Me siento frente a la computadora,
exhausto, con un leve dolor de cabeza y un ligero tic nervioso que hace saltar
mi párpado arrítmicamente. Lo miro fijamente. Él me regala la cuadratura
impávida de su monitor, más brillante de lo recomendado para ojos sanos.
¿Reconozco acaso un ligero destello de sorna?
Doy clic sobre el pequeño rectángulo
que yace en la barra de tareas; medio segundo y ya se alza la ventana del
navegador con todas sus pestañas inservibles sobre las que giran monótonamente un
círculo verde. El tic sacude otra vez mi párpado izquierdo y siento en mis
entrañas cómo los jugos gástricos se ensañan contra las paredes lastimadas de
mi estómago.
Dejo escapar una maldición en
sordina y minimizo la ventana ciega, como quien aparta con la mano el insecto
que no deja de molestar.
Desde las ocho de la mañana intento
navegar en la web, pero la travesía se ha mostrado como una verdadera Odisea,
con sus propios cíclopes y sirenas, y sin una tripulación de apoyo que ate a
mástiles para sortear obstáculos.
Acceder a Internet desde una
Universidad cubana representa un extraordinario derroche de paciencia.
Compartir un ancho de banda irrisorio, casi simbólico, con miles de usuarios
que asaltan la red como buscadores del Santo Grial, hacen prácticamente
imposible la navegación, que entonces se convierte en una guerra de carteles
(“tiempo de espera agotado”), enlaces cortados y constante pulsar del botón
“refresh” como último recurso para obtener la información solicitada.
Siempre se buscan alternativas que,
tarde o temprano, logran sortear el asedio a las redes y disfrutar de una
conectividad suficiente para un uso de la red sin demasiado estrés.
A veces esta alternativa implica
comenzar la jornada laboral con dos horas de antelación, cuando las sábanas aún
arrullan los cuerpos universitarios y remolones. Entonces se trata de optimizar
al máximo el tiempo de navegación y explora tantos “mares” como sea posible a
velocidad crucero.
Pero ese madrugar (en el que no
siempre Dios ayuda) pasa factura y, luego de otras ocho horas de trabajo, con
sus ires y venires, documentos a entregar, atención a visitas, reuniones y
otras pequeñas escaramuzas en la web, llego totalmente extenuado ante la
computadora, a tratar de enlazar palabras.
Por esos derroteros andan mis
pensamientos. De vez en vez, como al descuido, doy un vistazo a la pantalla en
la que aparece y desaparece la ventana de navegación, al ritmo que le impone el
aburrido “cliquear” de mi dedo. De pronto una imagen diferente llama mi
atención y detiene el gesto que anunciaba un nuevo clic.
La página solicitada se muestra
sonriente, en toda su integridad en el centro del monitor. Casi no puedo
creerlo, han sido casi ocho horas de intentos y ahora parece que al fin podré
trabajar con cierta soltura en el sitio escogido. Me arrellano en el ancho y
cojo sillón, coloco las manos sobre el teclado, con la parsimonia con que un
pianista lo haría antes del primer sonido.
Y justo cuando presiono la primera
tecla…¡apagón!...todo a mi alrededor pierde nitidez. El monitor me devuelve un
rostro incrédulo y despeinado y una mano a medio alzar.
Claro, también olvidé comentar que también
tenemos que lidiar con esto. Encojo los hombros, resignado, y desconecto la
computadora de la red eléctrica (prevención contra subida brusca de voltaje cuando
se reestablezca la corriente eléctrica), mientras pongo sobre mi espalda la
pequeña mochila que me acompaña a todas partes. Antes de salir del local miro
sobre mis pasos; en fin, otro día normal en Internet.