En Cuba la palabra palestino es usada, mayormente, en la parte occidental de la isla para referirse a aquellos que vivimos en la región oriental, fundamentalmente en Santiago de Cuba, pues como mismo hay una popular frase que reza “Cuba es
Muy pronto, durante mi primer año de los cinco que permanecí como estudiante becado en la capital, pude enfrentarme al reto que suele representar llegar a
Es sólo uno de los muchos ejemplos que se convertían en ocasiones, en punto de comparación entre una región y otra, cada uno pretendiendo, dentro del orgullo por el terruño que nos parió, tener la verdad absoluta sobre la forma correcta de llamar a una fruta, u objeto cualquiera. Así, para los de Occidente resultan simpáticos términos como balde, cutara, balance, armario cuando nos referíamos al cubo, chancleta, sillón, o escaparate; o podías encontrar una cara extraña cuando pedías por un guineo o zapote en cualquier mercado agropecuario; aunque el vendedor estuviera comiéndose, él mismo, un sabroso plátano fruta o un mamey. Claro, esto también limitó a muchos de la región occidental del país el saber que el mamey para nosotros, es sólo una de las tantas variedades de mango que disfrutamos en Oriente, y lo que para ellos es sólo una fruta más, a nosotros se nos vuelve todo un menú de sabores de mangos filipinos, de Toledo, de biscochuelo, de hilacha, y un largo etcétera. Si para colmo de “palestinaje” te atreves a pedir que esas frutas te la echen en un cubalse, o te den un pepino de refresco, irremediablemente caerá por su propio peso la pregunta: ¿tú eres de Oriente?, antes que te alcancen un jaba de naylon o un pomo de los que ya en todo el país se les conoce por balita.
Pero más allá de los nombres dados a objetos y frutas; es en la pronunciación donde más evidencia dicen hallar los que se empeñan en etiquetar por regiones, sin embargo, aquí tampoco se pondrán de acuerdo los de oriente y occidente, pues mientras los del oeste nos reprochan el “comernos las eses” (en realidad se pronuncian como jotas, diciendo, por ejemplo, cajco en vez de casco), los del este le achacan igual “apetito” por la erre a los de la capital (se hace un cambio de la erre por la de, pronunciando padque en vez de parque).
En un excelente y completo artículo publicado en la página oficial de
Por suerte, más allá de la anécdota y el malestar mayor o menor que puedan ocasionar estas curiosidades del lenguaje, viví cinco magníficos años en la capital de la isla, si perder este amor por mi tierra, y sin dejar de comer guineo, o tomarme un sabroso batido de zapote. Así desbordan hoy las calles habaneras miles de orientales aplatanados que no reniegan de sus raíces y llenan toda la línea de primera base del estadio Latinoamericano para pintar de rojo la mitad del diamante en un juego entre Industriales y Santiago. Y es que todos somos cubanos. Todos cogemos (no montamos) la guagua (no el ómnibus), mientras hacemos el viaje mirando a una mujer (o a un hombre, según sea el caso) que es un mango (no bonito (a)); y sobre todo, somos los únicos que sabemos que el camello, no es precisamente un animal, aunque rumie y huela como el del Sahara.
Nota: Esta columna fue publicada por primera vez en Santiago en mi