección, aceptar tácitamente lo que uno u otro lado dice. Prefiero contextualizar, buscarles las aristas a lo que se presenta llano y luego, necesariamente, asumir un verdad, mi verdad (que no tiene que ser las de otros), y con ella vivir.

No gusto de discutir, menos cuando se hace desde posiciones antagónicas, irreconciliables desde sus propias naturalezas. Cuando cada nuevo argumento es usado por el otro como una evidencia más de “su verdad”, o simplemente lo desestima con frases manidas, escudos de negación, puertas cerradas al entendimiento. Cuando se quiere resumir en una frase sentenciosa lo que cientos de palabras no logran explicar.

Prefiero asumir entonces el reto de soportar estoicamente alusiones y agravios; sonreír resignado ante la retórica resentida; extraer de las vivencias ajenas nuevas aristas para mi propia visión del mundo; callar, si las palabras no llevan a destinos pausados y fructíferos.

Prefiero esto si, a cambio, logro irme cada noche con la felicidad en el rostro y la tranquilidad en el pecho, luego de que la única batalla aceptada, haya tenido lugar en el terreno común de dos labios que se besan, tolerantes a cualquier diferencia.

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