Casi una semana sin acceso a
Internet. Esa fue la principal afectación que me dejó la visita del Papa
Benedicto XVI a mi ciudad.
Por supuesto, no le achaco
directamente la culpa a Su Santidad, ajeno quizás a los avatares de un mayoría
de los cubanos por navegar en la red de redes con cierta comodidad (o
simplemente navegar); sino a las medidas tomadas para garantizar todos los
aspectos relacionados con su presencia en este archipiélago, entre ellos, un
acceso de calidad a la Web a las centenas de periodistas acreditados para
cubrir toda la actividad papal en Cuba, a los cuales parece habérseles cedido
todo el ancho de banda del que disponían centros como las universidades que, de
paso, quedamos aislados y ajenos a todo el acontecer noticioso que desde nuestra
propia vecindad se genera por estos días.
Tal vez no debería ser tan egoísta y
decir (no menos resignado) como el simpático dibujo animado de la serie de
“Elpidio Valdés”: sí, sí, sí...to’ por Cuba; o tal y como parafraseé en una
columna anterior, “todo por el Papa”.
Pero sucede que este inconveniente,
por el cual un irritante cartelito en mi navegador me pide disculpas, no sólo
me limita el acceso al acontecer noticioso mundial, o el placer de escribir mis
columnas para este fantástico descubrimiento que ha sido Reeditor; sino que
además pone lastres a mi propio trabajo, para el cual dependo en gran medida
del acceso a Internet.
Claro que hablo desde mi
individualidad, sin pretender minimizar con ello la verdadera trascendencia de
la visita de Benedicto XVI a Cuba. Pero de esa relevancia, de los resultados de
la misma, ya se encargarán de hablar los medios de prensa (nacionales e
internacionales), incluso no pocos blogs; cada uno desde su propia intencionalidad,
minimizando o resaltando los aspectos que entiendan les ayuden mejor a crear la
imagen que, sobre este acontecimiento, les conviene presentar a sus lectores.
Por tanto, me permito hablar de lo
que quizás los medios no hablen o, al menos, no ocupa los principales titulares
de sus respectivas ediciones (impresas o digital), ni se conviertan en
etiquetas de
Así, mientras yo hago pucheros por
Por su parte, los fieles de iglesias
protestantes miran con mala cara las pleitesías prestadas a quien no reconocen
como representante de Cristo; incluso, muchos de los miembros de estas
congregaciones religiosas, integrantes de los coros y orquestas que se unieron
para amenizar la misa celebrada el pasado lunes 26 de marzo, fueron exonerados
de participar en la misma, acorde a sus propias creencias religiosas. Los
católicos, en cambio, están de pláceme. (Y yo continúo sin entender lo absurdo
de estas diferencias).
Para otra gran parte de la ciudad la
visita ha pasado sin penas ni glorias; solo un tema más en las conversaciones
de esquina; entre discusiones beisboleras y tragos de ron; entre el retumbar de
las fichas de dominó sobre la mesa de juego; entre los comentarios sobre el
último capítulo de la más reciente serie pirateada; entre los chismes del
diario, compartidos en una manicure
en plena calle santiaguera, mientras cuidan de reojo las tropelías de los niños
que alborotan por el barrio.
Otros comparten sus propias
experiencias como asistentes a la misa: los supuestos sobre el destino del que
osó disentir en un grito; la lluvia que no faltó; el regreso a casa, ya en la
noche, luego de una larga caminata; lo mejor y lo peor de la celebración.
Todo un anecdotario colectivo e
individual que matiza la segunda visita de un Papa a este ¿privilegiado?
archipiélago, en menos de quince años. Historias que serán olvidadas con el
transcurrir de los días, mientras que la prensa seguirá sacando lascas, para
bien o para mal, de los más disímiles detalles de las más recientes jornadas.
Tal vez, entonces, solo yo recuerde
el coche fúnebre que a la cabeza de un cortejo mortuorio, por una de las calles
santiagueras, portaba un simpático cartel que rezaba “Aseguramiento para la
visita del Papa”.
[1] Se les llama motoristas en Santiago
de Cuba, a los que manejan motocicletas, llamadas a su vez, sencillamente,
motos.
[2] Santiago de Cuba se caracteriza por
el elevado número de motos particulares que se alquilan, “extra oficialmente”,
por un precio de diez pesos cubanos; hasta cualquier sitio dentro de