Cerca de mi casa hay un árbol. Es
uno más de los que pueblan la avenida y
No recuerdo verlos partir (o llegar)
en bandada; pero descargan desde el ramaje sus miserias del día; a veces, en un
sorpresivo torrencial de heces que dibujan, sobre el pavimento bajo su copa, un
extraordinario cuadro puntillista; otras, en un estruendoso discurso colectivo
que se deja escuchar a todas horas en varias cuadras a su alrededor, como si
cada una de las hojas del árbol entonara su propio canto. Llega a ser
ensordecedor el coro sobre nuestras cabezas, a tal punto que algunos dedican
una mirada de reproche a los cantores, como reclamándoles por la insolencia de
violar un silencio inexistente en pleno corazón de la ciudad.
Resulta difícil ver a los pájaros.
Ya sea porque es un riesgo alzar la vista cuando se está bajo el árbol, al
alcance de una lluvia tremebunda de excrementos, y un vistazo no basta para
separar sombras de hojas y pájaros; o porque el apuro del diario nos priva del reposo
necesario para disfrutar del espectáculo que sobre nuestras cabezas evoluciona.
En cambio, apostamos por seguir camino, olvidados del concierto de trinos que
dejamos a nuestras espaldas; hasta que esos mismos pasos que nos alejaron del
bullicio nos devuelvan, más tarde, al sitio donde (quisiera creer que contento
del reencuentro) nos recibe desde las alturas el desatinado recital.
Si embargo, hay ocasiones en que, de
regreso a casa, paso junto al árbol y me sorprende el silencio. Entonces es
como si la ciudad hiciera mutis, a pesar del tráfico que no se detiene. Sobre
el gris de la acera, la huella blanquecina dejada por las heces de los pájaros solo
ayuda a hacer más profunda la sensación de vacío. Unos metros más arriba de mí;
las ramas se llenan de ausencias.
Cuando cruzo la avenida todavía
siento en mi pecho los latidos de la nostalgia.